Señor Director:
Es realmente fascinante cómo la espontaneidad de un gesto puede dar radicalidad y significado a las apariencias más nimias. Donde la razón ve coincidencias, la intuición muchas veces descubre un mundo.
En fin, hace ya casi cuatro meses que estudio en Estados Unidos, y prácticamente en el primer día de clases entablé amistad con un colombiano del programa. Sin darme cuenta, a una edad donde uno cree que la lista de “los amigos de verdad” ya está completa, comprendí que este colombiano iba a ser para mí un cómplice de aquéllos.
Realmente yo no entendía por qué le tenía tanta confianza. Sin embargo, un solo gesto bastó para que entendiera la naturaleza de tan extraña simpatía. Al despedirse un día en la biblioteca me golpeó dos veces la espalda y sonrió. Ese guiño tan extrañamente familiar, y a la vez tan mundano, bastó para dotar de sentido el enigma de nuestra amistad.
Sólo en ese momento, mirándolo hacia arriba desde el escritorio, comprendí que el colombiano era altísimo, que de hecho medía dos metros y que se llamaba Diego, al igual que mi primer amigo en Ingeniería Comercial hace ya casi ocho años: el bueno de Diego Schmidt-Hebbel.
Cuando le conté a mi polola, ella me dijo que esto era seguramente un regalo de Diego, un gesto de complicidad de un amigo al que extraño como a un hermano. Por mi parte, confío en que, a un año de su muerte, esta sociedad sepa darles a la familia y los amigos de Diego algo que, más que un regalo, es un derecho. Algo que por cierto es también un gesto, pero de justicia.
Felipe Saffie Kattan
Filadelfia, Estados Unidos
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