
Echado en la silla de playa, oculto tras unos poderosos lentes estilo "Mastroianni", sus ojos se deslizan ansiosos e irresolutos entre el libro y los cuerpos apetitosos. Poco a poco es la narración la que lo seduce: es que en el arco que va de la escritura a la lectura los espían abundan.
El primer espía es el autor: es el husmeador y cotillero por excelencia, que incluso puede, como en un espejo, espiarse a sí mismo en su permanente fisgonear.
Luego viene su gran invento, el narrador, su espía en el texto, que a veces posee poderes plenipotenciarios, un verdadero 007, pero que ni en su más discreta personalidad deja de ser lo que es: un entrometido y parlanchín profesional.
Y, en fin, el lector parece ser un voyerista perfecto: se asoma a las vidas de los otros, incluso a sus conductas más íntimas, a sus pensamientos, deseos y emociones más privados y clandestinos, sin ser visto. La literatura le ofrece la posibilidad de satisfacer esa perversión: ver a su semejante en aquellas facetas en que él mismo no quisiera ser observado, sin que su semejante lo sepa. El lector es un fisgón tranquilo e impune porque, tratándose de una ficción, considerando que el mundo fisgoneado está poblado por "personajes" y no por personas de carne y hueso como él, puede mirarlos despreocupadamente, con desgaire y sin temor a ser sorprendido y recriminado. Así, leer suele ser una actividad que sigue una dirección unilateral: es un mirar resguardado, en el cual el lector se pone detrás de los visillos de la persiana, del ojo de la cerradura o de esos grandes lentes oscuros.
Pero ¿qué ocurre si el texto devuelve la mirada? ¿Qué ocurre si la lectura se convierte, de súbito, en una actividad bidireccional, de ida y vuelta? Estamos espiando y resultamos espiados. Es el gran momento (excepcional) de la lectura, el cual hace de ella una experiencia aventurera, peligrosa incluso. "La obra del escritor debe ser -dice Proust- un mero instrumento óptico que ofrece al lector para darle la posibilidad de discernir aquello que, sin su libro, tal vez nunca habría experimentado en sí mismo". El buen escritor es, por consiguiente, quien a través de su escritura puede convertir la lectura en un juego de miradas. Si el texto deja de ser una superficie predecible y mansa, si el escritor produce pliegues y fisuras, desliza ojos escrutadores donde no debe haberlos, entonces el lector puede -aunque no lo espere ni lo quiera- sentir que lo descubrieron mirando lo que no se debe mirar, ser puesto en evidencia en esa pulsión extraña, en un meter la nariz en asuntos ajenos, pero que lo seducen porque le atañen en lo más íntimo.
Y, así, cuando cierra el libro, la playa está ya casi vacía.
La literatura le ofrece la posibilidad de satisfacer esa perversión: ver a su semejante en aquellas facetas en que él mismo no quisiera ser observado.
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Posteado por: ricardo gazitua 05/02/2011 10:30 [ N° 1 ] |
Encontré interesante la descrición del lector como "voyerista". No lo había pensado desde ese punto de vista. |
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Posteado por: Ángela P Zelada 11/02/2011 13:25 [ N° 2 ] |
me gustó la columna. |
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