
Amelia y Pippo se hicieron famosos en los años 50 con un número de variedades en el cual imitaban a Ginger Rogers y Fred Astaire, y, a la vez, mantenían una relación sentimental nunca plenamente cuajada. Algo ocurre entre ellos y rompen como pareja y dúo artístico. Treinta años después, los creadores de un programa de televisión los seleccionan (entre muchos otros) para un espectáculo de "rarezas". Ambos, aunque ya bastante envejecidos y sin haberse visto desde su separación, aceptan con la secreta gana de volverse a ver y reencontrarse, aunque sea por última vez, con la seducción de las luces y el brillo de las lentejuelas. En un mundo -la televisión- muy distinto del que estuvieron habituados, se reúnen, realizan el lento y estrambótico camino hasta el escenario, interpretan su show de "Ginger y Fred" y se separan: el pasado es, desde luego, irredimible, pero el viaje valió la pena y un rescate inasible opera una cierta sanación entre ellos. Esa es la historia. Lo inenarrable es el relato que Fellini efectúa de ella en la película "Ginger y Fred". No puedo poner ese relato por escrito, porque su peculiaridad, belleza y vigor son estrictamente filmográficos, no literarios.
La pareja de Ginger (Giulietta Massina) y Fred (Marcelo Mastroianni), dos clowns entrañables, es de las más bellas y sutiles que el arte puede ofrecer: ella, señora y madre; él, amante, seductor y mendigo: parece que (con pudorosos velos) Fellini quisiera contarnos su propia historia de amor y desencuentro. Hay episodios en que la actuación alcanza momentos tan sublimes que deseamos verlos una y otra vez para aprender de ellos, memorizarlos como se memoriza una bella poesía o esa melodía que agita alma y cuerpo, episodios que nos colocan en el borde incómodo entre la comedia y el drama, la risa y el dolor contenido.
A veces esta delicada historia de amor puede parecer como una versión felliniana para el descenso a los infiernos del Dante (donde Ginger-Massina es Beatriz; Fred-Mastroianni, el Poeta, y el mundo interior de la televisión, los distintos círculos infernales), o acaso una colosal y farsesca puesta en escena del tema de la danza de la muerte y la doncella, o un nuevo intento de construir una "película total", que incluya la vida entera, con toda su diversidad, abigarramiento, mixtura y claroscuro. Esta benévola "armonía en la discordancia" creyó advertirla Fellini antes en el mundo interior del circo, también en el del propio cine y su troupe, y aquí es trasladada a la televisión. Pero es una mirada personalísima que desde el cine se lanza hacia la televisión y que, magníficamente, le devuelve a ella esa dimensión sagrada de la auténtica comunicación artística de que, según Fellini, carece.
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Posteado por: Gustavo Rojas Fernández 19/02/2011 09:44 [ N° 1 ] |
A veces cerrar el capítulo requiere de muchos años. Sin embargo ambos se redimen,en el sentido de creer en el amor y se respetan como para verse una última vez. ¿Habrá ocurrido la pequeña muerte definitiva? |
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Posteado por: Matteo Triossi V. 19/02/2011 10:27 [ N° 2 ] |
Le hago notar que la actriz y esposa de Fellini se llamaba Giulietta Masina y no " Massina" como lo va haciendoa lo largo de toso el articulo. |
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Posteado por: Constance Hamilton D. 19/02/2011 13:29 [ N° 3 ] |
El error al que apunta el senor Triossi es tan sumamente minimo y carente de importancia que no vale la pena ni siquiera mencionarlo. Si no tiene mejor que aportar, le aconsejo abstenerse. |
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Posteado por: Rodrigo Cuevas Arantxibia 19/02/2011 15:06 [ N° 4 ] |
SR Gandolfo: Gracias por esta columna (sin adjetivos), la leo en este sabado estival con un Pinot Noir de Casablanca que hace el prefecto maridaje con su nostálgica pluma... Un saludo |
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Posteado por: Carlos Domeyko Vigneaux 19/02/2011 21:07 [ N° 5 ] |
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