Internacional
Viernes 06 de Noviembre de 2009
Se ha ganado mucho, queda mucho por perder


The Economist

"De todos los lugares, fue en la dividida Berlín, en la dividida Alemania, en la dividida Europa, donde la Guerra Fría hizo erupción en una fiesta callejera Este-Oeste", observaba The Economist hace 20 años.

Incluso para aquellos que habían estado confiados en el triunfo final de Occidente, la caída del Muro de Berlín fue sorprendentemente accidental. Cuando 200 mil alemanes del Este se aprovecharon de la decisión de Hungría de abrir sus fronteras y huyeron al Oeste, su gobierno comunista decidió modificar las restricciones de viaje que los mantenían encarcelados.

Al consultarle sobre el momento oportuno, el ministro de Propaganda, quien no había recibido instrucciones, masculló: "En cuanto a lo que yo sé, va a ser inmediatamente efectiva". Cuando se informó eso por televisión, los berlineses partieron en masa. Los desconcertados guardias fronterizos, quienes sólo una semana antes habían disparado a sus "camaradas", permitieron que la multitud pasara, y una barrera que había dividido al mundo pronto se iba a desmantelar con alegría. El Canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, estaba a tal punto no preparado para la historia que se encontraba fuera del país.

Nuevas divisiones

La destrucción de la Cortina de Hierro el 9 de noviembre de 1989 aún es el hecho político más notable en la vida de una mayoría de personas: liberó a millones de individuos y puso fin a un conflicto global que amenazó con la aniquilación nuclear. Para los liberales en Occidente, todavía esto permanece como un recordatorio tanto de lo que se ha ganado desde entonces como de aquello por lo que todavía vale la pena luchar.

Sin embargo, en las últimas dos décadas ha habido un avance mayor en la libertad económica que en la libertad política.

Las palabras de hace 20 años sobre un nuevo orden pacífico han desaparecido. Han surgido nuevas divisiones por nacionalismo, religión o sólo "por temor al otro". En vez de lograr que la democracia fuera inexpugnable, un sinnúmero de países -entre los que se encuentran, desafortunadamente, algunos de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, la mayoría del mundo árabe y China- ha podido manejar regímenes autoritarios vergonzosamente represivos. Cuando los líderes occidentales visitan Moscú, Riyad o Beijing, hablan sólo en voz baja sobre derechos humanos. Se supone que tales regímenes perdurarán.

En comparación, la "globalización", el término delicado que cubre el movimiento más libre de bienes, capital, personas e ideas en torno al globo, se ha convertido en el principio rector del comercio.

Eso no significa que se acepte universalmente: lo atestiguan los tormentos de la ronda de conversaciones comerciales de Doha. Pero algunos lugares se oponen abiertamente. En la esfera económica, la ausencia de liberalismo generalmente se tiene que disimular a través de gobiernos que tratan de adaptarla, poniendo énfasis en "el capitalismo con características chinas", "el capitalismo de las partes interesadas", "el comercio justo" y así sucesivamente. Incluso después de la crisis, las clases comerciales asumen que el mundo se volverá más integrado: ¿quién puede resistir la lógica económica y la tecnología?

No es difícil ver por qué debería existir tal presunción. Considere dos éxitos de liberalismo económico, ambos no apreciados lo suficiente. El primero es su rol hace 20 años. Los berlineses orientales que se precipitaron al oeste no estaban sólo escapando de la Stasi; también venían en busca de refrigeradores, jeans y Coca-Cola en los supermercados. Para entonces, el comunismo, a pesar de sus tanques y misiles, era claramente una maquinaria económica menos eficiente.

Mijaíl Gorbachov merece crédito por permitir que tantos siervos escaparan en forma tan pacífica; pero la Unión Soviética se derrumbó porque no podía producir los bienes.

Y aunque la actual ronda de globalización técnicamente empezó antes de que el muro cayera, se vio estimulada por éste (la palabra rara vez apareció en The Economist antes de 1986 y empezó a ser común sólo en la década de 1990).

La globalización habría significado mucho menos si la mitad de Europa se hubiera enladrillado; varios gigantes instintivamente estatistas del mundo emergente, tal como Brasil, India o incluso China, se habrían mostrado mucho más lentos en abrir sus economías si todavía hubiese una alternativa semicreíble.

Eso apunta al segundo éxito no apreciado lo suficiente. Actualmente, muy a menudo se juzga al capitalismo por los excesos de algunos banqueros. Pero cuando los historiadores llegan a escribir sobre el último cuarto de siglo, Lehman Brothers y Sir Fred "the Shred" Goodwin responderán por menos páginas que los 500 millones de personas que fueron sacadas de la pobreza absoluta e introducidas en algo parecido a la clase media. Su éxito no es sólo algo maravilloso en sí; el mayor salto hacia adelante en la historia económica. Igualmente contribuyó a estimular otras libertades caóticas: observe la forma en que las ideas, buenas, malas y descabelladas, circulan por el mundo a través de mensajes de texto.

Porque al final, no importa lo que los líderes de China le digan a Obama cuando visite Beijing a fines de este mes, la libertad económica y política están vinculadas; no en forma tan apretada como se esperaba hace 20 años, pero, aun así, vinculadas.

Si observa a futuro, la clase media emergente obsesionada con internet en China seguramente tendrá un apetito por la libertad más allá de lo puramente económico. El cambio podría suceder tan inesperadamente como sucedió en 1989. Incluso con el tiempo se puede abrir una brecha en las fortalezas más temibles de la represión. En ese entonces fueron Honecker y Ceausescu; mañana podrían ser Castro, Ahmadinejad o Mugabe; un día Chávez o incluso Hu.

Marx al mercado

Si se expone de otra forma, la suposición de que la libertad política nunca dará alcance a la libertad económica podría resultar felizmente errónea. El problema es que esta brecha también se podría cerrar de otra forma. La política podría disminuir la velocidad de la libertad económica, incluso invertirla.

Para los liberales occidentales, incluso los que creen en los mercados abiertos tan francamente como esta publicación, eso significa enfrentar hechos difíciles sobre la popularidad de su credo. La victoria del capitalismo occidental por sobre su rival comunista deteriorado no asegura que sea una franquicia permanente de parte de los votantes.

Como señaló Karl Marx durante la última oleada de globalización en el siglo XIX, la magia de la ventaja comparativa puede ser desgastadora, y cruel. Deja atrás a los perdedores en grupos concentrados (una fábrica de neumáticos cerrada, por ejemplo), mientras que los ganadores más numerosos (todo el mundo conduciendo autos más económicos) son desiguales. Hace de los ricos muy ricos: en un mercado global, uno se sacará un premio gordo más grande que en uno local. Y el capitalismo siempre ha sido proclive a los auges y caídas espectaculares.

Sobre todo la política sigue siendo obstinadamente local. Toda esa integración económica no se ha igualado políticamente. Y en la medida en que haya un garante global del actual sistema, éste es Estados Unidos, un país que mientras la globalización funcione seguirá perdiendo un poder relativo. Gracias a su generosidad en la exportación de sus secretos de éxito, ahora tiene a China más cerca de sus hombros y otros gigantes emergentes están alcanzándolo. El apoyo público al proteccionismo surgió en Estados Unidos.

En cuanto al hombre, el orgullo herido y la xenofobia a menudo aplastan la razón económica. ¿Por qué más Rusia aterrorizaría a sus clientes del gas? ¿O los británicos convertirían en demonio a la UE? En un mundo racional China no agitaría la japonofobia y los ricos sauditas no ayudarían a los extremistas islámicos en el extranjero.

Muchos empresarios, demasiado ocupados con sus BlackBerry para preocuparse por el nacionalismo o fundamentalismo, podrían ponderar la descripción de Keynes de un londinense próspero antes de agosto de 1914: al tomar su té matinal en cama, ordenar productos desde todo el mundo por teléfono, considerar esa era de la globalización como algo "normal, seguro y permanente, excepto en la dirección de un nuevo mejoramiento" y descartar "la política del militarismo" y "rivalidades raciales y culturales" como meras "distracciones en su periódico diario".

Esté preparado...

El hecho de reconocer las fallas políticas de la globalización debería redoblar la determinación de los liberales occidentales de defenderla: cerrar la brecha en la forma correcta.

Eso implica un sinnúmero de cosas, desde promover los derechos humanos hasta diseñar mejores políticas de empleo. Pero también requiere defender los beneficios enormes que el capitalismo ha traído al mundo desde 1989 en forma más enérgica que lo que lo han hecho los líderes de Occidente hasta ahora.

Y sobre todo, quizás, no dar nada por sentado.

La victoria del capitalismo occidental por sobre su rival comunista deteriorado no asegura que sea una franquicia permanente de parte de los votantes.

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