
Se decía antes que Chile era la Inglaterra de Sudamérica, y es cierto que ambos países tienen rasgos en común, entre ellos una preocupación algo inconsecuente por el bienestar de los animales. ¿De dónde vendrá eso en el caso de los chilenos? No de los españoles, cuya relación con el reino animal siempre ha sido particular, para decirlo de alguna manera. Llama la atención que, fuera de Santiago, la mayor concentración de sociedades protectoras de animales se encuentra en Talca y en Puerto Montt. ¿Se tratará de una característica alemana o mapuche? ¿Y esa abundancia tendrá su origen en una gran ternura, o una implacable crueldad?
Hablo de una preocupación inconsecuente, en todo caso, porque se limita casi siempre a los animales domésticos; si los animales salvajes benefician de ella, es porque casualmente tuvieron contacto con la gente. Queda desatendida, por lo tanto, la causa primordial del sufrimiento, que son las enfermedades, las heridas, los depredadores, el frío: todas las operaciones de la naturaleza que hacen que la vida de los animales sea un suplicio intolerable. Si aceptamos que los animales pueden sufrir -y si no lo aceptáramos no tendríamos sociedades protectoras-, es difícil entender por qué habría que aceptar los horrores que presenciamos todos los días en Animal Planet. Deberíamos recoger todos los animales salvajes y cuidarlos, separando los depredadores de sus víctimas, para que dejen de sufrir tanto. ¿Poco factible? ¿Absurdo? Lo mismo se decía, en su momento, de la abolición de la esclavitud.
Pero no lo vamos a hacer, porque los animales salvajes tienen un papel importante en nuestra visión del mundo. Son los encargados de compensar, a través del espectáculo de su sufrimiento, lo que percibimos como la inautenticidad de nuestra vida cómoda y protegida. Y ha pasado otra cosa también, más curiosa. Parece que justamente cuando nuestro apego a la fe cristiana se ha ido debilitando, empezamos a seguir su doctrina. "Habéis oído que fue dicho: No cometerás adulterio", dice Jesús en el Sermón del Monte. "Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón". Lo que importa en el cristianismo no es evitar el sufrimiento ajeno -el cual en todo caso es provechoso en términos espirituales para el que sufre, como lo muestra claramente el episodio de Lázaro y el rico- sino mantener limpia la propia conciencia. Del mismo modo, si nos abstenemos de pensar en el sufrimiento de los animales salvajes o nos lavamos las manos atribuyéndolo a la "naturaleza", nos liberamos de nuestras obligaciones. ¿Cómo se justifica esa actitud? Se justifica porque, a nivel práctico, funciona. Las incitaciones de la conciencia son más potentes que la mera especulación sobre el bien y el mal, y es por eso que yo estoy aquí sentado en mi escritorio, mientras en China, en África, los misioneros persiguen a cualquier costo su vocación.
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