

De tarde en tarde me da por envidiar a los escritores venezolanos, bolivianos, colombianos o haitianos que tienen una sobreabundancia de cosas esenciales y urgentes que contar. Y eso, sin pensar en los hindúes que ganan todos los años el Booker Prize con historias llenas de familias y coloridos, y muertes y conflictos reales que los lectores y críticos beben con verdadera pasión.
Yo vivo en un país aburrido. Mi vida es más bien calmada, mis amigos piden créditos hipotecarios a treinta años. Los corresponsales extranjeros que viven en Chile pasan su tiempo viajando a Argentina, a Brasil, a Bolivia o a Perú para tener algo que cubrir. Me consuela, sin embargo, pensar que en tiempos aparentemente calmos como éste en que vive Chile, Proust y Thomas Mann y Borges y Chejov y Tolstoi y la mayor parte de los escritores americanos (que solían buscar sensaciones fuertes lejos de casa) se formaron como escritores. Conocieron luego guerras mundiales, revoluciones, exilios, transformaciones políticas importantes, pero generalmente lo más renovador de su escritura, lo más novedoso de sus intentos, nació en el laboratorio de la calma, en la ilusión de continuidad, de la tranquilidad en que fueron formados. Escritores que nunca conocieron la guerra -como los franceses de hoy- suelen ser unos lateros, pero también lo son los que sólo conocieron la guerra y no pudieron nunca leer un libro con calma.
La alternancia entre tiempos turbulentos contados con calma, o tiempos calmos contados con turbulencia, es lo que quizás hace grande a un escritor. Los periodistas extranjeros se preguntan siempre cómo nadie ha sabido aún en Chile contar desde la literatura a Allende, a Pinochet, la revolución y el terror de la tortura y la muerte. Quizás no lo hemos hecho, o sólo lo hemos hecho en parte porque carecemos justamente los escritores chilenos de la calma para contar esa turbulencia, como carecemos de la turbulencia para contar la calma de hoy. Lo interesante de la historia chilena de los años 70 es tan visible, que no necesita de un escritor que lo descubra; la profundidad de los cambios que vive el Chile de hoy es tan recóndita, que necesita, en cambio, de todo el talento disponible.
No hay nada aparentemente más aburrido que una transición política, humana, o social, pero no hay nada más apasionante para un escritor, que es justamente eso, un hombre que habla de transiciones, de metamorfosis, de transmutaciones. Si el periodista busca muchas veces lo singular, lo extraño, lo sangrante de una situación banal, el escritor se ve obligado a hacer lo contrario, y buscar lo banal, lo normal en un campo de batalla o una ejecución en masa. Es lo que hizo Tolstoi en La guerra y la paz; contarnos en medio de la batalla la historia de un noviazgo que no pudo ser por exceso de paciencia de los dos amantes.
La tendencia de buscar y leer novelas de lugares interesantes que prevalece en la crítica mundial, la necesidad de los lectores de hacer turismo social a través de la lectura, encubre otras necesidades más inconfesables. Los tiempos interesantes piden, generalmente, ser escritos de manera lineal, clara, concisa y clásica. Es de alguna forma una inmoralidad hacer gorjeos vanguardistas en Ruanda. El testimonio tiene sus propias leyes y gana en ser directo, y sin adornos. Es esa vitalidad lo que los críticos y lectores modernos buscan en toda suerte de bengalíes, africanos e inmigrantes jamaicanos, pero es al mismo tiempo el retorno a unas formas clásicas y decimonónicas que, gracias a la buena conciencia tercermundista, se pueden leer sin pensar que se es estéticamente un reaccionario. Es lo que le sucedió a Isabel Allende, Laura Esquivel o Luis Sepúlveda. El interés por Sudamérica de la izquierda mundial encubría el placer de leer novelas rosa sin culpa.
Los testimonios de tiempos interesantes nos muestran un rostro a veces terrible de nosotros mismos, pero siempre apasionante, siempre transcendental. Las novelas de los tiempos fomes nos conectan con un horror más pertinaz, con un miedo más profundo, el rostro de nuestras dudas diarias, de nuestras pequeñeces ínfimas, de nuestras complejidades más recónditas. Reportear una guerra pide mucho menos valor que contar de verdad y sin mentiras un pololeo que terminó porque sí. Dudo que Kafka hubiese tenido el valor de escribir El proceso o El castillo de haber pasado o visto a su pueblo sufrir en los campos de concentración. El tiempo le hubiese dictado libros más urgentes, más vitales quizás, pero seguramente más simples.
Las sensaciones fuertes son una distracción como cualquier otra. El preocuparse de los grandes problemas del mundo de hoy es quizás la forma más pertinaz de frivolidad actual. El horror es fácil de contar, el mal es simple de relatar, nos dicta generalmente lo que quiere que escribamos de él. Es quizás la razón porque los flojos artistas contemporáneos centran sus obras en la violencia y el mal, evitando justamente preguntarse cómo contar lo que llamamos la normalidad, cómo relatar lo que yo mismo olvido, y no simplemente limitarme a volver a contar lo que todos recuerdan.
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Posteado por: Daniel B I 28/04/2008 12:35 [ N° 1 ] |
Estoy de acuerdo en que estos son tiempos interesantes como para escribirlos y narrarlos. Pero no creo que tan calmos como te figuras. Y a propósito de franceses contemporáneos y 'tiempos planos o tranquilos'... hace mucho tiempo no me reía tanto como con Houellebecq y Las Partículas Elementales (ya hace un par de años eso sí; lo que escribió después fue una repetición 'penca' de lo primero en todo caso) |
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Posteado por: juan cristobal foxley detmer 25/05/2008 13:07 [ N° 2 ] |
LA actividad inútil de la creación de belleza es entrar en el terreno y la jurisdicción de un Dios que es muy celoso de sus atributos, parte de los cuales los artistas roban, como comprobé al seguir la biografía del poeta maldito de Francia, Arthur Rimbaud. Estas interrogantes se agudizaron al verme expuesto y reflejado en una serie de largas lecturas de mi amada revista “New Yorker” y del libro “El inútil de la familia”, del escritor Jorge Edwards. Mientras, como para rayar la cancha y darme pequeñas certezas, diseñé un juego mental consistente en establecer una serie de pruebas de calificación que me permitieran saber si yo era realmente un bohemio maldito y, por lo tanto, si estaba capacitado para ser escritor. Primera regla: Me he planteado que la primera regla de oro del escritor es vivir cada día como si no hubiese mañana. El escritor debe tener una vida de sensibilidades extremas, ser el supremo experimentador y acumulador de experiencias vitales, naturales o sobrenaturales. Ser poseedor del vértigo vital. “Vivir para contarla”, como diría García Márquez. El problema es que esto conduce a ser un marginal. ¿Con quién mierda te apareas?¿Qué mujer va seguir tu locura, muy parecida a la trayectoria de los payasos de circo pobre itinerante? Hasta que no lleguen los premios, ¿cómo te serenas y te convences de que esto es lo tuyo? Mientras, eres prisionero del |
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Posteado por: juan cristobal foxley detmer 25/05/2008 13:16 [ N° 3 ] |
Cuarta regla: ¡Qué alivio y locura verme tan reflejado en la descripción que hace en el libro “El inútil de la familia” uno de mis santos guardianes, el grande de Jorge Edwards! En él, nuestro Premio Cervantes 1999 describe la vida del escritor Joaquín Edwards Bello a comienzos del siglo veinte, quien, al igual que yo, era columnista del diario “La Nación”. Era un chileno desclasado, enfermo de “Parisitis”, el autoflagelante Joaquín, el místico en estado de efervescencia de los lupanares y casinos de principios de siglo veinte, inmensa humanidad donde se encuentran dos mundos. El jugador compulsivo, el bipolar que actúa siempre guiado por el principio redentor del todo o nada. Winners Takes All. |
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Posteado por: Guillermo Guerrero RodrÃguez 26/05/2008 13:39 [ N° 4 ] |
La vida es una novela íntima que no nos atrevemos a contar, nada tiene de aburrido la lucha por el pan, la desesperación de la deuda, la incertidumbre del amor no correspondido, los deseos inconfesables, los vicios que nos encadenan, las derrotas, nuestra cobardías, nuestras valentías, nuestros síes, nuestros noes, nuestras tristes y mal terminadas infidelidades, nuestros sueños burlados, nuestras malas decisiones, nuestras victorias transitorias. |
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Posteado por: robinson valdés villalobos 29/06/2008 19:14 [ N° 5 ] |
estimado Rafael: |
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