
Así como hay cárceles renombradas (digamos, Alcatraz), también hay prisioneros célebres (digamos, Henri Charrière, “Papillon”). Probablemente otro integrante de esa galería de reclusos ilustres sea Fernando Macarro Castillo, más conocido como Marcos Ana, que no es su alias, sino su pseudónimo literario, el hombre que más tiempo —23 años ininterrumpidos— estuvo encarcelado como preso político en la España de Franco, donde sobrevivió no sólo a las torturas y el encierro, sino a dos condenas a muerte; la segunda, en el último momento, le fue conmutada por 60 años de prisión, pero a fines de 1961, tras una campaña internacional, fue amnistiado.
Vida de poeta
La fama de Marcos Ana, en todo caso, le venía como poeta, pues desde la cárcel empezó a escribir poemas que, ocultos, salían afuera —uno de los métodos era que compañeros que recuperaban la libertad los memorizaban para poder dictarlos a su salida, aunque la memoria les falló muchas veces—, llamando a la liberación de los presos políticos. De estos y otros detalles nos enteramos ahora que, casi nonagenario, ha publicado sus memorias. Nunca se había animado a hacerlo, a pesar de que, en 1963, cuando le contó parte de su vida a Neruda, éste le dijo: “Somos unos insensatos, si hubiéramos encendido una grabadora, tendrías la base de un libro estremecedor”.
En Decidme cómo es un árbol (título tomado de uno de sus versos) Marcos Ana escribe unas memorias en forma, en el sentido que narran su vida: nacido en 1920 al interior de una familia humilde y muy católica —él mismo de una intensa religiosidad infantil—, al estallar la Guerra Civil, con 16 años, lucha en el bando republicano y al terminar ésta, en 1939, es tomado prisionero. De ahí, los sufrimientos y penurias de la geografía carcelaria que le tocó vivir: la prisión de Porlier, el penal de Ocaña (“tristemente conocido por su dureza y seguridad”), la cárcel de Alcalá de Henares y, finalmente, la prisión de Burgos —donde “sólo hay dos estaciones, el invierno y la estación del ferrocarril”—. En todas ellas se suceden las torturas, el hambre, el frío, las despedidas diarias a compañeros que van a ser fusilados..., pero también hay historias de amistad y generosidad. El relato refiere una serie de anécdotas —algunas cómicas, la mayoría dramáticas—, de personas que conoció (entre ellas, algunos escritores famosos, como el marqués de Hoyos y Vinet, Antonio Buero Vallejo o Miguel Hernández), de amores (pues los tuvo, epistolares), sus actividades, como periódicos y tertulias literarias clandestinos, protestas; y también el nacimiento de su vocación poética, en la celda de castigo de Burgos, como “un arma nueva para denunciar el drama de nuestras cárceles y favorecer la lucha por la amnistía y la libertad”, aunque muestras de esa vocación se dejan caer, a la menor provocación, durante casi todo el libro.
En algún momento escribe que cada vez que le preguntan qué fue lo más duro de su vida, siempre responde. “Lo más difícil fue la libertad”. Si a la cárcel ingresó un muchacho de 19 años, en 1961 salió en libertad un hombre de más de 40, con mareos en los espacios abiertos y los automóviles, que debe enfrentarse a una vida para la que no estaba preparado, temeroso y virgen (su tardía iniciación sexual con una prostituta cuyos servicios, sin que él lo pidiera, le “regala” un amigo y que ella no le quiso cobrar, es uno de los episodios más emotivos del libro). El mismo año 1961 se escapa a Francia y se convierte en símbolo de las víctimas de la represión franquista, dedicándose a hacer campañas por la libertad de los presos políticos en España. Ahora bien, cuando la narración se aparta del mundo de las cárceles, se torna un poco mecánica y esquemática, como un recuento de sus viajes, de los actos de solidaridad y denuncia en que participa y de las personas que conoce (como la Pasionaria) o con quienes se intensifica su trato (como con Rafael Alberti y María Teresa León). Por esos años visita Inglaterra, Moscú (donde conoce a Ilya Ehrenburg), Bélgica (conoce a la reina Elizabeth), Holanda, Cuba (conoce a Fidel Castro y al Che Guevara). Luego viaja a América Latina: Brasil, Uruguay (conoce a Juana de Ibarbourou), Chile, Argentina (donde se preparaba un atentado en su contra). Regresa a París y allí funda y dirige el Centro de Información y Solidaridad con España, que preside Picasso. Cabe anotar que en Chile conoce a Salvador Allende y se encuentra con Neruda. Estuvo, además, en Valparaíso (le ayudó en el recuerdo su amiga Sara Vial) y se le rindió un homenaje en el teatro Caupolicán (el que casi no tiene lugar porque, por presiones de la embajada franquista, se le había señalado a Ana que abandonase el país). En muchas partes insiste en que los homenajes nunca los considera personales, sino en representación de sus compañeros presos.
Ceguera y generosidad
Marcos Ana es un comunista convencido y pertinaz, con muestras de cierta ingenuidad o ceguera, que él llama “mística”. Podrá entenderse que un retrato de Lenin le ayudara a soportar las torturas de joven (cada uno con sus alivios), o que diga que en la cárcel seguía los acontecimeintos del mundo: “los éxitos de la Humanidad democrática los hacíamos nuestros”, ejemplificando, curiosamente, con el lanzamiento del Sputnik por la Unión Soviética. Pero más tarde, tampoco en sus viajes tomará la necesaria distancia crítica para notar las contradicciones entre la propaganda de los países socialistas y la vida real en ellos. Así lo explica: “era tan entrañable y a veces tan ciego nuestro amor a la Unión Soviética y creíamos tan necesaria su existencia ante la injusticia del mundo que nos tapábamos con un tupido manto de esperanza”.
Pero su libro es también generoso, carente de rencores y odios. Señala que no dará los nombres de sus torturadores y delatores, porque no quiere que sus hijos o nietos carguen con culpas que no cometieron.
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Posteado por: francisco solar o 04/05/2008 14:00 [ N° 1 ] |
Lo unico rescatable es el libro Papillon...........la parte politica es el mismo cuento de todo marxista que vive de la caridad del comunismo internacional y la inocencia e ignorancia de la gente que ellos suponen interpretar. |
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