Artículo
Domingo 04 de Mayo de 2008
La “doctrina del shock” de Naomi Klein: “tetriconomía”

JOSEPH E. STIGLITZ
Premio Nobel de Economía 2001


En el mundo, según lo ve Naomi Klein, no hay accidentes. La destrucción de Nueva Orleans por el huracán Katrina expulsó a muchos de sus habitantes negros pobres y permitió que la mayor parte de las escuelas públicas de la ciudad fueran reemplazadas por escuelas de gestión privada. La tortura y asesinatos cometidos bajo el gobierno del general Augusto Pinochet en Chile y durante la dictadura militar de Argentina fueron una forma de derribar la resistencia al libre mercado. La inestabilidad en Polonia y Rusia después de la caída del comunismo y en Bolivia después de la hiperinflación de los años ochenta permitió a los gobiernos imponer allí una impopular “terapia de shock” económica a una población renuente. Y luego está “el plan de Washington para Irak”: “sembrar el shock y el terror en todo el país, destruir sus infraestructuras, permanecer de brazos cruzados mientras su cultura y su historia eran víctimas del pillaje, para arreglarlo después con un abastecimiento ilimitado de electrodomésticos baratos y comida basura importada”, por no mencionar una bolsa de valores y un sector privado fortalecidos.

La doctrina del shock es la ambiciosa mirada de Klein a la historia económica de los últimos cincuenta años y el auge del fundamentalismo del libre mercado en el mundo entero. “El capitalismo del desastre”, como ella lo llama, es un sistema violento que a veces recurre al terror para hacer su trabajo. Como Pol Pot proclamando que Camboya bajo los jemeres rojos estaba en el Año Cero, el capitalismo extremo gusta de una tabla rasa, encontrando con frecuencia su oportunidad después de crisis o “shocks”. Por ejemplo, sostiene Klein, la crisis asiática de 1997 preparó el terreno para que el Fondo Monetario Internacional estableciera programas en la región y para liquidar muchas empresas estatales a bancos y multinacionales de Occidente. El tsunami de 2004 permitió al gobierno de Sri Lanka forzar a salir a los pescadores de las propiedades costeras de manera que pudieran ser vendidas a los urbanizadores hoteleros. La destrucción del 11-S en Estados Unidos permitió a George W. Bush lanzar una guerra destinada a lograr un Irak con libre mercado.

En uno de sus primeros capítulos, Klein compara la política económica capitalista radical con la terapia de electroshock administrada por los psiquiatras. Entrevista a Gail Kastner, una víctima de experimentos encubiertos de la CIA sobre técnicas de interrogación que fueron llevados a cabo por el científico Ewen Cameron en los años cincuenta. Su idea era usar la terapia de electroshock para quebrantar a los pacientes. Una vez lograda la “desesquematización completa”, los pacientes podrían ser reprogramados. Pero después de quebrantar a sus “pacientes”, Cameron nunca fue capaz de reconstruirlos de nuevo. La conexión con un científico canalla de la CIA es excesivamente dramática y poco convincente, pero para Klein las enseñanzas importantes están claras: “Los países sufren shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado y desastres naturales”. Luego “vuelven a ser víctimas del shock a manos de las empresas y los políticos que explotan el miedo y la desorientación frutos del primer shock para implantar una terapia de shock económica”. A la gente que “se atreve a resistir” se le aplica un tercer shock “por acciones policiales, intervenciones militares e interrogatorios en prisión”.

En otro capítulo introductorio, Klein ofrece un recuento de Milton Friedman —lo llama “el otro doctor shock”— y su lucha por ganar los corazones y las mentes de los economistas y las economías latinoamericanos. En los años cincuenta, mientras Cameron llevaba a cabo sus experimentos, la Escuela de Chicago estaba desarrollando las ideas que eclipsarían las teorías de Raúl Prebisch, un defensor de lo que hoy en día se llamaría la tercera vía, y las de otros economistas entonces de moda en América Latina. Ella cita al economista chileno Orlando Letelier, que habló de la “armonía interna” entre el terror del régimen Pinochet y su política de libre mercado. Letelier dijo que Milton Friedman compartía la responsabilidad de los crímenes del régimen, desechando su argumento de que él sólo ofrecía una asesoría “técnica”. Letelier fue asesinado en 1976 mediante un auto bomba colocado en Washington por la policía secreta de Pinochet. Para Klein, él fue otra víctima de los “Chicago boys” que quisieron imponer el capitalismo de libre mercado en la región. “En el Cono Sur, donde nació el capitalismo contemporáneo, «la guerra contra el terror» fue una guerra contra todos los obstáculos que se oponían al nuevo orden”, escribe.

Klein, una de las más famosas activistas antiglobalización del mundo y la autora del best seller No logo: el poder de las marcas, entrega una espléndida descripción de las maquinaciones políticas necesarias para imponer políticas económicas desagradables en países que ofrecen resistencia, así como de su costo humano. Pinta un inquietante retrato de arrogancia, no sólo de parte de Friedman, sino también de aquellos que adoptaron sus doctrinas, a veces para perseguir fines más corporatistas. Resulta sorprendente el recordatorio de cuánta gente involucrada en la guerra de Irak lo estuvo antes en otros episodios vergonzosos de la historia de la política exterior de los Estados Unidos. Klein traza una línea clara desde la tortura en América Latina en los años setenta hasta la que existe en Abu Ghraib y en Bahía Guantánamo.

Klein no es una académica y no puede juzgarse como tal. Hay muchas partes de su libro donde simplifica demasiado. Pero Friedman y los otros terapeutas de shock también fueron culpables de simplificación excesiva al fundamentar su creencia en la perfección de las economías de mercado sobre modelos que daban por sentadas información perfecta, competencia perfecta, mercados de riesgo perfectos. En realidad, los argumentos contra estas políticas son aún más fuertes que los que Klein plantea. Ellas nunca estuvieron basadas en fundamentos empíricos y teóricos consistentes, e incluso mientras muchas de estas políticas estaban siendo impulsadas, los economistas académicos estaban explicando las limitaciones de los mercados —por ejemplo, cuando la información es imperfecta, es decir, siempre—.
Klein no es economista, sino periodista, y recorre el mundo para averiguar, en terreno y de primera mano, lo que realmente sucedió durante la privatización de Irak, las secuelas del tsunami asiático, la prolongada transición polaca al capitalismo y los años posteriores a la asunción del poder por el Congreso Nacional Africano en Sudáfrica, cuando no logró proseguir las políticas redistributivas consagradas en la Carta de la Libertad, su declaración de principios esenciales. Estos capítulos son las partes menos atractivas del libro, pero también las más convincentes. En el caso de Sudáfrica, Klein entrevista a activistas y a otras personas, sólo para constatar que no hay una respuesta. Ocupado en intentar impedir la guerra civil en los primeros años después del fin del apartheid, el Congreso Nacional Africano no entendió del todo cuán importante era la política económica. Temeroso de espantar a los inversionistas extranjeros, adoptó el parecer del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial e instituyó una política de privatización, reducciones de gasto, flexibilidad laboral y otras similares. Esto no impidió que dos de las principales empresas de Sudáfrica, South African Breweris y Anglo-American, trasladaran sus oficinas centrales a Londres. La tasa de crecimiento promedio ha sido un decepcionante 5 por ciento (mucho más baja que en los países del Este asiático, que siguieron una ruta distinta); el desempleo para la mayoría negra es del 48 por ciento, y el número de personas que vive con menos de 1 dólar al día se ha duplicado hasta los cuatro millones desde los dos millones de 1994, año en que asumió el Congreso Nacional Africano.

Algunos lectores pueden considerar los hallazgos de Klein como prueba de una gigantesca conspiración, una conclusión que ella explícitamente niega. No son las conspiraciones las que arruinan al mundo, sino la sucesión de opciones erradas, políticas fallidas y las pequeñas y grandes incorrecciones que se suman. Sin embargo, esas decisiones son guiadas por modos de pensar más generales. Los fundamentalistas del mercado nunca apreciaron verdaderamente las instituciones necesarias para hacer que una economía funcione bien, dejando de lado el tejido social más amplio que las civilizaciones requieren para prosperar y florecer. Klein termina con una nota esperanzadora, describiendo organizaciones no gubernamentales y activistas en todo el mundo que intentan marcar una diferencia. Después de las 700 páginas de La doctrina del shock está claro que tienen una difícil labor.

12 Comentarios publicados
Posteado por:
Jaime Caceres Alavrez
05/05/2008 12:50
[ N° 1 ]

Si fuese así como lo describe esta señorita.
¿Porque los seudo gobiernos socialistas, cuando llegan al poder, a lo único que atinan, es a mantener políticas de mercado?
Muy típico de mujer, mentir y creerse sus propias mentiras.

Posteado por:
Marcelo Andrés Allende Briceño
05/05/2008 14:20
[ N° 2 ]

Respecto al comentario nº1, hace bastante rato no tenía el gusto de leer tanta estupidez junta, lo cual hace particularmente divertido un día lunes.

El objetivo de Klein (fui a su charla en la Universidad de Chile), es explicar la forma en que han sido impuestas las políticas de mercado que mueven (tristemente) al mundo. Temporalmente no tiene asidero con los socialistas que dice esta eminencia y la perpetuidad de dichas políticas. Hay ligazón factual evidentemente, pero no tiene nada de mentira.

Y la última frase respecto a las mujeres, me huele que proviene de alguien que no ha tenido de degustar y enriquecerse espiritualmente al lado de una dama, y descarga su fustración por ello atacándolas como chiquilín de recreo.

Posteado por:
Jorge Antonio Asecio Fulgeri
05/05/2008 15:45
[ N° 3 ]

No creo que se pudiera esperar algo distinto de una reconocida activista contraria a todo lo que huela a economia de mercado y favorecedora del socialismo.
Creo que el famoso libro no pasa de ser un intento panfletario, sin ningun atisbo de alguna rigurosidad cientifica, por propagar sus particular manera de pensar.

Posteado por:
Ricardo Peña y Lillo Valenzuela
05/05/2008 16:15
[ N° 4 ]

Esa es una visión desde los polos, desde los fundamentalismos extremos, cuyas ventajas las obtienen a costa de otros. Entonces el único paso posible es la crisis de la que el pretexto desequilibrante es importante. Es entender que el mundo sólo pasa de blanco a negro.

La otra visión, menos espectacular y más difícil pero estable, es la normalidad, en que reina el equilibrio, la ponderación y el respeto mutuo. Es el arte de vivir en una democracia participativa, cuidando del agua cristalina, que a todos sirve, para que no se sature transformándose sólo en chicha o en limonada. Es el arte de mantener las temperaturas óptimas, evitando que suban o bajen en exceso, tendencia a que estarán al acecho los extremos que sueñan con el poder total (especialmente cuando los abusos, desconsideraciones y descalificaciones sistemáticas de un extremo sólo logran edificar reacción opuesta)

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Gustavo Gebert Macaya
06/05/2008 09:57
[ N° 5 ]

Habría sido interesante poder conocer las opiniones de Klein en El Mercurio, medio que no se interesó en entrevistarla cuando estuvo en Chile. Muy por el contrario conocemos las opiniones de un defensor del modelo que ella ataca. ¿Fue eso también un "accidente"?

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Robert Allen Zimmerman
06/05/2008 18:57
[ N° 6 ]

Sr. Gebert, Joe Stiglitz está bien lejos de ser un defensor de la "doctrina" que Naomi Klein ataca. Si lee "Globalization and Its Discontents" se va a dar cuenta de que Stiglitz es más bien crítico de la ortodoxia libremercadista criticada por Klein.

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patricio ulloa valera
06/05/2008 20:38
[ N° 7 ]

Naomi Klein es periodista. Solo basta ese hecho para no hacerse altas expectativas respecto a su libro. Debe ser un texto carente de rigurosidad científica en cada uno de los argumentos contrarios a las políticas económicas de shock que ella describe (sí, de seguro sólo las describe; decir que las analiza, sería exagerado).

Posteado por:
Marcela Salinas Carrasco
07/05/2008 10:59
[ N° 8 ]

Comparto el comentario de que habría sido interesante "oir" a Naomi Klein en El Mercurio y no sólo comentarios sobre lo que escribe.

Interpretación, puede ser, pero un trabajo de más de un año, con más de 100 colaboradores tiene poco espacio para mentiras. Para para los que opinan sin haber leído una línea de su trabajo, cómprense el libro, pídanlo prestado o miren su web.
Todas las entrevistas y artículos aparecidos en medios nacionales en
www.dimensionmazmorra.wordpress.com, algunos muy divertidos, de economistas que "hojearon" el libro el fin de semana y que, a pesar de encontrar imprecisiones, no pudieron refutarlas

Posteado por:
José Miguel Monardes Müller
08/05/2008 18:43
[ N° 9 ]

PRIMERA PARTE
“Un libro que podría haber sido un aporte al debate, pero que se diluye por sus inexactitudes y su falta de rigor intelectual”.
¿Con qué moral se atreve a denostar el libro de Klein profiriendo semejante juicio de valor, Sr. Beyer, habiendo escrito un par de párrafos antes: “Pero lo que Klein no parece reparar que ello [“los contratos asignados discrecionalmente”] es precisamente porque el Estado es el que asigna en esos casos los recursos y no el mercado”?
El Sr. Beyer carece del mínimo “rigor analítico” que tanto pregona si considera que hay Estado en el territorio de Irak al momento de la firma de dichos “contratos”. ¿Puede haber “Estado de derecho” en un territorio ocupado por tropas extranjeras? ¿Qué ‘Estado’ puede haber en una zona de guerra? Es precisamente la falta de éste y no su presencia, como mal argumenta el Sr. Beyer, la que posibilita la existencia de dichos “contratos” abusivos.
Un Estado que no se puede sostener sin la presencia de tropas de ocupación, no es un Estado, a menos que hablemos de “Estado títere”. A lo sumo podemos hablar de un Estado fallido, al igual que Haití, Afganistán y, prontamente, Bolivia, donde lo único que existe es una organización de intereses locales (poderes fácticos) en colusión con los transnacionales.
Lo que más lamento es no poder leer el libro de la Srta. Naomi, ya que carezco del dinero necesario para comprarlo, por lo cual no me parece descabellada la afirmación del Sr. Galeano, que tanta urticaria le produce al Sr. Beyer.

Posteado por:
José Miguel Monardes Müller
08/05/2008 18:48
[ N° 10 ]

SEGUNDA PARTE
Quisiera hacerlo, dado que ninguna de las notas escritas sobre él mencionan el aspecto de los “intereses corporativos” al que hice mención anteriormente, ya que es central para la comprensión de los procesos histórico-sociales aludidos en ambas notas sobre el libro. De no ser así, sería otra muestra de la miopía del enfoque periodístico de la autora, anulando su “aporte” al “debate”. No entender es como no ver.
Por otra parte, si la gran novedad (en términos editoriales) es la aparición de Chile, desde 1973, como el “conejillos de indias” en toda esta historia de “catástrofes”, denota el enfoque meramente periodístico del texto, ya que no es la primera vez que la historia de Chile es escrita fuera de sus fronteras. Para ello bastan dos ejemplos muy bien documentados.
Las guerras motivadas por los términos de explotación del salitre (79 y 91 del siglo XIX) tuvieron como instigadores los intereses del imperio Británico, ya que eran sus capitales los invertidos en dichas faenas. Cuando Bolivia intentó aplicar un impuesto a su exportación, tropas chilenas desembarcaron en Antofagasta, iniciando la Tercera Guerra del Pacífico (como sostiene el historiador Jocelyn Holt). Cuando el Presidente Balmaceda intentó crear un sistema de fletes ferroviarios alternativos, para el traslado del nitrato a los puertos más baratos que los monopolios británicos, el Congreso y la marina se sublevaron. Importante en este aspecto es el descubrimiento de documentos que prueban la intervención que el “rey del salitre” en la política interna chilena, financiando varios diputados, precisamente quienes encabezaron “el quiebre institucional”.
Todo esto demuestra que periodistas y economistas tienen algo en común: una memoria demasiado superficial. Dicha superficialidad permite la reiteración de las catástrofes en la Historia.

Posteado por:
Andrés Abella
09/05/2008 15:11
[ N° 11 ]

Don Patricio Ulloa (No7): Conociendo la labor destacada de periodistas nacionales e internacionales, me parece por decir lo menos curiosa su generalización sobre la profesión periodística.

A menos, claro, que Ud. tenga razón y debamos por ejemplo juzgar a todas las FF.AA. del mundo por lo obrado por Hitler, Stalin y Pinochet. Exagerado, ¿no le parece?

Infórmese sobre la trayectoria de esta periodista Canadiense, lea su último libro y después ilústrenos con su respetable opinión.

En una de esas, hasta estamos de acuerdo.

Saludos cordiales.

Posteado por:
Edmundo Hermosilla Varas
02/06/2008 11:00
[ N° 12 ]

Me parece extraño que personas tomen posición en esta discusión. Hay una mujer que hizo una investigación y descubrió cosas. Cosas muy interesantes por lo demás y que tienen amplia coherencia con muchos postulados medio intuitivos que hay por ahí y que se manifiestan por diversos canales. Esa constante rebelión en contra del sistema, la igualmente constante percepción de que el sistema está mal, Matrix, V for Vendetta, etc.

Creo que Naomi Kleyn encuentra una de las razones de por qué pasa esto. Una razón muy puntual: el empoderamiento.

Me parece algo natural, muy entendible. El punto, es que Kleyn presenta una investigación coherente, y al parecer hay acuerdo en eso.

Incluso la misma columna de Stiglitz refuerza sus ideas al nombrar "el plan de Washington para Irak" (hay algo más evidente?), el laboratorio económico de los ChicagoBoys (América Latina) y datos duros sobre pobreza africana.

Con respecto a la "conspiración" creo que esta claro que no existe, yo interpreto que en la vida real hay gente con poder, y que va a usarlo para mantenerlo o aumentarlo, es simple, es esperable .. es casi natural. Promesas sobre "el bien común" y esos ideales no son creibles por parte de la autoridad. Nos dan un poco de eso para que nuestra rabia sea acotada y no genere inestabilidad.

Un último comentario, creo que no es bueno para la discusión la identificación que han mostrado algunos comentaristas, como Jaime Cáceres Alavrez (1) y José Asecio (3). Esto no tiene que ver con libre mercado ni gobiernos socialistas, esto es sobre el poder que las personas entregan a sus gobiernos y cómo ellos lo usan.

Saludos, muy interesante todo ..

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