Crítica de cine
Domingo 11 de Mayo de 2008
Estrenos internacionales: Algo es algo

Ernesto Ayala

Hay que aplaudir que esta semana, junto al estreno de Meteoro, la cartelera deje espacio para dos estrenos adultos: El juego del poder y La cambiadora de páginas. Cuando la temporada de estrenos del verano norteamericano amenaza con llegar a Chile, esto no es prácticamente un lujo. Peor es nada.
La cambiadora de páginas tiene interés en cuanto tiene ese sabor europeo que cada vez parece más raro; esa mezcla de calma, iluminación natural y realismo –o mejor, suciedad de lo real–, que parece a veces tan exiliado del cine estadounidense (aunque al mismo tiempo se niegue a morir del todo). La primera película del francés Denis Dercourt que vemos en Chile cuenta la historia de Mélanie (Julie Richalet de chica, Déborah François de grande), niña que a los diez años da una importante audición para ser becada en una escuela de piano, pero ésta se ve arruinada por la frivolidad de Ariane (Catherine Frot), estrella del piano y parte del jurado, que interrumpe la audición para firmar un autógrafo. Una década más tarde, Mélanie se las arregla para acercarse a Ariane y urdir una venganza. La cinta está contada con una frialdad muy francesa, muy chabriolana si se quiere, heredera, al menos en el tono, de las lecciones que la Nueva Ola sacó de Hitchcock. No sucede lo mismo respecto a la energía que Hitchcock ponía en lograr la identificación de la audiencia con el protagonista. Si Dercourt quiere pasar por discípulo de Hitchcock, sólo puede hacerlo en términos formales. Pese a la belleza y formas calmadas de Melanie, nunca nos sentimos cerca de ella, como tampoco de la neurótica Ariane. Incapaz de articular a través del uso del punto de vista las alianzas afectivas entre público y personajes, o derechamente no interesado en ellas, el director obtiene sus mejores momentos sólo en mostrar un mundo tensionado por las diferencias de oportunidades y clase. No es precisamente novedoso, pero siempre hay misterio y angustia en enfrentarse a la falta de justicia con que hemos hecho el mundo.

Respecto de El juego del poder, en cambio, parece extrañamente satisfecha en sus opciones afectivas, a tal punto, que no sabemos si se trata de ironía o simple conformidad. La última cinta de Mike Nichols, un director con películas notables a su espalda, relata aquí la historia del senador Charlie Wilson (Tom Hanks), que en los años ochenta fue el principal responsable de llevar a Estados Unidos a intervenir en Afganistán como una forma de sacar a los soviéticos y desequilibrar a su favor la balanza de la Guerra Fría. Así, apoyado por un agente de la CIA (Philip Seymour Hoffman) y una rica activista conservadora (Julia Roberts), logró armar a los afganos con suficiente poder bélico e inteligencia para echar a los soviéticos. El problema es que, luego, esto significó dejar Afganistán en manos de los talibanes. La película, sin embargo, apenas enuncia este punto. Su despliegue está, en cambio, en mostrar la pintoresca personalidad de Wilson, generoso con las mujeres y las fiestas, expansivo, pragmático y efectivo al mismo tiempo. A través suyo, Nichols muestra Washington como un carnaval de negociaciones interesadas, donde el senador de Texas tiene un papel simpático e iluminado. Y es aquí donde el espectador se pierde y no sabe si leer la cinta como: a) una apología a esta suerte de héroe que liberó a una modesta nación del sometimiento soviético (o sea, sería una película patriota en el sentido más primitivo de la palabra); o b), una gran ironía sobre Washington y la Guerra Fría, donde Wilson sería exactamente lo contrario a lo que se muestra, como exige el recurso de la ironía: no un héroe sino un pelmazo, culpable al fin de cuentas, de armar a los talibanes y dejar sembradas las semillas del 9/11. Si la alternativa b) fuera la correcta (y no una simple especulación de este comentarista), la película en verdad no lo hace sentir. Hay que ser muy frío de cabeza para ver en Wilson a un pelmazo. Aunque, al fin de cuentas, podría tratarse de un caso en que la ironía está llevada tan lejos que deja de sentirse como tal.
Resumen:

Dos películas muy distintas –una francesa y una norteamericana– tienen algo en común: parecen descompensadas en la manera en que se acercan a sus personajes, excediéndose en la lejanía o simpatía con que los tratan.

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