Opiniones
Domingo 18 de Mayo de 2008
Dos miradas: ¿Cómo ha evolucionado la figura del intelectual?

Entre el saber especializado y la vulgarización simplista

Jorge Peña

Intelectual es una noción heredera del “sofista” griego, del “humanista” del Renacimiento y del “filósofo” del siglo XVIII. Es quizás en la Ilustración cuando se instituyen con el nombre de “filósofos” los intelectuales modernos. Son quienes afirman los principios universales de la razón y tienen por misión disipar supersticiones y mitos. Luchando contra la religión, retoman no obstante la misión de los clérigos, cuyo sentido invierten y revolucionan. En el siglo XIX, la filosofía se hace universitaria, erudita y pierde su anterior significación misional y militante. Esta se recupera en el siglo XX y suele escindirse en dos cohortes enemigas: los intelectuales de izquierda, continuadores de la misión universalista de la Ilustración, y los intelectuales de derecha, defensores de los valores de la tradición, el Estado y la nación.

Todo esto con matices, porque el estalinismo liquidó y amordazó a la “intelligentzia”, mientras que en otros países fueron justamente los escritores, poetas y filósofos los que jugaron un papel eminente en los movimientos emancipatorios. El desplome de la utopía marxista incidirá en la pérdida del universalismo y será frecuente la reivindicación de las diferencias y la actitud deconstruccionista.

Tras este breve esbozo histórico, podemos decir que la noción de intelectual corresponde, no tanto a la profesión en sí misma como a un papel en la sociedad. Si se puede definir al intelectual por su modo de producción propia, diremos que el intelectual es el que trabaja con sus ideas, y particularmente con las ideas de importancia humana, social, moral. Cuando los filósofos descienden de su “torre de marfil” o los técnicos rebasan su campo de aplicación especializada para defender, ilustrar, promulgar ideas que tienen valor cívico, social o político, se convierten en intelectuales.

En este sentido, si bien el protagonismo político últimamente ha decrecido, el mediático se ha acrecentado. La cualidad intelectual no está ligada a la profesión, procede de un uso de la profesión por y para las ideas. Se considera que las ideas son las que mueven al mundo y la historia no sería más que ideas cristalizadas. Ser intelectual no es ni un oficio ni una carrera. Puede ser literato, periodista, científico, pero se convierte en intelectual en cuanto quiere escapar del claustro del esteta, del abstracto, del tecnócrata, del ideólogo. Cuando se toma en serio lo que Morin denomina ética de las ideas, que consiste en la atención preferencial a la verdad o falsedad de las ideas; no a su mera originalidad o agudeza (estética de las ideas) ni a su poder de hechizar y fascinar (mística de las ideas). Es la eterna pugna entre los sofistas y Sócrates. El intelectual puede oscilar entre la mística y la estética de las ideas, pero debería centrarse en la ética de las mismas.

El intelectual conserva la energía crítica de la Ilustración, su ironía escéptica, su falta de respeto frente a la cultura dominante. Ese disentimiento puede llegar a ser una fuente profunda de reflexión sobre el mal de la sociedad. Intenta evitar dos extremos: tanto el hermético saber especializado, como la frivolidad de los medios que difunden eslóganes injuriosamente simplistas. Suelen ser puente, mediar y acercar la academia a los medios difusores de la cultura. Mientras que los otros miembros de la Academia se encierran en su profesión, los intelectuales, sin renunciar a la profesión ni a la academia, sino a partir de éstas, se consagran a la misión de obrar, mediante las ideas y para las ideas, lo necesario para incidir en la actividad pública. Lo que definitivamente está superado es ese gran mito de los intelectuales de la salvación mediante la cultura y la razón.

Hoy, el papel del intelectual se ve más circunscrito por los inexorables procesos de superespecialización. Pese a todo, los intelectuales son los únicos paladines que acometen los problemas fundamentales y comunes a todos. Transgreden fronteras, legitiman el nomadismo filosófico y suelen establecerse en el cruce de caminos entre las ciencias humanas, la biología, la psicología y la epistemología. Quizás nuestro tiempo exige un tipo de intelectual que sea capaz de una reflexión trans-disciplinar que no sólo integre algunas disciplinas aisladas, sino que transgreda sistemáticamente sus límites.

*Jorge Peña, doctor en Filosofía, profesor de la U. de los Andes

El intelectual tiene algo de profeta y mucho de visionario

José Zalaquett

Modernamente, el calificativo de “intelectual” se ha empleado con connotaciones opuestas. Una es negativa y se aplica a las personas que se hallan absortas en alturas teóricas, se expresan de modo abstruso, carecen del sentido de lo factible y tienden a ser presuntuosas.

La connotación positiva de la palabra “intelectual” alude a quienes formulan ideas o análisis que nos permiten entender mejor el mundo, las personas y la sociedad, ampliar los horizontes del quehacer posible, sea para construir o para demoler lo inservible, o bien abrir nuevos campos de investigación. El intelectual tiene algo de profeta (en el sentido de quien denuncia iniquidades, no de quien pronostica el futuro) y mucho de visionario.

Las figuras del pasado – digamos, hasta el siglo XIX – a quienes podemos aplicar retrospectivamente esta connotación moderna de “intelectual” solían ser filósofos, historiadores o escritores de gran fuste (siempre que su obra no destacara sólo por la habilidad narrativa sino que fuera de “gran aliento”, o bien que el autor interviniera en la vida pública) y los “hombres renacentistas”, esto es, quienes demostraban excelencia en una variedad de campos del saber.

Intelectuales fueron, en Occidente, en uno o en muchos de estos sentidos, figuras del calibre de Aristóteles, Aquino, Dante, Spinoza, Leonardo, Erasmo, Shakespeare, Cervantes, los enciclopedistas, Goethe, Bello, Zola, Ortega y Gasset o Malraux. Quienes se expresan en lenguages distintos del de la palabra (músicos o pintores) no han calificado como “intelectuales” (Leonardo sí, por la variedad de sus muchas sapiencias). Tampoco han solido calificar los científicos, salvo que sus teorías abrieran nuevos mundos cognitivos (Darwin, Freud).

La expansión de los medios de comunicación masiva, comenzando por la prensa escrita, a partir de fines del siglo XVIII, dio nacimiento a un nuevo tipo de intelectual: el periodista de comentario, quien muchas veces era también un renombrado escritor.

Con la difusión de la educación superior y el adelanto de la ciencia, en el siglo XX se fue haciendo cada menos factible el surgimiento de personas que fueran reconocidas como doctos en muchos campos del saber. El progreso científico depende cada vez más de una multitud de pequeños avances generados por legiones de investigadores, cada uno atento a lo que producen los demás.

Al mismo tiempo, en un mundo crecientemente interconectado, en el que cada sector, cada actor, reclama y obtiene un lugar en el escenario de intercambios sociales, se tiende, crecientemente, a considerar intelectual a todo aquel cuyo ejemplo, doctrina o acciones alcanzan una influencia discernible. Así, en la lista de intelectuales influyentes que propone la revista Prospect, hay filósofos, escritores, historiadores y periodistas de comentario, pero también cientistas sociales, economistas, ecólogos y líderes políticos o religiosos.

¿Que el intelectual ya no es lo que era antes? Bueno, tampoco la nostalgia es lo que era antes. Los tiempos cambian y el significado de las palabras también. Y así, se irán inventando nuevos vocablos para nombrar a las distintas categorías de quienes influían antes, quienes influyen ahora y quienes influirán mañana, sea con sus ideas, sus descubrimientos o sus acciones.

*José Zalaquett, abogado, Doctor en Derecho, Honoris Causa, por las Universidades de Notre Dame y City University of New York. Profesor de Derecho Internacional de los Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

5 Comentarios publicados
Posteado por:
danilo correa
18/05/2008 19:36
[ N° 1 ]

Interesante los dos análisis, ahora, no sé si podemos observar al intelectual, como una figura que ha dejado de ser, una transformación.
Tampoco, tener nostalgia. No es el intelectual el detractor. Es la decadencia del mundo que observa.
El intelectual no pede influir, sobre un contexto nihilista, es un problema de roles. La actual sociedad prefiere o necesita o cree necesitar un héroe más que un intelectual, un mentiroso ante de uno honesto.
En nuestra sociedad, el intelectual no puede influir, porque es visto como una amenaza.
Devela ese olorsito a que todo importa poco, para que pensarlo dos veces? para qué señalar una idea? una tendencia?

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
18/05/2008 20:51
[ N° 2 ]

¿algunos de los nombrados por Don Pablo era DOCTOR o PDh? Me imagino que no existian esos titulos en aquellos tiempos. Shakespeare no tenia título alguno y Aristoteles, a lo mas era un simple profesor. Yo pienso que se pierde mucho tiempo estudiando para tener titulos y no trabajando, esos años, para llegar a ser un intelectual. Se hace camino al andar dijo Machado, Don Antonio.Eso de estudiar en la Universidad de la Vida, cada dia me parece mas cierto.

Posteado por:
Cesar Emilio Guajardo Vivar
19/05/2008 00:28
[ N° 3 ]

De que sirve un intelectual en Chile?, de nada, ahora son otros los intereses, hoy solo se conforman con aparentar y denigrar a los que que por toda la vida han estudiado hasta llegar a ser un "intelectual" sin que se seque el cerebro.
Pero, cuantos libros hay que leer y vivencias culturales en el extranjero para ser un intelectual de verdad y no intelectual solo por leer el periódico todos los dias?.
Por lo que veo hay que ser doctor Honoris Causa de alguna Universidad de aqui USA y no de otro pais ha sabienda que aqui las Universidades son mas o menos no mas pero tienen el sello capitalista que le podria dar mas valor y respeto?.
En realidad, yo llevo mas de 20 años estudiando aqui en las Universidades de California pero nunca me consideraria un "intelectual", pero por el lado que si me consideraria un "intelectual" es por haber conocido y convivido con cientos de culturas diferentes ya que como aventurero que soy conozco casi todo el mundo a dedo, digo a dedo porque al pais que llego aprendo de sus culturas mientras trabajo, en realidad solo soy "intelectual" solo para Dios y para mi porque no me gusta divulgar algo tan vanidoso, creo que esa palabra solo se ha inventado para poder subir el ego un poquito y asi sacar mezquinas ventajas.

Posteado por:
Herman Aguirre Ayala
19/05/2008 11:00
[ N° 4 ]

Sr Guajardo, aunque no les hagan caso, estos "pepe grillo" no pueden quedarse callado. Algo tienen que opinar para orientar aunque sean pocos los que los puesquen.Tienen la obligación de NO quedarse callado frente a los temas que nos apremian. Lindo tema esto de los intelectuales.

Posteado por:
Gonzalo Valdasi Camus
24/05/2008 18:59
[ N° 5 ]

La distinción de Morin entre la ética, la estética y la mística de las ideas es bastante lúcida y comprensiva: no la conocía y agradezco al Profesor Peña Vial por referirla y enseñarla en su texto. Leerla, entenderla y asimilarla corresponde a aquello que alguna vez el mismo Peña Vial llamó “los placeres de la alta cultura”.

En lo demás, el sólo planteamiento de cómo han evolucionado los intelectuales, me hace pensar en mis amigos y las conversaciones o amagos de intercambio que muchas veces hemos intentado sobre los asuntos que nos interesan, y que, debo decirlo, me provoca amplia frustración.

Seguramente se debe a algo que detecté ya en mis primeros años de universidad: no nos dejamos hablar. Movidos por impulsos misteriosos, no bien alguien insinúa una frase, nos apresuramos a interrumpirlo y, como en el colegio, le hacemos “camotera” y nos “tiramos al montoncito”.

Pensé que esto era propio de la edad y con los años pasaría. Pero observo que es la manera de “conversar” (es un decir) en lugares insospechados: en los pasillos de las universidades, los salones académicos (lo he visto por ejemplo en jornadas de derecho de distintas especialidades), sesiones de directorio, reuniones sociales, conversaciones de café, etc.

La consecuencia de este hecho es penosa: siempre nos quedamos en la periferia de los asuntos y nunca atacamos el fondo de los problemas.

Conjeturo que esta verdadera tara social proviene del miedo a que las contraargumentaciones finalmente demuestren nuestras equivocaciones. Por eso, apenas se asoman en la mesa, las abortamos con vociferaciones, palmotazos en la mesa y descalificaciones al bulto.

Lo que me lleva a otra cosa: Humberto Giannini recuerda que los griegos distinguían entre el diálogo, regido por el principio de la verdad, y la discusión, regida por el principio de la victoria.

¿Será que no cultivamos el diálogo sino sólo la discusión?

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