
José Zalaquett
Pelucas empolvadas del tamaño de una torta de bodas, maquillaje de estuco grueso, profusión infinita de cintas y miriñaques. Esa era la moda en la corte de Luis XIV y quienes no la seguían estaban definitivamente fuera de lugar. Se dice que el llamado Rey Sol hizo construir la corte de Versalles para tener a los nobles cerca suyo y no conspirando desde lejos, y que les impuso esas absurdas costumbres para obligarlos a gastar su peculio en vanidades, no en armarse contra él.
En una escena del filme de Roberto Rossellini sobre Luis XIV, un noble que regresa a Francia se presenta ante el monarca, quien le hace ver que no está ataviado conforme a la nueva moda. “Lejos de vos, Majestad”, responde el súbdito, “uno no sólo es desdichado, sino también ridículo”. Recuerdo lo que me impresionó esta escena, no tanto por el despliegue de repulsiva adulación del noble, como por su involuntaria (o quizás, deliberada) ironía. Obviamente, lo supremamente ridículo era la corte misma que el rey encabezaba, toda merengue y floripondios. Pero ello se puede percibir así sólo desde la mirada de la historia o desde la sorpresa de un viajero contemporáneo que no está al tanto de las nuevas y extravagantes usanzas. En cambio, para quienes se agitaban en esa claustrofóbica comunidad cortesana, era risible lo que se apartaba de la norma, y si ésta era desbordada, pues bueno, lo sencillo pasaba a ser objeto de burla.
Sí pues; el sentido del ridículo es un poderoso factor de cohesión e intimidación. Ya lo sabemos desde niños; quienes no se adaptan a las formas y ritos del grupo son excluidos con escarnio. Con el paso de los años, es común que el miedo al ridículo se acentúe, disfrazado de sobria adaptación.
En tiempos relativamente más auténticos, el sentido de ridículo puede actuar como una luz amarilla que nos previene contra las falsas pretensiones. En épocas en que la obsesión por las apariencias es la regla general, lo que se percibe como ridículo suele ser lo que debiera ser considerado sensato.
¿Sensatez? ¿autenticidad? Ya escucho el coro de objeciones que el uso de estos términos puede suscitar para quienes enfatizan el carácter eminentemente relativo del buen gusto y del sentido de lo apropiado o correcto. Debo, por tanto, aclarar que no afirmo que existan normas o estándares absolutos. Pero sí creo que, tal como sucede con los seres vivos, en la evolución de los sistemas de formas (sociales o culturales) hay fases de nacimiento, desarrollo, plenitud, declinación y hasta descomposición. Es cierto que lo que para unos parece una etapa terminal, para otros será un momento de renacimiento. Pero el tiempo va decantando las apreciaciones, aunque no es posible esperar que se alcance un juicio histórico compartido e inmutable. Con todo, por lo general, la historia evalúa los tiempos de decadente vanidad como eminentemente grotescos.
Y si intentamos mirar el presente con ojos de futuro, ¿no le parece, por ejemplo, que la compulsión generalizada por parecer rubios o por adoptar un look agresivo es absurda? (A propósito de esto último, ¿se ha fijado que las modelos de las pasarelas tienen prohibido sonreír?; por el contrario, tienen instrucciones de caminar decididas y ceñudas, como si vinieran a cortarnos la garganta). Además, piense en esto: en cincuenta años más va a haber un montón de viejos y viejas circulando con sus cuerpos todo tatuados. No será la primera vez que los aggiornados del presente lleguen a ser el hazmerreír del futuro.
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Posteado por: Guillermo Guerrero RodrÃguez 25/05/2008 20:25 [ N° 1 ] |
Olvida Ud la moda de lo políticamente correcto. Porque a fin de cuentas estar a la moda o intentara estarlo, es solo querer entrar la baile, competir, surgir,adapatarse, un escudo de defensa más para interactuar, porque la vida es interactuar,¿que otra cosa sino? inofensivo y muchas veces agradable a los demás, por lo demás, es andar a la moda. La moda de no andar la moda se viene como otras modas, va de la mano con la libertad, la que siempre está de moda. En cambio la moda de lo políticamente correcto tiene connotaciones siniestras y causa daño, ojalá fuera solo ridícula. |
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Posteado por: Carlos E. Concha Gutiérrez 25/05/2008 23:17 [ N° 2 ] |
Estimado Pepe: me pareció muy buena tu columna sobre el "sentido del ridículo". Lo que me pareció interesante del ejemplo de la Corte de Luis XIV es que observada la realidad actual la situación se sigue repitiendo día tras día. Bien miradas las cosas, cada día, según la comunidad a que pertenezcamos nos disfrazamos de "algo". Y se siguen repitiendo los casos de individuos poderosos que imponen modas a partir de su posición, a quienes pocos se atreven a desafiar: no sólo ocurre con las pelucas empolvadas sino con los valores e ideologías. Aquello que llamamos "políticamente incorrecto" equivale a equivocarse en no exhibir la peluca valórica o ideológica en boga: vivir contracorriente. |
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Posteado por: Guillermo Guerrero RodrÃguez 27/05/2008 19:46 [ N° 3 ] |
Fidel Castro poderoso hombre impuso la moda de la barba en los años 60 y 70, así todos los seguidores de la revolución proletaria y mundial, científica además no hay que olvidarlo, usaban en aquellos años barba, pero la barba en Cuba no era moda era derecho exclusivo de la cúpula totalitaria, así lo que era moda entre los revolucionarios latinos era un privilegio en Cuba, lo que era vivir a contra corriente con barba en el resto de América era ser hombre del poder absoluto en Cuba, ridículo sin lugar a dudas, pero así son la modas. Pero los políticamente correctos siempre a la moda intelectual no mencionan nada de esto, sufren de súbitas amnesia s cuando de condenar los atropellos a los DDHH en Cuba, cuando más hacen pálidas y reticentes críticas, y sin embargo no les faltan sofisticadas argucias intelectuales para condenar otros abusos. |
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