
Rafael Sagredo Baeza
Historiador
Aunque la primera información histórica concreta sobre la erupción de un volcán en el hoy territorio chileno corresponde a una del volcán Antuco ocurrida en 1624, según relata Diego Rosales en su “Historia general del reyno de Chile. Flandes indiano”, lo cierto es que las tradiciones y mitos de los pueblos originarios nos permiten deducir que ellos convivieron, como nosotros, con recurrentes fenómenos telúricos y volcánicos.
Así lo muestran numerosos relatos existentes a lo largo de todo Chile que aluden a los orígenes de los volcanes, a las fuerzas internas que contienen, a las luchas de seres mitológicos que se expresan a través de ellos, o a los espíritus que cobijan. Entre los más conocidos, el de los mapuches según el cual los volcanes albergan a los caciques difuntos, espíritus pillán, como a diversos seres de connotación negativa. ero también el relacionado con el viracocha en el norte, que muy elocuentemente incluye entre sus contenidos el que también se usó esta palabra para nombrar a los repudiados conquistadores españoles.
“Bocas del infierno”
La presencia de volcanes en el territorio quedó registrada en una de las primeras crónicas que ofreció una descripción geográfica de esta porción de América, transformándose desde entonces en una de las características de Chile. Alonso de Góngora Marmolejo, en su “Historia de Chile desde el descubrimiento hasta el año 1575”, afirma que “hay, asimismo, en la cordillera muchos volcanes por toda ella que echan fuego de sí ordinario, y más en el invierno que en el verano”. Aseveración confirmada por el ya mencionado Rosales, que en su crónica del siglo XVII señaló: “Porque los volcanes que hay en este reino son muchos, y echan fuego, humo y azufre”.
En la relación de la primera erupción volcánica de la que existe testimonio histórico, el cronista ofrece la impresión que causaban estos fenómenos, y seguirían provocando, en la población, aunque también identifica a quienes debían temerlas. Relatando la explosión del Antuco en 1624, Rosales escribe: “Reventó el volcán con admiración de todos, vomitando envueltas en fuego espesas nubes de cenizas y avenidas de piedra, azufre y piedra pómez, que vomitó su cruda indigestión, durando más de ocho días este prodigio, avisando a todos que temiesen la genuina indignación que, por estas bocas del infierno, amenaza tragarse a los malos”.
El pavor que los volcanes provocaban pasó a ser uno de los tópicos de las descripciones que se hicieron de Chile. Jerónimo de Quiroga, en sus “Memorias de los sucesos de la guerra de Chile” —compuestas en 1690—, describe los Andes como “altísimos e intratables montes y sierras, todo el año cubiertos de nieve, y en las más altas eminencias, con espantoso estruendo, vomitan llamas muchísimos volcanes, cuyo tronido atemoriza a los que habitan cerca de sus bocas”.
Entre los cronistas coloniales, las erupciones en ocasiones aparecen asociadas a la guerra en Arauco. Alonso de Ovalle, en su “Histórica relación del reyno de Chile” —publicada en 1646—, identifica dieciséis volcanes “que en diferentes tiempos han reventado y causado efecto de no menos admiración que estupor y miedo en toda la tierra”, siendo estos prodigios, afirma, lo que movió a “la sujeción con que toda aquella tierra se rindió a nuestro católico Rey”.
Villarrica: bramidos de pavor
Claudio Gay, el primer historiador de Chile, también alude a esta asociación; por ejemplo, cuando relata las alternativas de la guerra y explica que los araucanos en 1640 se decidieron por la paz motivados por diversos malos augurios; entre ellos, “la espantosa erupción del Villarrica”. En su “Historia física y política de Chile” la describe para ilustrar el efecto que causó: “El cielo y la tierra parecían abrasarse a la vez, devorados por torrentes de lava que, como una lluvia de fuego, arrojaba el volcán a distancias enormes, y en medio de estos torrentes, peñascos de dimensiones increíbles, esparciendo hasta muy lejos en redondo espanto y pavor con sus bramidos”. Incluso, cita a Ovalle para documentar y reafirmar su argumento: “En todo aquel contorno y comarca, malparieron de espanto muchas mujeres”.
Si durante la Colonia los fenómenos telúricos sirvieron para justificar acciones y comportamientos, pasando más tarde a las explicaciones históricas, en el siglo XIX los volcanes andinos adquirieron notoriedad por el uso que los científicos hicieron de ellos. Una muestra es el Chimborazo en Ecuador, reputado entonces como la máxima cumbre del mundo, que Alexander von Humboldt escaló en 1802, y más tarde representó y divulgó en sus obras sobre América.
La intensa actividad volcánica en la vertiente occidental de América del Sur fue lo que llevó al sueco C.E. Bladh a afirmar en su relato autobiográfico “La república de Chile 1821-1828”: “Parece que la sustancia volcánica contenida en esta parte del globo se encuentra concentrada bajo la cordillera”.
Los volcanes también llamaron la atención de otro gran naturalista, Charles Darwin, quien pudo observar algunos en actividad en Chile. El que llamó “el más magnífico de los espectáculos” en su “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, no sólo lo impresionó; también le sirvió para su explicación sobre la elevación de los Andes, alguna vez lecho marino, fenómeno del que los sismos y erupciones volcánicas aparecían como manifestaciones que experimentó directamente, pues se encontraba en el sur cuando sobrevino el terremoto del 20 de febrero de 1835 que asoló Concepción, y que fue acompañado de la erupción simultánea de una línea de volcanes.
Junto a su teoría científica, Darwin también se ocupa de registrar “que las clases inferiores de Talcahuano estaban persuadidas de que el terremoto provenía de que las ancianas indias que habían sufrido algún ultraje dos años antes habían cerrado el volcán Antuco”. Una explicación que no por ridícula dejaba de ser curiosa, pues junto con ir en el mismo sentido que la que había formulado él, probaba, como lo relata, “que la experiencia enseña a esos ignorantes que existe una relación entre la cesación de los fenómenos volcánicos y el terremoto”.
Explicaciones vulgares como la mencionada eran las invocadas por la población cada vez que sufrían un evento telúrico, volcánico o cualquier otro desastre natural. Ante la fuerza de los elementos, el dolor y la muerte, se acudía a la superstición o a la religión, en una actitud muy propia del que no tiene una causa racional para aceptar lo que le arrebata sus bienes y su estabilidad, y, además, se presenta como un peligro imposible de contrarrestar.
La lucha y la perseverancia
Pero más allá de la utilización científica o histórica que se ha hecho de los volcanes, o de la impresión que la belleza o la majestuosidad de algunos puedan provocar, lo cierto es que son las erupciones y sus secuelas de destrucción las que han dejado las huellas más profundas. En lo esencial, porque son marcas que han modelado formas de ser y actuar de pueblos, sociedades, naciones completas.
Esta asociación entre volcanes y calamidad es lo que lleva a Pablo Neruda a preguntarse en su “Canto general de Chile”: “¿Por qué hierve la tierra llenándose de muerte?”. La experiencia vital les permitió a los pueblos originarios de Chile formular una explicación que Alonso González de Nájera recoge en su “Desengaño y reparo de la guerra del reino de Chile”, de 1614: “Todo el reino de Chile es sujeto de terremotos por la razón de ser todo él costa, como dicen los naturales”. Así, aunque ajenos a cualquier conocimiento científico moderno relacionado con la tectónica de placas, los araucanos sintieron y localizaron los efectos del deslizamiento de la placa oceánica de Nazca bajo la continental Sudamericana, la verdadera causa de la actividad telúrica y volcánica.
La presencia de lo telúrico y volcánico está de tal forma asociada al territorio chileno que incluso el Canto General comienza con el poeta afirmando: “Escribo para unos cráteres cuyas cúpulas de tiza repiten su redondo vacío junto a la nieve pura, dictamino de pronto para lo que apenas lleva el vapor ferruginoso recién salido del abismo”.
Por su recurrencia y desastrosos efectos, y al igual que terremotos, sequías e inundaciones, las erupciones volcánicas han contribuido a configurar el llamado “acontecer infausto” de la historia de Chile, con las consecuencias sociales que esto ha provocado. Entre ellas, la de actualizar el sentido de comunidad frente a cada desafío impuesto por las fuerzas de la naturaleza.
La sucesión de calamidades a lo largo de siglos ha obligado a la sociedad chilena a enfrentarse en un diálogo constante con su entorno natural. Este persistente encuentro ha provocado fenómenos colectivos que se traducen en modos de ser y actuar, en un destino común de lucha y rebeldía, en un eterno juego de salvación que ha ido templando a sus pobladores con una mezcla de voluntad y obstinación, de fatalismo e imprevisión que, aun en medio de la tragedia, los hace persistir en su vocación original de permanecer.
Prueba de lo señalado es que en la coyuntura actual, con el volcán Chaitén, cuando todo parece indicar el fin del pueblo, su alcalde, el líder de la comunidad desplazada, desafiante, afirmó, categórico: “Chaitén se refunda en Chaitén”.
Los cambios de ciudades en la historia de Chile
En los últimos días se ha divulgado la posibilidad de cambiar el emplazamiento de Chaitén por un lugar más alto, al norte del actual. No sería el primer desplazamiento en nuestra historia. Las catástrofes naturales han motivado la refundación de algunas ciudades chilenas en espacios diferentes a los que que primitivamente ocuparon.
El ejemplo más conocido es Concepción, población que en 1751 fue destruida por un terremoto y un maremoto. Para esquivar la furia del mar, se decidió su traslado hasta su actual ubicación en el valle de la Mocha. El sitio original de Concepción hoy lo ocupa la localidad de Penco.
La mudanza no fue un trámite simple, según relatan Leonardo Mazzei y Arnoldo Pacheco en su documentada "Historia del traslado de la ciudad de Concepción".
Los planes de mudanza contaron con la tenaz oposición del obispo José de Toro y Zambrano que calificó el nuevo lugar de “enfermísimo, por la mucha humedad, por las continuas nieblas, por ser un sitio bajo y circunvalado de lagunas en que se crían sabandijas”. Una comisión integrada por el ingeniero irlandés Juan Garland y el ingeniero delineador Ambrosio O’Higgins confirmó la elección del lugar. Finalmente, la orden fue perentoria: a los que el 1 de marzo de 1765 no se hubiesen trasladado, se les quemarían sus tugurios o casuchas, “para que no quede ni aún memoria de ellas en ese lugar arruinado”.
El caso de Chillán también es paradigmático. A raíz del mismo sismo de 1751, se decidió su traslado un poco más al norte de la ubicación en que fue fundada, a terrenos más altos que permitieran evitar los desbordes del río.
Luego, en el siglo XIX, y a raíz del terremoto de febrero de 1835 que destruyó numerosas ciudades en el centro sur del país, se determinó un nuevo traslado de Chillán todavía más al norte. Fue entonces que al Chillán existente, desde ese momento llamado Viejo, se sumó Chillán Nuevo en los terrenos del fundo Huadún que Domingo Amunátegui vendió a la Municipalidad en 12 pesos la cuadra.
En el decreto de 5 de noviembre de 1835, en virtud del cual el gobierno decidió secundar la decisión de los vecinos y autoridades de Chillán, se determinó el traslado de los edificios públicos, templos y residencias de las autoridades, y se estableció el procedimiento, condiciones y plazos de la mudanza. Promoviéndose el traslado con la siguiente norma: "los vecinos que voluntariamente quieran fijar su residencia en ese nuevo local, tendrán derecho de exigir igual extensión de terreno y en igual situación que la que poseían en la antigua ciudad".
Tres mil volcanes, 500 activos
Desde el siglo XVII en adelante se contabilizan en Chile a lo menos 46 erupciones, que no incluyen los cientos de eventos volcánicos documentados, en un conjunto de 62 volcanes con registros históricos. De ellos el Llaima y el Villarrica son los que han tenido más actividad. En el siglo XX, las erupciones del Quizapú en 1932, del Hudson en 1991 y la actual del Chaitén, han sido algunas de las más inesperadas y violentas, además de dañinas para el medio ambiente.
A lo largo de la cordillera de los Andes existen en nuestro territorio cerca de 3.000volcanes, 500 de ellos considerados activos, y que representan el 15% de todos los volcanes “vivos” del mundo. Los expertos coinciden en que aproximadamente 42 de estos volcanes pueden entrar en erupción en cualquier momento.
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Posteado por: geo hidro termico 03/06/2008 02:48 [ N° 1 ] |
¿que seria Chile sin volcanes, terremotos, incendios forestales, inundaciones, olas de frio polar, sequias? ¿Seriamos chilenos? |
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