
El comelibros Álvaro Bisama
Hablé en clases el otro día de Piglia y luego, por un rato, me quedé pensando en lo que decía de Roberto Arlt. Aquello de que “el modelo del estilo literario ¿dónde lo encuentra? Lo encuentra donde puede leer, esto es, en las traducciones españolas de Dostoievski, de Andreiev. Lo encuentra en el estilo de los pésimos traductores españoles, en las ediciones baratas”. Para Piglia, eso vuelve a Arlt “el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo XX”.
No es una mala idea. Tengo en las manos varios volúmenes de la flamante reedición de clásicos juveniles Bruguera y lucen impresionantes (tapa dura, letra grande, fragmentos de cómics antiguos que les deben más de la cuenta a Hal Foster y Alex Raymond). Para quienes aprendimos a leer décadas antes que “Lost” se convirtiera en el folletín contemporáneo más exitoso, fue esa clase de libro la que nos formó: todas esas adaptaciones de obras maestras ilustradas y serializadas y masivas, con portadas pintadas a mano por émulos anónimos de Doré o Norman Rockwell, libros desechables y listos para destruirse en las manos de lectores ávidos de aventuras.
Leídas desde el presente, esas adaptaciones pueden ser incluso objetos de arte condensados, director cuts hechos en ausencia, lecturas que se saltan todo academicismo, mientras dejan al desnudo el argumento, borran lo accesorio, eliminan lo superfluo. Salgari, Stevenson, Mark Twain, Verne, Dickens o
Dumas directo a la vena.
Pero estos libros no son meros resúmenes, sino otra cosa: reescrituras de la aventura que la despojan de todo accesorio a la vez que la comentan, convirtiéndola en acción y suspense en estado puro. De este modo, quizás sea ahí, en esos clásicos del XIX que los lectores del XX descubrieron como tesoros juveniles, donde esté el corazón de una literatura de peripecias sazonadas con clímax arrebatadores. Están ahí —en el corte y confección comercial— las lecciones que todos los que quieren escribir best seller deben aprender. Es mejor un Melville adaptado antes que John Grisham completo; o un Julio Verne comprimido antes que la saga completa del Ender, de Orson Scott Card.
Y, por supuesto, están las portadas de estas adaptaciones. Brillan ahí los colores fuertes, se exhibe un peligro amenazante, carecen de cualquier clase de abstracción. Los pinceles de los ilustradores —casi siempre artistas del hambre— captan con habilidad el pánico, el misterio, la sospecha, la valentía. En esos libros los personajes se convierten en arquetipos, pero también en una especie de familia del lector, en rostros conocidos y cercanos, máscaras concretas en la cabeza del lector.
Por otro lado, es obvio que ya sabemos el final de todas las historias, pero después de tanto tiempo queda la sospecha de la que la memoria nos engañe o nos traicione. Pasa a veces. En la era donde a los devedés los saturan con escenas no editadas, a uno le queda la esperanza remota de haber olvidado a los clásicos, de no saber nada de ellos para abordarlos de nuevo al modo de una colección de mitos desconocidos y secretos. Ahí yace una esperanza más insólita o una sospecha feliz: la de que el adaptador haya cambiado sutilmente los libros, modificando finales, introduciendo detalles inéditos, poniendo de su cosecha. Siempre he fantaseado con esa idea: la de una conspiración de redactores empecinados en intervenir las obras maestras entre los meandros de la traducción y la libertad de los editores. Los clásicos, para esos héroes invisibles, siempre les jugarían una buena broma a la solemnidad y el presente. El canon, para esa secta desquiciada, debería cambiar de modo imperceptible y lucir casi siempre como nuevo.
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Posteado por: robinson valdés villalobos 04/07/2008 22:47 [ N° 1 ] |
que tremendo articulo, sencillamente esplendido... me hiciste emocionar al recordar mis primeras lecturas de los clasicos rusos en esas ediciones baratas y mal compaginadas, pero mucho tiempo despues al releer esas obras en traducciones más "autorizadas" , siempre han quedado en deuda con esas traducciones tan a la vena como dices, me sucedio con "las noches blancas" "pobres gentes" y "crimen y castigo" de Dostoievski, los cuentos de Chejov y Maupasant , Jack London , Pushkin... algo de emocionalidad y primitivismo que se pierde, esos anonimos traductores captaron algo que solo la intuición literaria les pudo haber dado, una intuición que quizas les dio su inmenso amor por aquellas obras que en sus manos cobraban nueva vida, quizas sin saberlo les insuflaron un aire fresco y renovado para que se anidaran para siempre en el pais de la memoria, como diria el querido Jorge Teillier |
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