
En un cuento del catalán Quim Monzó –escritor que por fin empieza a estar en las librerías chilenas–, a un tipo que ha salido a recoger hongos silvestres se le aparece un gnomo y le ofrece cumplir un deseo. Una vez superada la perplejidad, el afortunado accidental se pone a la tarea de decidir qué quiere: ¿mujeres, poder, dinero? Como se demora, el gnomo le advierte que tiene cinco minutos y que ya han pasado tres. Mientras el duende lleva la cuenta regresiva en voz alta, el hombre zozobra tratando de explorar su voluntad, hasta que, desesperado y en el último segundo, pide: “Quiero otro gnomo como tú”. Aparece un nuevo duende, con igual promesa y otros cinco minutos.
El relato, excelente, retrata la congoja de quien debe hacer una tarea en un lapso determinado, pero pone más energía en pensar que el tiempo se acaba que en comenzar a realizarla. En estos casos, el estómago suele acusar recibo en forma de una trenza tirante como de colegial, el corazón camina a tropiezos y la ansiedad se convierte en una brea viscosa entre las neuronas. Eso, si te lo tomas dramáticamente. El escritor británico Douglas Adams se reía de lo que en inglés llaman procrastination (de pro, adelante y crastinus, perteneciente a mañana: dejar para mañana lo que podrías hacer hoy): “Me encantan los plazos”, escribía Adams. “Me gusta el silbido que hacen mientras pasan volando”.
Pero el pequeño placer de concederse un poco más de tiempo caduca rápido. En el cuento de Monzó, el narrador informa que el recolector de hongos sabe que, si no tiene bastante, le queda la posibilidad de pedir un nuevo gnomo; pero eso, anota, no lo libera de la angustia.
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