
Javier Rojahelis
La estrella de cine Sharon Stone le dio un nuevo remezón a los chinos cuando hace poco comentó que el fatídico terremoto que había sacudido China podía ser consecuencia del mal karma por la opresión que vivía el Tíbet bajo el gobierno comunista. Como ella, no son pocos los artistas de Hollywood que pueden haber pensado lo mismo y que creen —como muchos otros herederos del New Age— en cosas como el “ojo por ojo” karmático, el aura o la reencarnación. La lista de famosillos que han abrazado el budismo y que se han sumado a la causa de reclamar por la defensa de la cultura tibetana incluye a personajes como Richard Gere, Brad Pitt (enganchado con el budismo sobre todo después de protagonizar la película “7 años en el Tíbet”), Harrison Ford, Keanu Reeves (quien hizo de Siddartha en “El pequeño Buda”), Orlando Bloom, Steven Segal, Uma Thurman (cuyo padre fue ordenado monje budista) y el ex agente 007 Pierce Brosnan, entre otros. ¿En qué grado de profundidad cada uno de ellos se ha adentrado en el budismo? Difícil saberlo, lo que sí se sabe es que la mayoría de ellos ha exigido la liberación del Tíbet, demanda que ha cobrado mayor fuerza este año sobre todo a propósito de los próximos Juegos Olímpicos de Beijing. Es cierto que este revival mediático del tema tibetano apela a lo político, pero no es menos cierto que este reclamo es alentado más que nada por esa extendida imagen que se tiene del Tíbet como centro espiritual del mundo… como esa suerte de Meca a la que todo fiel del “Ommmm” debiera llegar algún día.
El best seller
Hay que decir, en todo caso, que la historia del Tíbet y de sus famosos monjes conoce de amenazas a su independencia desde el siglo X y que, de ahí en adelante, la intención de ejercer dominio sobre su cultura y sociedad ha sido la tónica de su devenir… bajo los mongoles, los ingleses y finalmente con la intervención de la República Popular China que significó el exilio del Dalai Lama.
Pese a lo extensa de esta historia, el Tíbet sólo vino a convertirse en un tema de atención masiva a partir de la década de 1950. ¿La razón? Por aquélla época el mundo volcó su mirada hacia la región cuando el neozelandés Edmund Percival Hillary logró en 1953 la hazaña de alcanzar la cima del Everest, montaña ubicada en los límites del Tíbet que se había convertido en lugar de peregrinaje para los escaladores y aventureros. A esto se sumó que ese mismo año el austríaco Heinrich Harrer publicó su famoso libro “Siete años en el Tíbet” (sí, el mismo de la película con Brad Pitt) en el que narraba su experiencia en la ciudad prohibida de Lhasa, lugar donde conoció al Dalai Lama, el entonces joven líder espiritual de los tibetanos. Sin embargo, lo que realmente marcó la diferencia fue cuando en 1956 se publicó “El tercer ojo”. Un relato que no sólo hablaba de la ciudad del Dalai, sino que era escrito por un sujeto, de nombre Lobsang Rampa, que aseguraba ser la reencarnación de un lama tibetano. El libro se convirtió en un superventas instantáneo con 300 mil copias vendidas y con un séquito de fans que reclamaba más enseñanzas e historias de este nuevo gurú. Trasmigración del alma, levitación, poder de clarividencia y cosas por el estilo estaban en el libro de Rampa mezclados con la terminología budista que fue adquirida de inmediato por un público ansioso de sabiduría oriental. El mismo tipo de público que le afinaría el olfato a las empresas editoriales sobre el naciente mercado del esoterismo y del New Age.
El falso gurú
No obstante el éxito editorial, la obra de Rampa también mostró lo superficial que podía volverse el acercamiento de los occidentales hacia el mundo oriental. El año 1958, cuando Rampa ya disfrutaba del éxito, la revista Time publicó un artículo que desenmascaraba la farsa que había detrás del autor de “El tercer ojo”. Todo partió con las sospechas que comenzó a despertar la obra de Rampa en tres conocidos personajes. Uno de ellos era Marco Pallis, célebre montañista que había recorrido las cumbres tibetanas; el otro era el diplomático Hugh Richardson, quien había estado en misión en Lhasa; y el tercero, el ya mencionado Heinrich Harrer. Los tres realizaron una lista en la que mencionaban las inexactitudes que presentaba el libro de Rampa entre las que se contaban datos erróneos como hablar de palmatorias de oro, que jamás existieron en el Tíbet, o cuando Rampa describe a su madre usando un pendiente, adorno que era privilegio exclusivo de oficiales de cierto rango. Con varios ejemplos como estos, Richardson, Harrer y Pallis llegaron a la conclusión de que el autor simplemente había ficcionado todo el relato y que, en realidad, Rampa jamás había estado en Lhasa y menos pisado el Tíbet. Lo que quedaba era averiguar quién era en realidad el escritor detrás de “El tercer ojo”. Para ello, contrataron al detective Clifford Burgess, quien después de un mes y 3 mil millas de viaje descubrió que la verdadera identidad de Rampa era Cyril Henry Hoskin, el hijo de un fontanero de Devon que habría tenido su inexistente viaje tibetano mientras trabajaba como consejero en una firma en Londres. Con afición por escribir articulillos para revistas, Hoskin había querido dar un salto mayor ofreciendo a un agente literario un libro sobre la historia del corsé. El agente, al saber que Hoskin tenía en mente otra historia en la que el protagonista era un lama tibetano, le instó a olvidarse de la prenda femenina y a darle marcha al esotérico relato.
Negocio espiritual
Lo curioso es que pese a estas revelaciones sólo la editorial Seeker & Warburg se arrepintió de volver a publicar un libro de Rampa… lo que no pasó con otras editoriales que simplemente veían que había un mercado ansioso de más obras del nuevo gurú. Un editor norteamericano le dijo a Time: “Nosotros esperamos que la gente piense que esto es una buena lectura, pero no que necesariamente sea verdadera”. De este modo, las obras de Rampa siguieron publicándose y reimprimiéndose desde entonces transformándose con el tiempo en auténticos longsellers y, pese a lo apócrifo de sus contenidos, en una de las principales fuentes de difusión de la onda tibetana, incluso muchas veces compartiendo estantería con libros del propio Dalai.
La historia de Rampa llega a su fin en 1981 con la muerte de Hoskin… aunque algunos han comentado irónicamente que ya debe haberse reencarnado en alguien. Una broma que, si bien se ríe del carácter de fraude de Rampa, no está muy lejos de la sorna que también despierta en algunos el hecho de que el Dalai Lama se declare un Buda renacido y que su gobierno en el exilio reciba, desde los años 60, millonarias cifras de dinero del gobierno de Estados Unidos y de organizaciones internacionales.
Bibliografía del falso Lobsang Rampa
Los títulos del supuesto lama que convirtió en best seller el budismo tibetano son varios. Entre ellos se siguen publicando títulos como “El médico del Tíbet”, “El cordón de plata”, “La caverna de los antepasados”, “El manto amarillo” y “Mi vida con el lama” (el cual supuestamente le fue dictado a Rampa ¡por su gato siamés!).
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Posteado por: Lucy Rotter Newman 10/06/2008 17:18 [ N° 1 ] |
Muy bueno el tema de la columna. Que pena que el señor en cuestión haya tratado de engañar a la gente con un supuesto relato verídico... con tanta imaginación, sería ahora recordado como un buen escritor, y no como un charlatán! (Debo decir que no he leido ninguno de sus libros, así que no puedo deci con autoridad que sea buen escritor, deduzco que lo es, si tanta gente le creyó lo que escribió: tiene que haberlo escrito bien, me imagino) |
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Posteado por: SOLEDAD VALDEBENITO BAEZA 13/06/2008 18:06 [ N° 2 ] |
Esto indica que el ser humano cree cualquier cosa que se publique, vive de la fantasía. Si usamos nuestro razonamiento, lo primero que debiéramos hacer es invstigar,si los documentos son verdaderos o falsos, discernir si es correcto,o es falso. diferenciar lo verdadero de la fantasía. Lamentablemente hay mucha gente que cree y sigue estas fábulas artificiosas. |
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