
Neil Davidson
Irse a vivir a otro país a una edad madura y luego tratar de entender su escena política, es como ponerse a ver una teleserie que ya lleva veinte capítulos. Entendimientos tácitos, la memoria colectiva de eventos que ocurrieron décadas o siglos atrás, personajes que ya salieron del escenario pero cuyos fantasmas lo siguen penando: todo eso desdibuja la lógica de los eventos y confunde al observador que no comparte esos antecedentes. Es mi caso en Chile, y no me atrevería a opinar sobre los pormenores del proceso político del país. Llama la atención, sin embargo, algo más global: en la última encuesta Latinobarómetro, menos de la mitad de los entrevistados chilenos afirmaron apoyar la democracia. Pero Chile es un país bastante bien gobernado. ¿Será un problema de expectativas exageradas? ¿O existe otro tipo de malentendido?
La visión que puede tener uno de la política va cambiando con los años. A mí como niño, me resultó sorprendente que el primer mandatario no fuera la persona mejor remunerada del país. Lo veía —sin que nadie me lo hubiera dicho— como una especie de papá mono, el jefe de la tribu. En efecto, todo niño es fascista y yo manejaba por instinto el concepto primitivo, porque innato, del Rey divino cuya autoridad, una vez establecida, se vuelve incuestionable. Cuando llegué a entender que no era así, quedé impresionado por la evolución social que había desembocado en la figura del político democrático, elegido por un tiempo determinado y con poderes acotados. Luego sobrevino la decepción al darme cuenta –en el contexto inglés– de que los grandes estadistas de la historia son muy atípicos y que en los tiempos normales la carrera política, a pesar del poder y el prestigio que ofrece, no atrae ni a visionarios ni a administradores de alto nivel. Hecho curioso pero, en una democracia, casi inevitable. Montar una campaña electoral implica secundar los prejuicios del electorado, loar a personas que difícilmente son loables y tragarse las calumnias de las revistas satíricas, todo para luego responsabilizarse de los hoyos en los caminos o la escasez de lluvia en los distritos agrícolas. ¿Quién haría eso? Ni el gran estadista ni el papá mono, sino algo más parecido a una rata de laboratorio, incentivada a subir por un alambre o tocar un timbre con la pata por el aliciente que representan los frutos insolentes o corruptos del poder.
Pero si la democracia es disfuncional, el error consiste en pensar que existe alguna alternativa. Se inventó, en el fondo, porque la autocracia era intolerable. ¿Pero la democracia no sería mejorable? ¿Si la lucha por el poder fuera más digna y menos atroz, no se presentarían candidatos de mayor nivel?
En su libro “The Summing Up”, el escritor inglés Somerset Maugham describe la recepción que tuvo, como dramaturgo exitoso, en las mansiones de los grandes en la Inglaterra de los años diez, y la cultura política que conoció ahí. Si el sufragio no era universal, ya era amplio, pero los gobernantes —una elite culta, educada para el ejercicio digno del poder— seguían gozando de cierta deferencia pública. Todo era muy civilizado. “No descubrí en los estadistas eminentes que conocí en esas casas”, escribe Maugham, “ninguna capacidad muy marcada. Llegué a la conclusión, temeraria quizás, de que no se requiere de ninguna inteligencia especial para gobernar una nación… Su mediocridad mental sigue siendo para mí una gran fuente de extrañeza”.
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Posteado por: Patricio DomÃnguez Valdés 23/06/2008 11:59 [ N° 1 ] |
Estimado Neil, ¿me podrías mandar una columna que escribiste hace un año aprox. sobre las diferencias del cine nortemanericano y el cine-arte europeo? muchas gracias |
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Posteado por: Neil Davidson 01/08/2008 12:01 [ N° 2 ] |
Estimado Patricio (escribe el autor): si me mandas un mail a davidsonneilat@gmail.com, te mando el artículo que buscas. Saludos. |
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Posteado por: Miguel Angel Fuenzalida Diaz 03/11/2008 01:09 [ N° 3 ] |
Don Neil No he podido sustraerme al impacto de la última frase de Maugham citada: Quizás un ejercicio perfeccionador de la democracia deba partir por señalar algunos de sus defectos, por ejemplo: Tratar de implementar la voluntad popular en circunstancias que, ya determinar que desea el pueblo como proyecto político es, a lo menos, ambiguo dado el comportamiento humano que es tremendamente variable, emocional, subjetivo y frecuentemente excluyente por la multiplicidad de intereses materiales, espirituales, etarios, culturales, de género, geográficos, etc. Pero al menos cabe la esperanza de lograr conocer ciertas tendencias (vía encuestas, ingeniería electoral, estudios de mercado). Observo que falta la robustez de un conjunto de ciencias (teorías de juegos, neurociencia, etc.) para consolidar una visión con mayor capacidad de diagnósticos del deseo popular. Por otra parte la constatación del carácter estocástico de las disciplinas que intervienen en el perfeccionamiento potencial de la democracia desaniman a la comunidad intelectual mejor preparada para ofrecer soluciones, en mi opinión, porque ven que una defensa científica de sus propuestas queda excluida en una comunidad que privilegia la imagen y es proclive a los caudillismos que encarnan sofismas, o sea, al bajo nivel de la discusión política. Excluyendo de los que restan como candidatos toda suerte de ingenuos movidos por la adulación o la autocomplacencia, como también a los oportunistas que tratan de redimir sentimientos culposos por su éxito material, arrogándose alguna suerte de mesianismo, todavía podremos encontrar algunos intelectuales vinculados desde jóvenes al servicio público que, al igual que el médico de cabecera, tendrán una capacidad de tomar el pulso al sentimiento colectivo. Mi apuesta para Chile es por los próximos Max Neefs. |
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