
De la generación del sesenta el primero, y de la del cincuenta el segundo, Óscar Hahn y Efraín Barquero —junto a Claudio Bertoni— surgieron como los favoritos para obtener el Premio Nacional de Literatura de este año, según la encuesta que Revista de Libros realizó hace una semana entre veintiún escritores.
Ajenos a estos sondeos de opinión y a las apuestas que ya empiezan a hacerse en el mundo literario, ambos destacan en estas entrevistas el valor de la obra literaria por sobre los premios y halagos. Ambos, además, dan prueba de ello con sus libros. Editados por Lom, en los próximos días circularán “Pena de vida”, de Hahn, y “El pan y el vino”, de Barquero. Ofrecemos, también, el anticipo de algunos de estos poemas.
Óscar Hahn: El Norte también existe
Mañana estará disponible en librerías “Pena de vida”, coincidiendo con el arribo a Chile de su autor, este poeta nacido en Iquique y que después de vivir más de tres décadas en Iowa, Estados Unidos, vuelve para quedarse.
María Teresa Cárdenas
A pocos días de cumplir 70 años —el 5 de julio—, Óscar Hahn llega a Chile por una temporada más larga y más definitiva que las habituales. Porque si bien desde que salió del país, en 1974, suele venir una o dos veces al año, ahora las condiciones son distintas. Y ha aceptado la posibilidad del retorno. Así lo reconoce mientras prepara sus maletas para tomar el avión que lo traerá a Santiago este lunes. “La Universidad de Iowa me nombró profesor emérito, lo que significa que no tengo que hacer clases regularmente, sino enseñar un curso de vez en cuando, si lo deseo, porque no es obligación. Pero sigo ligado a la universidad, incluso puedo pedir una oficina. De modo que, en efecto, es un regreso más definitivo, sin perjuicio de que de vez en cuando me dé una vueltecita por Iowa. Después de todo, mis dos hijos menores ahora son alumnos de esa universidad”.
Pero no abandonará la docencia. Ya está comprometido con la Universidad Adolfo Ibáñez para dictar un curso durante el segundo semestre.
Sin ser prolífico —el propio Neruda le recomendó en sus inicios escribir más—, Óscar Hahn ya tiene un nuevo libro, en el que, como es su costumbre, desde el título le propone diversas interpretaciones al lector. Pena de vida (Lom) reúne treinta y ocho poemas inéditos.
—Siempre ha pasado bastante tiempo entre un libro mío y el siguiente. En este caso ocurrió algo distinto. En un abrir y cerrar de ojos lo terminé en mayo de 2006. Hubo unos siete meses en los que no escribí nada, cosa que me pareció natural dentro del ritmo que siempre he tenido. Pero por ahí por enero de 2007 empezaron a surgir poemas sueltos, uno tras otro. En algún punto me di cuenta de que podía ser un libro.
—Después de esa especie de balance que significó la publicación de la antología “Sin cuenta” (Lom) y de todo tu poemario en “Obra poética” (Andrés Bello), ¿sentiste que iniciabas una nueva etapa creativa?
—Cuando estaba escribiendo los poemas de Apariciones profanas (2002) sentí que mi poesía se iba deslizando poco a poco hacia otro lado. Ahora que ya he escrito En un abrir y cerrar de ojos y Pena de vida, se me ha hecho más evidente. Es curioso, porque son mis temas de siempre, pero es como si estuvieran modulados de otra manera, por un segundo yo.
—¿Ha cambiado tu acercamiento al amor y la muerte, los dos grandes temas de tu poesía?
—Con respecto al amor, mi percepción no ha cambiado. De hecho hay poemas míos recientes que podrían estar en Mal de amor. Distinto, en cambio, es el tema de la muerte. En Arte de morir hay como una distancia o una cierta neutralidad desde la cual se habla de este tema, a pesar de que un poema dice: “Yo tuteo a la muerte”. Ahora, en cambio, la muerte no es como una segunda persona, sino que está casi superpuesta al yo del sujeto. Por eso hay más introspección, creo yo.
Hace tres años, Hahn sufrió una grave enfermedad en el ojo derecho: “Quedé con visión doble y, según el oculista, eso no tiene arreglo. Me dio, eso sí, unos anteojos que ayudan a ver mejor, pero sólo hasta cierto punto. Bajar escaleras es una verdadera pesadilla, como lo pude comprobar recién en México cuando traté de bajar de una de las pirámides y casi me voy de cabeza. En mi vida cotidiana me limita muchísimo. Ya casi no puedo leer y tiendo a andar agarrándome de cualquier cosa cuando camino. Entonces me he tenido que refugiar en el oído, en la música, en la radio, y evitar todo lo que sea visual. Por suerte el tacto lo tengo bien”.
—¿Crees que esto ha influido en que tu poesía sea más introspectiva?
—Sin duda. Porque al ver imágenes separadas de las personas o cosas, hago un esfuerzo mental por juntarlas en una sola. Si lo consigo, se anula la distancia entre las dos visiones y el yo sólo puede hablar del yo, no desde la lejanía, sino desde adentro, desde una intimidad que no está rodeada de vacío. Rimbaud decía: “Yo es otro”, pero lo que estoy diciendo es más afín al concepto de Borges “el otro, el mismo”. Eso es la introspección para mí.
Un hecho no menor para quien ha admirado y estudiado con devoción a Borges. Y, quizás por lo mismo, ha estado abierto a reconocer lo fantástico, las coincidencias, las premoniciones en sus propios poemas. Tanto así, que tiene prácticamente registrada la marca de los fantasmas. Y no porque sea el único autor que los ha incorporado en su obra, por supuesto. Ahí está la literatura universal para demostrarlo. Tampoco es que como especialista en literatura fantástica los haya estudiado de cerca. Es más que eso. A Óscar Hahn los fantasmas, o apariciones, le hablan, le dictan el primer verso, el que da origen a un poema. Y a veces toman forma, como ocurrió por primera vez en Mal de amor (1981). Ahora, en Pena de vida parece haberle hablado también el fantasma de Shakespeare: “Hay más cosas en el cielo y la tierra/ de las que sueña tu filosofía”, escribe en “Noche y niebla”: “He estado tratando de traducir Hamlet y esos versos irrumpieron en mi poema. No es que a priori haya decidido ponerlos”, explica.
¿Traducir Hamlet? “Esa obra es muy atractiva para mí, porque hay una serie de temas que de algún modo tienen que ver con mi poesía: la muerte del padre, la aparición de un fantasma, la locura, la dimensión fantástica, la meditación sobre la vida y la muerte, en fin, son cosas que siempre me han interesado y Hamlet es como una recopilación de esos temas”.
—¿Por qué el título “Pena de vida”? ¿Ves la vida como una condena?
—Estaba buscando que el lector hiciera diversas asociaciones con las palabras “pena” y “vida”. Por cierto que “pena” puede aludir a “condena”, pero también a “tristeza”. Incluso alguien lo leyó como “pena debida”. En fin, lo que sea. Yo no puedo hablar por los demás, pero en el caso mío no es una condena.
—En tu libro “En un abrir y cerrar de ojos” hay un poema a los jóvenes soldados, ahora la guerra aparece a través de la fotografía de una familia iraquí.
—La guerra es una de las formas de barbarie que todavía persisten. Siempre me ha llamado la atención que haya como un contrato social y moral en el que la pedofilia, el canibalismo o el incesto son considerados aberraciones, y, sin embargo, con respecto a la guerra, la gente actúa como si fuera lo más normal del mundo. Y hasta tratan de justificar las atrocidades diciendo: “la guerra es la guerra”. En muchos países ya hay un consenso de que la pena de muerte es inaceptable, pero la guerra sigue vivita y matando.
—También hay una feroz crítica en “Familia americana”. ¿Qué ha significado, en ese sentido, vivir en Estados Unidos?
—Comprobar lo que acabo de decir. En Estados Unidos hay un verdadero culto a las armas, a la guerra y a la violencia. Si uno revisa la historia de este país se da cuenta de que siempre han estado en guerra con alguien. Todavía no terminan sus conflictos con Afganistán y con Irak, y ya están pensando en una posible guerra con Irán.
—¿Crees que todo hombre tiene su precio, como se desprende del poema “Nunca se sabe”?
—A pesar de lo que uno ve diariamente en los noticieros, que parecen haber sido inventados para deprimir a la población, yo todavía creo en el ser humano y sé que hay gente que no se vende a ningún precio. El poema se refiere a los regímenes de terror, que son el terreno propicio para hacer brotar lo peor de los individuos.
—¿En qué momento la muerte se convirtió para ti en el “quinto elemento” de la naturaleza?
—Esta es una idea que me rondó desde muy joven, pero nunca la pude convertir en poema. Hasta que, digamos 50 años después, surgió como aparición. La tierra, el aire, el agua, el fuego son los cuatro elementos clásicos, pero hay un quinto elemento que gobierna a los otros, y ese elemento es la muerte.
—Hay en ese poema una especie de alegato contra todo lo que se dice de los muertos, pero que no los hace menos muertos. Ni las estatuas, ni la memoria. ¿Crees en la obra literaria como una forma de inmortalidad?
—Para nada. Las obras llamadas “inmortales” no le confieren inmortalidad al sujeto real que las escribe. Lo que pasa es que cuando uno termina un poema, ese poema adquiere una vida propia, aparte del creador, pero el poeta sigue siendo un mortal como los demás. Eso es una metáfora no más. Uno quisiera seguir viviendo pero de verdad, no transformado en unas palabras, sino con un cuerpo, con un alma.
—¿Crees que esta metáfora tiene que ver con la idea de que los poetas son seres especiales?
—Claro. Desgraciadamente en Chile ése es el canon que ha predominado, con poetas como Huidobro, Neruda, De Rokha; entonces, cuando yo digo que soy poeta sólo cuando estoy escribiendo y después soy una persona corriente, es visto como un escándalo.
—¿Pero hay algo que distingue al poeta?
—El poeta, o el escritor en general, no tiene que ser distraído por cosas extraliterarias, no se puede confundir la literatura con la vida social en torno a la literatura; no se puede confundir la literatura con los premios; no se puede confundir la literatura con la fama, con las apariciones en los diarios. La literatura o la poesía es lo que está en el texto y punto. Y ahí es donde yo concentro todas mis energías y donde me vuelco completamente, sin pensar en el qué dirán o en la moda o en satisfacer a alguien en particular o a un grupo determinado. Lo que yo pienso que debo hacer con mi poema, lo hago, no importa qué.
Aunque insiste en que para él lo único importante es la obra, llama la atención un dato geográfico: nunca un escritor del Norte Grande ha obtenido el Premio Nacional de Literatura. Desde 1942, cuando se entregó por primera vez, hasta su última versión, en 2006, la gran mayoría de los premiados ha sido de Valparaíso al sur.
—“He sido el rey de los ‘qué cerca estuve’/ el emperador de los ‘casi’”, escribes en “Camino de imperfección”. ¿Te sientes más cerca de obtener este año el Premio Nacional?
—El poema se refiere a los proyectos de vida que tienen las personas y que muchas veces quedan incompletos. Por ejemplo, Franz Schubert no pudo terminar la Octava Sinfonía, pero existe igual. A lo mejor la sinfonía, aparentemente inconclusa, tenía que ser así. Algo semejante me ocurrió con dos o tres poemas y con algún proyecto de vida. Los premios pertenecen a otro orden de cosas. Voy a ser postulado por la Universidad de Tarapacá. Yo nací en Iquique y viví muchos años en Arica. Parafraseando a Benedetti, uno podría decir: “El Norte también existe”.
—¿Cómo piensas organizar tu vida en adelante, ahora que estarás de vuelta en Chile?
—Aquí podría citar unos versos de Nicanor Parra: “Contesté que sí, que no tenía planes determinados,/ Contesté que no, que de ahí en adelante”.
—“El presente es el lugar donde habito/ mi casa propia”, escribes. ¿Cómo es hoy esa casa propia?
—Está un poco deteriorada y con una ventana rota, pero las columnas todavía sostienen el techo.
—Una “Estrella fugaz” o un “Niño malo”, ¿quién es Óscar Hahn a punto de cumplir sus setenta años?
—“Fugaz”, sin duda alguna. “Estrella”, para nada. “Qué será de los niños que fuimos?”, preguntaba Enrique Lihn. Yo creo que ni desaparecen ni se transforman. Siguen vivos adentro de uno. A veces reaparecen como el “niño bueno” y a veces como el “niño malo”.
Efraín Barquero: Hacerle título a efrain...
Pedro Pablo Guerrero
“Efraín Barquero es un poeta de la verdad. Su canto de hoy, matutino, se impondrá con sonora certeza. En su destino hay aguas y hojas, fulgor y amor, combate”, escribió Neruda en el prólogo de su primer libro, La piedra del pueblo (1954). De allí en adelante, premios, reconocimientos, mecenazgos, traducciones, viajes por el mundo entero y una obra que no para de crecer, cuyos últimos frutos son El poema en el poema (2006) y El pan y el vino, próximo a ser publicado. Un libro que verá la luz a mucha distancia de donde lo escribió su autor. En la otra orilla.
Barquero se aleja. Ya van más de seis años sin venir a Chile. Después de un fallido intento de regreso en 1998, volvió a partir en 2002, nuevamente a Francia, país que lo acogió en el exilio, primero en Estrasburgo y más tarde en Aix-en-Provence. Actualmente vive en Marsella. “A pesar de que soy un hombre al que le gusta la naturaleza, un hombre de la tierra, vivo en Marsella porque es una ciudad de tipo popular y en ella están mi familia, mis hijos. Siempre he sido un extranjero en Francia, pero Marsella es una ciudad cosmopolita y la más antigua del país”.
—¿Cómo es un día típico suyo?
—Me levanto muy temprano, como un campesino realmente, antes de las cinco, a las cuatro y media, y empiezo a escribir a las siete, hasta las nueve y de ahí salgo a hacer algunas compras. Mi mujer se va al mercado, hay un buen mercado felizmente. Vivimos con lo justo, pero bien.
—¿En una casa o en departamento?
—Por desgracia vivimos en un departamento, aunque está alto y se ve en la lejanía un pedacito de mar. Con eso nos contentamos. Hago largas caminatas y me encuentro con el mar, que no tiene nada que ver con el nuestro, por supuesto; el Mediterráneo es muy tranquilo, un mar no más, nada de esa maravilla, esa fuerza del océano.
—¿Cuánto influye ese entorno en su poesía más reciente?
—Mi visión interna está sometida a Chile. Ningún libro que haya escrito está fuera del ámbito de nuestro territorio. Se me viene en forma muy natural el pensamiento de Chile, siempre, siempre, aunque esté escribiendo de manera muy abstracta, viene el recuerdo del país.
—En “El pan y el vino” hay dos series de poemas que se alternan, una de ellas en letra grande, espaciada, y otra más pequeña, con los versos sin separar. ¿Son dos voces distintas las que hablan?
—Sí, ambas representan al hombre en toda su complejidad existencial, incluso metafísica. La voz en off de tipografía más pequeña, que va en un terreno apagado, es mi verdadera voz, la voz que me habla a todas horas, día y noche. Esa voz en sordina, que responde, es la aceptación del hombre y de la vida en muchos momentos, sobre todo a través del alimento.
—Hay también una idea insistente en el doble. Lo cito: “El hombre solamente se reconoce al morir/ y aun queda esa duda de haber enterrado a otro en su sitio”.
—El otro, el extraño, es un tema que trato muy a menudo, pero siempre es extraño, extraño a mí mismo, quiero decir, porque allí me veo a mí también, como a través de la ventana. Tal vez hay algo especial en el hombre. Como si antes de nacer, en el vientre materno, hubiera una elección y somos un poco culpables de ese otro que no alcanzó a nacer porque le ocupamos el lugar. Es un pensamiento que siempre me persigue, un misterio que trato de resolver en el doble. Por supuesto, es una vieja tradición literaria. Ya lo hicieron Poe, incluso Cortázar.
—En otro poema de su nuevo libro habla de un cuarto oscuro donde se guardaba la semilla y dice que ahí no entraban los hombres, sino “la sombra de ellos cuando estaban dormidos”.
—Esas son las cosas inexplicables que yo escribo, tienen alguna razón de existir, por algo las dejé, pero a mí mismo me son un poco difíciles de entender, entran en otra condición más mesurada, más respetuosa. Ese cuarto tan oscuro me perturbó mucho desde niño, nunca me atreví a entrar en él. Se escuchaba todo el tiempo el ruido que hace la cáscara al desprenderse del grano. Comparo el silencio del hombre muerto con el silencio de una planta desprendiendo su semilla, que está siempre presente en mi poesía, también en estos poemas cortos, en los que ofreces el pan y el vino a tus convidados para que su semilla nunca se pudra en la tierra.
—Nuevamente el pan, que aparece en toda su obra, desde “La piedra del pueblo” y “El pan del hombre” (1960)
—Viene de tantos lejanos y tan inolvidables recuerdos míos y de ver a mi madre haciendo el pan y después cociéndolo en el horno de barro, que también tiene un poder enorme evocativo sobre mí: nos lleva al origen nuestro, no sólo español, también indígena. Sí, pues.
—¿No cree que a través de sus libros ese pan tan material de sus primeros libros ha ido adquiriendo una condición cada vez más abstracta?
—Exacto. Aquí el pan es el hombre mismo. Y el vino sería la sangre o el poder de transformación que tenemos todos. Por eso digo en otra parte que cuando uno come solo el vino no tiene ese poder de transformarnos en algo superior.
—¿Está hablando del sentido de la eucaristía?
—Claro. Lo que yo admiro en el misterio que me habla de la eucaristía es toda esa sabiduría que usaron para establecer los elementos rituales: la mesa, el cáliz, el vino, el pan. Eso realmente siempre me ha llamado mucho la atención, me ha tocado profundamente, la belleza del ritual, la profundidad. Yo no soy católico, por supuesto, pero esa parte resume nuestra existencia con todos los elementos de la vida corriente. El pan tiene que ser compartido en una mesa. Tiene que haber siempre convivialidad, a pesar de que, en el fondo, yo mismo soy un tanto solitario, pero la vida se hace departiendo, conviviendo con los demás, no puede estar el hombre aislado de lo que les pasa a los otros o lo que está pasando en el mundo. Por eso, asimismo, yo reaccioné cuando hubo el golpe de Estado, a mi manera: con dos libros.
—Ha comentado que “El pan y el vino” tiene una relación grande con “El regreso” (1961). ¿En qué?
—En el poder del alimento. El alimento ahí es el padre. Cuando presenté ese poema en Europa produjo cierta extrañeza, veían algo caníbal en el hijo. Pero yo lo he sentido, lo he experimentado en mi propia vida: cómo uno va alimentándose de sus padres mientras va creciendo.
—¿Y de qué padres literarios se ha alimentado?
—El poder del alimento está sobre todo en De Rokha y Neruda. Mi poesía, claro, desde el punto de vista más espiritual no tiene la grandiosidad “vática” de un De Rokha ni el goce sensual de Neruda, entonces se ve como más apagada en este libro. En ella no hablo tanto de la enumeración de los platos, de lo que uno va a comer, sino del hecho de estar juntos, de compartir lo más humilde como es el pan y el vino.
—En su libro anterior, “El poema en el poema”, que es como su última Arte Poética, usted anota que “si amé la poesía es porque creí en ustedes/ porque quise hacer de lo disperso una sola unidad”. ¿Cuándo se formó ese propósito?
—Desde siempre me ha acompañado ese sentimiento de unidad, no de dispersión, no de destrucción, sino de construcción.
—¿Qué poetas le ayudaron a soldar esta idea?
—Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Serían los dos poetas que en Chile me han ayudado más. No todas las cosas de Neruda, claro. Yo estuve muy cerca de él, pero me alejé para descubrir mi personalidad y hacer algo propio, ¿no? De lo contrario, hubiera sido imposible. Él tenía una fuerza muy grande y cuando lo conocí estaba en todo su apogeo.
—¿Ha pensado que su generación, la del 50, que en narrativa está tan identificada con la ciudad, en muchos poetas tiene la mirada puesta en el campo? Pienso en usted, en Jorge Teillier y Alberto Rubio.
—Lo urbano es una cosa que a mí me parece muy menor al lado de los otros grandes temas que se despliegan en el Chile más profundo. El Chile que hay saliendo de Santiago, por ejemplo. Con Teillier hay una cercanía de la tierra, de la provincia, pero no con Lihn, que es un poeta más literario.
—¿No le parece que lo rural es hoy algo caduco, que ya no tiene la presencia que tuvo en nuestra cultura?
—No me importa para nada. Yo escribiré un libro sobre Chile, que será un Chile interior, primitivo y mítico, y no me preocupará ese desajuste, lo dejaré como un espejo para que nos miremos en el futuro.
—¿Qué valor les asigna a las herramientas de faenas campesinas que tanto aparecen en sus libros?
—Naín Nómez me preguntaba lo mismo. “A usted no lo veo muy capaz de manejar tantas herramientas”, me decía él. No realmente, pero fue la vida de mi infancia, rodeada de tanto trabajo. Las herramientas son un instrumento simbólico que viene a ser el oficio que hace al hombre. La herramienta que a mí me ha hecho es la poesía.
—¿Y la piedra de moler?
—La amo, la quiero y estará en ese libro que prometo escribir sobre Chile, aunque ya no exista ni el recuerdo de la piedra de moler. Estará donde mismo yo la vi cuando niño en Piedra Blanca, donde pasé la primera infancia con mi gente, que eran pequeños campesinos de muchas generaciones.
—¿De la misma zona?
—De ahí nos fuimos al Maule, a Constitución, pero los temas profundos vienen de Piedra Blanca, frente a Curicó y Teno.
—¿Cómo eligió su seudónimo?
—En el mismo momento en que yo tenía que firmar mi primer libro para entregarlo a imprenta recibí un telegrama de mi madre que decía que mi padre no pasaba de esa noche. No sé por qué firmé con su nombre, Efraín, que es mi segundo nombre, y vino como una inspiración el seudónimo: Barquero. Yo me llamo Sergio Efraín Barahona Jofré. Hasta ese momento nunca había pensado en un seudónimo, fue un golpe de corazón, no hubo ninguna elección previa y lenta. Esa misma tarde tuve que partir en una micro destartalada que me llevó hacia el sur para asistir a la agonía de mi padre.
—¿Barquero por el Maule o por Caronte?
—El nombre viene de los remadores del Maule, los boteros, los barqueros. Lo de Caronte ha venido después. Yo en mis años de estudiante en Constitución pasaba mucho tiempo al aire libre y veía desde el embarcadero del río Maule el cruce de los boteros de una orilla a otra. Esto se transformó con el tiempo en una forma simbólica, poética, el ir de la vida a la muerte.
—¿Qué le parece que esta elección del seudónimo, característica de los viejos poetas chilenos, hoy esté en desuso?
—No interesa ya, y está bien que así sea porque corresponde a otro tiempo. Pero entonces sí interesaba porque uno tenía que llamar la atención en un medio donde era condenable esto de escribir poesía. Imagínese, yo nací en un mundo sin libros, vine a conocerlos en el liceo, prácticamente. Cuando se elegía un seudónimo uno no pensaba en la responsabilidad que tenía por delante, eso era lo más terrible.
—Una de las etapas más importantes de su vida transcurrió junto a otro río, el Maipo, en Lo Gallardo, el fundo de Inés del Río de Balmaceda, la Momo.
—Esa señora fue realmente un mecenas para nosotros. Imagínese un mecenas en ese tiempo, que nos adoptó como hijos a mi mujer y a mí. Después tuvimos tres hijos ahí y nos proporcionaba una casita gratis. Yo no hubiera podido escribir todo lo que escribí sin su ayuda, porque mis trabajos eran discontinuos. Tengo que escribir un libro sobre ella, en primer lugar, y otro sobre el poeta Molina, que también me ayudó mucho. Era una generación bastante brillante la de Molina, Luis Oyarzún y Roberto Humeres.
—¿Cuando volvió el 98 con qué escritores dialogaba?
—Realmente ya casi no me quedaban amigos, aparte de Jaime Valdivieso, a quien conocía del taller de escritores de Concepción y después en China, y a Naín Nómez, que conocí acá.
—¿Cuál es la razón por la que regresó a Francia?
—Por razones económicas. En Francia yo hice un trabajo continuo que me permite una pensión. Estuve catorce años en la universidad. En Chile no tenía ni siquiera médico. Si no, yo me hubiera quedado. Realmente, sobre todo este último tiempo, la ausencia de Chile ya nos afecta demasiado a mi mujer y a mí. Demasiado.
—¿Está pensando en volver?
—Desde luego.
—¿Dónde le gustaría vivir?
—Tendría que ser cerca de Santiago, en Santiago mismo o en Valparaíso, donde estuve un año antes de venirme y me gustó bastante.
—¿Y no le gustaría volver a Piedra Blanca o a Lo Gallardo?
—No, ni siquiera cuando regresé quise visitar esos lugares. Algo me lo impide, ya que todo se ha transformado. Supe que la vieja casa de adobe de mis abuelos en Piedra Blanca ahora es un campo de kiwis.
—En sus viajes por China, Colombia, Rusia, Francia, ¿cuál ha sido la biblioteca que lo ha acompañado?
—Desgraciadamente libros ya casi no me quedan, porque los he perdido en tanto viaje. Cuando me fui a Chile en 1998 los dejé guardados en la cava de un hijo, vino una inundación y se perdió una maravillosa biblioteca que yo había hecho. Ahora tengo los libros esenciales: Bachelard, Rilke, Novalis y algunos poetas románticos alemanes en traducción francesa. En este mismo momento estoy leyendo un maravilloso estudio de Rilke sobre Rodin.
—¿Sabe que su nombre es uno de los que más se mencionaron para el Premio Nacional de este año, en una encuesta que hicimos hace una semana?
—¿Ah sí? No sabía nada. Qué puedo pensar. No conozco a fondo el tema. Para decir la verdad, si ese premio ha pasado por mi mente como una ayuda no ha sido la más importante, porque he basado mi destino en mi trabajo.
—¿Cuál es el reconocimiento que más le importa?
—El del público corriente, no tanto el del letrado, aunque también recibo muchos estímulos de críticos.
—¿Qué le han traducido en Francia en los últimos años?
—El regreso. También La mesa de la tierra y La compañera, pero no me gustaron las traducciones y las deseché. Eso está en discusión todavía. Tengo una hija especialista en lengua francesa, bilingüe; con ella vimos que la traducción era muy “literatosa”, no correspondía a mi manera de ser, una poesía tan simple la mía, tan directa.
—Usted ha dicho que la poesía es su herramienta. ¿Qué busca a través de ella?
—La poesía es parte de la realidad absoluta. Para mí no hay poesía sin realidad, no hay poesía sin vida. No me gusta la poesía literaria de muchos escritores, libresca. La poesía debe surgir de la vida misma. Sin vida no hay poesía y desde niño hice mía esa frase tan especial de Dostoievski, cuando dice que no hay nada más misterioso que la realidad. Yo busco el misterio. Toda mi obra es la búsqueda del misterio del hombre y del mundo. En la medida de mis fuerzas, por supuesto.
—¿En qué libro trabaja actualmente?
—Después de El pan y el vino tengo otro libro terminado que se va a publicar enseguida: Pacto de sangre. Con él inauguro un nuevo ciclo creador, muy relacionado con el mestizaje y la confrontación entre dos mujeres: la china, la india, la mujer del pueblo y la española, purísima, la castellana. Yo mismo me siento y me reconozco mestizo, como se reconocieron Neruda y la Mistral, que tenían también sangre india. Pacto de sangre contiene una serie de elementos que me van a servir para hacer un poema sobre un Chile interior, visto a través de los ojos de mi propia madre y de generaciones de campesinos que me precedieron en el tiempo. Será un libro largo, al cual le dedicaré muchos años, los últimos de mi vida, tal vez.
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Posteado por: Antonieta Rodriguez Paris 30/06/2008 17:05 [ N° 1 ] |
Pedro Pablo Guerrero, te felicto por el excelente artículo sobre Barquero,ojalá hicieras otra tan bueno sobre Delia Dominguez. Ella es la misma generación. Tan amiga de Neruda como Efrían, tan campesina y con una poesía que surge de la vida misma y tan lejana de la poesía libresca como la del poeta entrevistado. Basta recordar aquel verso de Delia Domínguez "QUIEN ES HUMILDE AQUÍ?" para darse cuenta. No es favorita pero merece el Premio Nacional de Literatura |
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Posteado por: Elgar Utreras Solano 02/07/2008 16:54 [ N° 2 ] |
Estimados amigos: Les recuerdo que en la provincia hay una voz que por cierto no hace alarde, y es una voz destacada de nuestra poesía. En estos días desde Chillán un grupo de jóvenes poetas y artistas proponen la candidatura del insigne y querido poeta Sergio Hernández Romero. Esto ha movido a la ciudad de Chillán a un nuevo fervor por la poesía. Es digno de ver como los liceos municipales y por iniciativas de los alumnos están comprometidos con estudiar y disfrutar de su obra, esto sólo por dar cuenta de una pequeña joyita. También se han sumado poetas extranjeros y nacionales. |
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Posteado por: Eduardo Llanos Melussa 10/08/2008 11:17 [ N° 3 ] |
Notable entrevista. Es de veras lamentable que Barquero no tenga más lectores, porque representa una lealtad profunda con la misión del poeta. Repito aquí lo que he dicho otras veces: no es Barquero quien necesita el Premio Nacional de Literatura (o el Premio Iberoamericano Pablo Neruda), sino que es más bien ese premio el que necesita dignificarse incluyendo a este poeta en su lista definitiva (y no en la nómina de candidatos eternos). |
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