
Beltrán Mena
Pasé la infancia en la precordillera de Santiago. Había muchos cerros y pocos vecinos, de manera que el día en que llegó un camión de mudanza a la casa del lado fue un día excitante. Era una familia poco común en esos años: un gringo llamado Pat, su mujer chilena y el hijo de ambos, que se convertiría en mi gran amigo.
Pat era un tipo tranquilo y buena persona que pasaba el día en su escritorio leyendo y escribiendo, el primer intelectual que conocí.
En una época en que todos los lápices eran iguales y nuestras opciones para pegamento eran el engrudo o la goma de pegar Canario, era una aventura esperar a que el tío Pat saliera, para colarnos en su escritorio e intrusear sus exóticos materiales importados. Scotch de varios anchos y superficies (había uno que pegaba por ambos lados), blocks de hojas amarillas, sobres manila de tamaños inusuales, chinches de colores... Lo que más me gustaba era una especie de reloj con ruedecita que se hacía rodar por el mapa y medía las distancias; conduje esa ruedecita por todo Sudamérica y fue el estímulo para recorrer esos mismos caminos a escala 1:1 en cuanto tuve la edad de hacerlo.
Entonces no me interesaba saber en qué pensaba o con qué soñaba el viejo tío Pat. Ahora lo sé. Se dedicó por años a ayudar a países latinoamericanos, consiguiendo plata en Estados Unidos y organizando programas de cooperación… hasta que un día tuvo una visión a la que dedicaría el resto de su vida.
Fue una visión verdadera, no una de esas epifanías a posteriori que inventamos para dar sentido a nuestras vidas o para atribuirnos hechos que hubiesen ocurrido igual sin nosotros. Pero lo más extraordinario de la visión del tío Pat es que le resultó.
Frustrado de ver como todos sus proyectos fracasaban y los pobres volvían a su pobreza, miró hacia atrás y descubrió que la causa de fondo era la ignorancia económica de los encargados. Durante una conversación en Santiago con el premio Nobel Theodore Schultz (¡las visitas del tío Pat!), se dió cuenta de que a Chile no le bastaba con un par de economistas ocupando cargos públicos y guiados por buenas intenciones; Chile necesitaba economistas en todas partes: en los criaderos de pollos, en las fábricas de zapatos, en los municipios…
Su plan era simple, debía conseguir que alguna universidad norteamericana aceptara estudiantes de economía chilenos; no una beca paternalista a un alumno destacado, si no muchos estudiantes, tantos como se necesitaran. Golpeó puertas sin éxito, hasta que un día nombraron decano de economía en Chicago al mismo Schulz con quien había comido en Santiago. Schulz no podía negarse y no lo hizo. En el otro extremo, fue el decano de la UC el que entendió la oportunidad. El resto de la historia de los Chicago boys es conocida, hoy ocupan más espacio del que soñó el tío Pat, pero esa es otra historia.
Un libro reciente sobre el origen de los Chicago boys no menciona a Albion W. Patterson (1905-1996). Quizá alguien recorte esta columna y ese papel amarillo que caiga silenciosamente al suelo en 50 años más sea el homenaje adecuado para este hombre tranquilo que transformó un país mandando cartas en sobres manila.
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Posteado por: Javier José Mozó Ballacey 29/06/2008 10:56 [ N° 1 ] |
No soy pariente del gringo Viejo, ni ex -alumno de la Universidad de Chicago;pero te agradezco la columna de hoy que recuerda a quien hizo mucho con poco ruido,virtud muy escasa en los tiempos actuales |
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Posteado por: javier Fuenzalida Asmussen 29/06/2008 15:36 [ N° 2 ] |
Beltrán, |
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Posteado por: javier Fuenzalida Asmussen 29/06/2008 16:02 [ N° 3 ] |
Beltrán, |
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Posteado por: Eduardo Vial Segredo 30/06/2008 10:31 [ N° 4 ] |
que bien que mena tenga un espacio mayor para sus columnas. es un agrado leerlo. incluso dota de espirutualidad a los chicago boys. los que a la hora de aplicar sus doctrinas de shock pensaban en todo menos en el espititu. |
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Posteado por: Mauricio Herrera González 03/07/2008 13:28 [ N° 5 ] |
Quién lo diría.... |
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Posteado por: Beltrán Mena Concha 04/07/2008 16:24 [ N° 6 ] |
Mauricio, |
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Posteado por: Beltrán Mena Concha 04/07/2008 16:31 [ N° 7 ] |
A Javier Fuenzalida, |
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