Opiniones
Domingo 13 de Julio de 2008
Retrato del agitador adolescente

Jorge Volpi

Ahora todos conocemos la prehistoria: cuando era joven y todavía no era Bolaño y vivía exiliado en Ciudad de México, Roberto o Robertito o Robert o Bobby participó en una pandilla o mafia o turba o banda —por más que ahora sus fanáticos y unos cuantos académicos despistados crean que fue un grupo o un movimiento literario— cuyos miembros tuvieron la ocurrencia de autodenominarse “infrarrealistas”. Una pandilla o mafia de jóvenes iracundos, de pelo muy largo e ideas muy raras, macerados en alcohol y las infaltables drogas psicodélicas de los setenta, que se dedicó a pergeñar manifiestos y poemas y aforismos y sobre todo a beber y a probar drogas y, de tarde en tarde, a sabotear las presentaciones públicas de los poetas y escritores oficiales, encabezados por ese gurú o mandarín o dueño de las letras mexicanas, el todopoderoso, omnipresente y omnisciente Octavio Paz. Luego de vagabundear por los tugurios de la colonia Juárez o de la colonia Santa María la Ribera, de echarse unos tequilitas o unos churros (de marihuana: nota para el lector), Mario Santiago y Robertito Bolaño se lanzaban a la Casa del Lago, y cuando el grandísimo e iracundo Paz o alguno de sus exquisitos seguidores se aventuraba con un poema sobre el ying y el yang o la circularidad del tiempo, irrumpían en el recinto y, sin decir agua va, lanzaban sus bombas fétidas, sus consignas, su chistes y aforismos para dejar en ridículo al susodicho o susodichos, o al menos para hacerlos trastabillar y maldecir y ponerse rojos de coraje. Estos happenings, que sólo en los sesenta podían ser vistos como modalidades extremas de la vanguardia o como guerrillas poéticas efectivas, apenas tenían relevancia y apenas algún periodicucho marxista o universitario reseñaba las fechorías cometidas por esos mechudos que atentaban, sin ton ni son, contra las glorias de la literatura nacional.

En el México de entonces bullían las imitaciones de enragés y situacionistas franceses, las imitaciones de angry young men británicos, las imitaciones de jipis gringos, y nadie se tomaba demasiado en serio sus exabruptos (excepto Paz, quien solía tomarse un té de tila cada vez que pensaba en ellos). Lo más probable es que nunca nadie hubiese vuelto a acordarse de las acciones y payasadas de los infrarrealistas —con excepción de Juan Villoro y Carmen Boullosa, sus pasmados contemporáneos—, de no ser porque veinte años más tarde, cuando Bolaño estaba a punto de convertirse en Bolaño, se le ocurrió volver la mirada hacia sus desmanes adolescentes y con esa burda argamasa construyó su primera gran novela, Los detectives salvajes, trasformando a esos jóvenes inadaptados en personajes románticos (maticemos: torpemente románticos) o al menos en algo así como héroes generacionales para los jóvenes de los noventa, tan desencantados y torpes como ellos, sólo que con menos huevos.

Tras veinte años de incubación, Bolaño desempolvó los recuerdos desvencijados de su juventud mexicana, de sus amigos malogrados, de esos poetas de pacotilla, e inventó la última épica latinoamericana del siglo XX. Los realvisceralistas que pululan en las páginas de Los detectives salvajes son unos perdedores tan patéticos como sus antepasados infrarrealistas, pero, maquillados con las ingentes dosis de literatura que Bolaño se embutió a lo largo de veinte años, encontraron una cálida acogida entre los jóvenes latinoamericanos de los noventa, para quienes se transformaron en símbolos postreros de la resistencia, la utopía, la desgracia, la injusticia y una renovada fe en el arte que entonces no abundaba en ningún otro lugar (y mucho menos en el realismo mágico de tercera y cuarta y hasta quinta generación que campeaba en todo el mundo).

Cuando Los detectives salvajes vio la luz en 1998, la literatura latinoamericana se hallaba plenamente establecida como una marca de fábrica global, un producto de exportación tan atractivo y exótico como los plátanos, los mangos o los mameyes, un decantado de sagas familiares, revueltas políticas y episodios mágicos —cosa de imitar hasta el cansancio a García Márquez—, que al fin empezaba a provocar bostezos e incluso algún gesto de fastidio en algunos lectores y en numerosos escritores. Frente a ese destilado de clichés que se vanagloriaba de retratar las contradicciones íntimas de la realidad latinoamericana, Bolaño opuso una nueva épica, o más bien la antiépica encabezada por Arturo Belano y Ulises Lima: una huida al desierto después de tantos años de selvas; la búsqueda de otro barroco tras décadas de labrar los mismos angelitos dorados; una idea de la literatura política lejos de los memorandos a favor o en contra del dictador latinoamericano de turno (bueno, reconozcamos que Fidel sobrevivió a Bolaño). No fue poca cosa. Esta novela mexicana escrita por un chileno que vivía en Cataluña fue ávidamente devorada por los menores de cuarenta, quienes no tardaron en ensalzarla como un objeto de culto, como un nuevo punto de partida, como una esperanza frente al conformismo mágicorrealista, como una fuente inagotable de ideas, como un virus que no tardó ni diez años en contagiar a miles de lectores que por fortuna no estaban vacunados contra la escéptica rebeldía de sus páginas.

Sin que Bolaño lo quisiera, o tal vez queriéndolo de una forma tan sutil que resulta incluso perversa, Los detectives salvajes ocupa entre los menores de cuarenta el lugar que para los mayores de cuarenta tuvo Rayuela. Habrá que esperar, eso sí, para saber si en cuarenta años nosotros, los ahora menores de cuarenta, volvemos a Los detectives salvajes sin sentirnos tan decepcionados como los mayores de cuarenta que han vuelto a leer Rayuela. Como dice un amigo, sólo el tiempo habrá de verificarlo.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
Jorge Camposanto Camposanto
13/07/2008 10:24
[ N° 1 ]

Interesante la conclusión de Volpi. Qué obras realmente pasaran al registro eterno. Que obras reeleremos en 30 años más. Lo de RAYUELA de Cortázar es también interesante que ya a Volpi no le llame la atención. Le llamará la atención a gente joven ahora? No veo que la citen mucho, ni menos a Garcia Marquez, ni a Skarmeta, Pero se leen los cuentos de Borges, y se sigue leyendo a Navokov el cuentista.

Posteado por:
Cristian Escobar P.
14/07/2008 16:36
[ N° 2 ]

Eso de ser agitador es un rasgo común en casi todos los genios del arte. También el buscar en lo más intimo de los recuerdos y experiencias vividas material para crear una obra. Nada nuevo.

Desde el Renacimiento el arte es un desafío a la autoridad, a las normas vigentes y las convenciones morales. No es raro que los grandes se atrevan a poner en tela de juicio la obediencia ciega a las pautas operantes. Ellos no son ciervos de su percepción, al contrario están parados en el mundo para relativizar esa percepción y criticarla.

Además un perdedor y poeta de pacotilla como Rimbaud ejerce luego una tremenda influencia. Así también con bolaño y a quines usted ha denostado. Comprendo sí que los que tiene el valor de sacar la cabeza fuera del hoyo, de cometer actos y probar cosas que le provocan miedo, no sean de su agrado. Por suerte para usted existen artistas como los Huasos Quincheros, o Danielle Steel.

Señor Volpi quien ha vivido tranquilamente sin mayores exaltaciones en su vida, quien ha preferido obedecer apaciblemente a todo desde muy joven, no entenderá nunca una literatura como la de Bolaño y similares.

Saludos,

CRISTIAN E.

Posteado por:
Veronica Poblete rodriguez
17/07/2008 07:39
[ N° 3 ]

Hay para todos los gustos,no imorta el genio o la corriente; al que le gusta leer buscara cualquier autor en l aferia de las pulgas, no necesariamente que sea contemporanio, ni importarle la vida del escritor, recordemos a Fafka y su alcholismo, heminget, Dotiw

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