
Juan Pablo Vilches
El estándar de calidad de Pixar es muy alto, porque además de la pericia técnica que imprimen en sus películas escriben sus historias con un cuidado y un ingenio que les permiten entretener y hablar en serio (y muy en serio) al mismo tiempo. Ya se trate de cierta forma de entender la paternidad o el tema de la vocación y la innovación, los tópicos serios con los que suele lidiar Pixar aparecen muy bien integrados y muy matizados en sus películas, a veces mejor incluso que sus escenas de acción. Esto, que ocurrió en Ratatouille, no sucede en Wall-E, porque las persecuciones son cabalmente funcionales con la trama, y porque cuando la película habla en serio no pretende matizar nada. Esta película es antes que nada una “crítica de costumbres”, en la tradición de Erasmo de Rotterdam y el Montesquieu de las Cartas persas, pasada por el cedazo de Chaplin, quien no escondía su desprecio por lo despreciable.
Un mundo hecho polvo
Wall-E recoge y prensa chatarra en una ciudad poblada de rascacielos de basura. De la especie humana —que creó y destruyó esa ciudad y el resto del mundo— no queda nada, salvo el propio Wall-E, quien atesora en su casa los pequeños objetos que testimonian la grandeza y la creatividad de los antiguos habitantes. Al igual que el protagonista de Inteligencia Artificial y el “villano” de Blade Runner, Wall-E piensa y siente como los humanos. De hecho, es más humano que los humanos con los que se topará luego.
Cuando la robot exploradora Eva llega a la tierra, Wall-E siente por ella algo parecido al amor y despliega la ternura y la torpeza con que Chaplin conquistaba a las heroínas de sus películas. Y al igual que Chaplin, prácticamente no habla. La ambientación, los colores y la ausencia de palabras en esta primera parte de la historia ya bastan para hablar de una obra maestra. La soledad absoluta en un mundo amarillo de polvo y viento tiene por sí sola una gran carga dramática, mientras que Wall-E está construido con un nivel de detalle —en lo físico y lo moral— que eleva como uno de los mejores personajes de este año.
La empatía con él crece aún más cuando Eva es recogida por la nave que la dejó y Wall-E decide seguirla al espacio.
Una especie en pedazos
Eva era una exploradora de una nave programada para hospedar a los humanos hasta que la Tierra volviera a ser habitable. Cuando Wall-E la sigue se encuentra con que la nave es comandada por las máquinas, mientras que los humanos son mascotas en engorda que sobrellevan la espera en el espacio sentados mirando una pantalla. Acá la cinta recorre el camino abierto por Idiocracy, una comedia de ciencia ficción que extremaba las consecuencias de la cultura del entretenimiento y la comida chatarra estadounidense, sugiriendo una degradación intelectual progresiva e irreversible de la especie. Acá en Wall-E el chiste es más cruel, pues entre los obesos sobrevivientes casi no hay personas que no sean blancas. La supervivencia y la radicalización de cierta forma del estilo de vida y consumo estadounidense requirió el exterminio de todos los demás.
Al lado de estos engendros, Wall-E y, de a poco, Eva son los únicos seres que podríamos llamar genuinamente humanos. Con esto se invierte y se extrema la pesadilla planteada por Chaplin en Tiempos modernos, en que se temía a la deshumanización de las personas a causa del trabajo mecánico con máquinas. Acá es el ocio y el entretenimiento lo que hace degenerar a la especie, al nivel que un robot es quien intentará devolverles su humanidad.
Es cierto que aquí no se ve la sutileza lograda en ciertas partes de Ratatouille, pero la película logra atemperar lo acerbo de su crítica gracias al enorme carisma de su protagonista y a la lograda emotividad de su historia. Esto lo hace sin trivializar sus ambiciones ni aminorar lo que cree que está en juego en lo que los niños ven, aprenden y comen. La magnitud de su preocupación se expresa en una secuencia de créditos finales que recomendamos ver.
EN SÍNTESIS
La novena película de los estudios Pixar entretiene y habla en serio con igual eficacia. Es impecable a nivel visual y tiene un protagonista inolvidable que prácticamente no necesita hablar. De lo mejor del año, lejos.
“Wall-E”
Dirección: Andrew Stanton
País: EE.UU.
Año: 2008
Género: Animación/
Comedia/
Ciencia Ficción
Duración: 110 minutos
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