
Ernesto Ayala
El rumano Cristian Mungiu está claramente influenciado por los hermanos Luc y Jean Pierre Darnenne, lo que en este caso es una buena noticia. El estilo de “4 meses, 3 semanas y 2 días”, ganadora de la Palma de Oro de Cannes el 2007, recuerda la cámara en mano de los directores belgas, los planos largos, la ausencia de música, la historia sin flashbacks, opaca en un principio, que poco a poco se va abriendo, despojada, realista, vívida. Estamos bajo el gran manto conceptual de Andre Bazin y su fe en un encuadre y montaje que permita que la ambigüedad de la realidad se traspase al celuloide. Mungiu, quizás, no parece tan interesado en la conciencia de sus personajes como los Darnenne, sino en la conciencia de un país, razón por la cual no pone la cámara tan cerca de su personajes y privilegia planos más abiertos, donde se incorpore la realidad de Rumania en 1987, aún bajo el régimen de Ceausescu, que es el lugar y el tiempo en que sitúa su relato.
Las pistas de Mungiu
La historia, en apariencia, es extremadamente simple: Otilia (Ana Maria Marinca), estudiante técnica, decide ayudar a su compañera de cuarto en la residencia, Gabita (Laura Vasiliu), a realizarse un aborto. Pero Gabita dice sentirse mal y Otilia es la que debe reservar la habitación en hotel y contactar al señor Bebe, hombre que hará el procedimiento, entre otras cosas. Esto comienza a entenderse poco a poco, sin embargo. Mungiu no entrega diálogos explicativos y las pistas comienzan a juntarse sólo a partir de los mismos subentendidos que corren entre los personajes. Y de un amor extremo por los detalles, que es siempre un signo de amor por lo que se está contando.
Por entonces el aborto es ilegal en Rumania, y ofrece altas penas a los involucrados. En realidad, todo en Rumania parece sometido a altas penas. Para entrar y salir de los hoteles hay que mostrar un documento; andar en bus sin boleto es un peligro; las distinciones entre conectados y no están lejos de desaparecer y sostienen la diferencia entre clases; no hay más mercado que el mercado negro; tu futuro lo determina el Estado, que al terminar de estudiar decide dónde enviarte; el dinero escasea, y mucho. El único espacio para la privacidad que se tiene son los baños, y a veces ni siquiera eso. Mungiu presenta la vieja Rumania como un mundo lleno de sometimientos incorporados, donde los ciudadanos incluso dejaron de cuestionarlos.
Es un misterio cómo la pasiva Gabita ha podido sobrevivir en este contexto. Ella es lo que en Chile llamaríamos “una sucedida”, las cosas le suceden sin que sea capaz de explicarlas. Hace todo mal y, sin embargo, logra manipular a Otilia, y uno logra intuir que es esta capacidad de manipulación lo que le ha permitido sobrevivir. La pálida Otilia, en cambio, es un auténtico héroe. Hace todo por su amiga. Es leal por encima de su propio interés y de su propio cuerpo. Sin ser bonita, carismática ni amable, resulta imposible no admirarla, compadecerla, amarla. Recuerda a esos personajes de John Ford, que buena parte de las veces encaró John Wayne, que se sometían a las peores dificultades y martirios, sin quejarse, sin pedir nada a cambio, con tanto orgullo y pudor que ocultaban cuánto habían hecho. En la Rumania de 1987, Otilia vive el infierno por Gabita, y ella ni se entera. No costaría mucho imaginarse a Ford sonriendo al terminar de la función.
Es difícil ser más elogioso que eso. El filme es uno de los mejores estrenos de este año, y una estupenda muestra de la vitalidad por la que pasa el cine rumano. En la avalancha de películas que se vienen, hay que darle una oportunidad antes de que vuele de la cartelera.
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