
Tengo un amigo muy divertido, Esteban, quien, cada vez que le hacen una pregunta que le complica, contesta con voz ronca, solemne, pero los ojos llenos de risa: “No sabemos”. La respuesta contagia hilaridad, por el contraste entre el tono campanudo y la mirada cómplice; por el plural mayestático, que colectiviza la inopia, que incluye a todos quienes escuchan, incluso a esa entelequia argumentativa del “auditorio universal”: es la humanidad toda la que desconoce; por lo cientificoide de la sentencia y lo coloquial del caso.
La profesión de ignorancia siempre me ha emocionado su poco. Desde la socrática “sólo sé que nada sé”, leída en el colegio, hasta esa primera clase de Historia de Chile, cuando entré a estudiar Periodismo: alguien le hizo una pregunta al profesor, Juan Eduardo Vargas, el tipo se la pensó y, con tono prudente de buena docencia, dijo: “No lo sé, pero podría averiguarlo”. Ese día sentí que estaba en la universidad.
Cuando el Louvre compró, en 1896, la tiara de Saitafernes, “extraída de una tumba escita”, la dio como una figura auténtica del siglo III antes de Cristo. Hubo polémica y el muy prestigioso experto Théodore Reinach redactó un informe a favor de su autenticidad, pero al final estampó esto: “En el momento actual, pienso que ningún arqueólogo tiene derecho a ser absolutamente afirmativo en cuanto a la tiara. Debe sopesar el pro y el contra, estudiar […] y esperar”. Me encantan su recato, su humildad, su declaración de que, en este caso, no puede llegar a la verdad. El objeto era completamente falso, se demostró después.
Le cuento a Esteban que estoy escribiendo sobre su frase. Me dice que se la copió a una amiga de la que ahora está distanciado; que si sale la columna, la recortará y se la enviará.
—¿En serio? —le pregunto. Achica los ojos y suelta:
—No sabemos.
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