
Hay pocas cosas más democráticas en Santiago que la estatuaria pública de años recientes. Los personajes homenajeados son maltratados por parejo, sin distinción de credo u origen. Me refiero, por supuesto, sólo al valor artístico de las obras. A quién se debiera o no erigir un monumento es otro asunto.
Las estatuas antiguas de la capital no lo hacen mucho mejor. Es cierto que hay algunas esculturas de Samuel Román o Virginio Arias de calidad, aunque ejecutadas en vena decimonónica y sin asimilar las innovaciones que ya mucho antes había adelantado Rodin. Sin embargo, en su mayoría, los memoriales de nuestros espacios cívicos caen en la grandiosidad huera; un ejemplo patente es el Monumento a los Héroes de la Concepción, cuya imagen adorna el reverso del billete de mil pesos.
Retornando al presente, ha habido en los últimos años una proliferación de esculturas en lugares públicos. Francisco Gazitúa, uno de nuestros mejores escultores, es autor de muchas de ellas. Destacan sus grandes cabezas en reposo, desplegadas en el memorial de los detenidos desaparecidos, en el Cementerio General, aunque el Muro de los Nombres de ese mismo conjunto monumental es, artísticamente, una mole inerte. Otra notable obra de Gazitúa, un barco de hierro, todo perfiles y misterio, ubicada en la vecindad del Parque Arauco, ha sido invadida por la maleza publicitaria y los estacionamientos del lugar. Urge emplazarla en otro sitio. Así como está, es una vergüenza para sus dueños.
Con todo, lo más deplorable artísticamente son los monumentos recientes de homenaje político. En la Plaza de la Constitución se buscó una solución salomónica: cada uno de los presidentes del período de aguda polarización que vivió Chile en los años sesenta y setenta, tiene su estatua. Las de Eduardo Frei Montalva y Jorge Alessandri son representaciones reticentes y sin carácter, con pálidos atisbos de modernismo. La efigie de Salvador Allende es atroz. Queriendo reproducir los lentes de gruesos marcos del mandatario, el artista traspasó la línea que separa la caracterización de la caricatura. Más que arropado con la bandera nacional, el malogrado mandatario parece estar enredado en los cortinajes de La Moneda. ¡Y qué hablar del terrible monumento al Pueblo Indígena en la Plaza de Armas! Es un injerto de elementos abstractos y figurativos en el cual la representación idealizada del mapuche (una media cabeza de rasgos estereotipados) semeja una calabaza cortada en dos por un hachazo.
El último ejemplo de monumentos políticos es el recién inaugurado memorial a Jaime Guzmán, en Vitacura. El conjunto arquitectónico y el espejo de agua son correctos, aunque, fieles al espíritu estético nacional, “juegan a la segura”. El blando conjunto escultórico principal consiste en una serie de espectrales figuras antropomórficas enlazadas para sugerir una cadena cordillerana de humanidad que avanza bajo la guía del líder político. Las bases del concurso para este proyecto establecían que se permitiría “algún grado de abstracción”. La artista ganadora supo interpretar el mensaje implícito de los mandantes: “haga como que parezca moderna, pero no se aventure mucho”. Pasan las décadas y sigue imperando en nuestro medio un criterio estético cauto hasta la fomedad.
En resumen, resolver si se debe recordar con una estatua a tal o cual personaje, grupo o colectivo, es una decisión política. Ejecutar bien lo acordado pertenece a la esfera del arte. Y sucede que últimamente, más que homenajear, los monumentos públicos aplanan. Algún día, esperemos, se hará borrón y cuenta nueva.
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Posteado por: Erasmo Ortega B. 04/08/2008 12:42 [ N° 1 ] |
La incapacidad de erigir monumentos personales es sintomática de nuestra epóca, después de todo resulta que casi no hay figuras heroicas modernas capaces de unir a nuestras sociedades. El arte más elevado es precisamente el que más busca alejarse de la representación (figurativa o abstracta) de los principios politícos imperantes. Hoy en día resulta mucho más interesante para el público la imagen de la caida de estatuas (Stalin, Hussein) que su construcción. Sospecho que es algo que se agudizara con el tiempo, sólo los artistas mediocres se prestarán para homenajear a personalidades. El verdadero arte hoy está hoy en otra parte. Una excepción que el columnista no nombra: el monumento al Gral. Schneider en Avda. Kennedy |
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Posteado por: Herman Aguirre Ayala 04/08/2008 15:46 [ N° 2 ] |
¿como que no hay figuras modernas Sr Ortega que merezcan una estatua? ¿usted conoce la Plaza de Vicuña? Me parece que hay que salir un poco de Santiago también. |
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Posteado por: Alejandro Lecaros 05/08/2008 07:52 [ N° 3 ] |
El monumento a Jaime Guzmán es muy representativo. Representa a esa eterna cadena de hombres a los que no se les conoce mujer, con su líder al frente.
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