
Juan Pablo Vilches
Algunas de las mejores películas bélicas del último tiempo (“La delgada línea roja” y “El pianista”) son lo que son porque decidieron acercarse a estos hechos de magnitud tan vasta desde la conciencia singular de un hombre, o de muchos hombres. A diferencia del universalismo de fábula de “La lista de Schindler” o de “La vida es bella”, estas películas entendieron que la situación límite que involucró a millones de personas puede decir algo de la naturaleza humana desde la particularidad de las experiencias vividas y sentidas; con el pianista encerrado en una pieza y con los soldados estadounidenses en Guandalncanal, en que viveviviendo cada uno su propia guerra. Es muy valorable que “Los falsificadores” haya tomado este camino y que haya sabido conservarlo pese a ciertos requerimientos del cine de género al que pertenece.
Criminal y artista
Sally Sorowitsch (Karl Markovics) es el mejor falsificador de dinero en el mundo, y se escuda en su necesidad de adaptación como judío a un entorno hostil para justificar la amoralidad que cree tener. Su vida licenciosa termina cuando es capturado por el comisario Friedrich Herzog (Devid Striesow) y enviado a un campo de concentración donde exhibe sus muchos recursos, entre ellos su talento como dibujante. Su doble condición de criminal y artista es apenas mencionada, pues no estaba en los planes de los realizadores meterse en el problemático tópico del arte como crimen y viceversa. Sus intenciones eran más modestas.
Sally es reclutado por el policía que lo capturó —-ahora convertido en oficial SS—- para que lidere a un equipo de artistas, artesanos y obreros judíos que deben falsificar libras y dólares para fines bélicos. Estamos en 1944. Las “lujosas” condiciones en que viven (en comparación con la realidad que ya conocen) no pueden ser disfrutadas cabalmente debido a la mala conciencia de tener que ayudar a sus verdugos a prolongar la guerra. Y también porque no todos en el equipo están de acuerdo sobre lo que es correcto en esas circunstancias.
Cada uno con su infierno
El más decidido a sabotear la fabricación de billetes es Adolf Burger (August Diehl), quien escribió el libro en el que se basa esta película. Su idealismo y su definición ideológica de izquierda lo ponen en las antípodas de un Sally, quien en algún momento debe decidir entre resistir las presiones del oficial SS o ceder ante ellas y traicionar a quienes se oponen a seguir colaborando. La elección de Sally como protagonista se debe a que es un personaje que, a diferencia de Burger, cambia; y es una virtud de esta película que su viraje se exprese en acciones lo suficientemente concretas para que lo veamos, pero sin una explicación verbal que pretenda capturar su naturaleza.
La película empieza y termina con Sally en Montecarlo, disfrutando de los dólares que logró falsificar en el largo ‘racconto’ que es el núcleo de la película. Tanto acá, en la pre-guerra, como en los campos de concentración, la cámara se mueve tan frenéticamente como la atención de Sally, y el sonido está manipulado en sintonía con su ira o su consternación. Asi, vemos lo que significó esta guerra para Sally: tener que trabajar como un artista en una “fábrica” completamente cerrada y con música fuerte, para que así él y sus compañeros no pudieran ver, oír o solidarizar con otros judíos como ellos, quienesque tuvieron la mala suerte de poseer otros talentos.
Los dilemas morales y las discusiones con Burger son importantes para efectos de la trama, y de sus resoluciones llenas de suspenso, pero la película parece querer quedarse con las huellas privadas de lo vivido. Por ello es que el encuentro de los falsificadores con los otros prisioneros, una vez que todo ha terminado, parece tan significativo: porque es el momento en que estos sobrevivientes miran y comparten las experiencias de los otros, que son parecidas y son distintas, como también lo son quienes las vivieron. También por eso es que la película empieza y termina con Sally lavando sus cicatrices en el lujo de la Costa Azul, con conductas aparentemente inexplicables que cierran con discreción un círculo vital que el espectador no comprenderá cabalmente. En parte, porque no se puede, en parte, porque la película se contentó con sugerirlo.
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