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Domingo 10 de Agosto de 2008
Solzhenitsyn, profeta y escritor

Ignacio Valente

Si tres décadas atrás me hubieran adelantado que Solzhenitsyn, ese gigante del espíritu, moriría por estas fechas subvalorado y sumido casi en el olvido, me habría costado creerlo. Solzhenitsyn: el que abrió los ojos a Occidente sobre los horrores de la Rusia soviética mientras vivía en medio de ellos, el exiliado que, ya entre nosotros, denunció la vaciedad espiritual de nuestras sociedades libres, el ensayista lúcido y valiente, el narrador de primera fila, que escribió novelas de la calidad y grandeza de “Pabellón de cancerosos”…

Es que este escritor soberano, este hombre de la denuncia profética, al final había llegado a ser una presencia incómoda a uno y otro lado del antiguo telón de acero. En Europa se estimó reaccionaria su crítica del liberalismo, y en Rusia seguía siendo un marginal. Cuando retornó a su patria “libre”, ya sin su corona de héroe, encontró menos cristianismo renaciente y más capitalismo mafioso del que hubiera querido. En los medios literarios, por último, la falta de innovación formal de su narrativa —su realismo tradicional— le quitó adhesiones, y agregó una nueva nota arcaizante a su imagen pública.
Mundo soviético y mundo occidental.

La denuncia de la asfixiante opresión del comunismo es un motivo recurrente de la obra de Solzhenitsyn, si bien opera de modo distinto en sus ensayos, cartas abiertas, discursos, etc., que en su narrativa, donde el asunto es menos temático y frontal, y más oblicuo y sutil. Hoy, ya caído el imperio soviético, y con él la filosofía marxista —que era entonces el ídolo de vastos sectores de la intelligentsia occidental—, nos resultan un tanto fuera de contexto sus afirmaciones de este tipo: “la esencia del comunismo está enteramente más allá de los límites de la comprensión humana”, en cuanto misterio del mal profundo. Pero quien así hablaba lo hacía desde el corazón de la ideología imperial, y con la voz de padecimientos inenarrables sufridos en carne propia, no desde la cátedra del académico. Europa no estaba preparada para entenderle.

Fue necesario el espantable testimonio biográfico y documental de “El archipiélago Gulag” (1973 a 1976) para sacudir la modorra de Occidente de cara a esa terrible red de campos de concentración del terror soviético. Nuestro hombre, que había sido recluido a trabajos forzados durante ocho años en 1954, escribiría que los prisioneros más valerosos e indomables de esas catacumbas ya no vuelven al mundo exterior: “jamás se les muestra nuevamente al mundo, porque contarían relatos tales que la mente humana no puede aceptar”. Dirá también sobre ese peligro mundial que amenazaba con tragarse al mundo entero: “Yo mismo fui tragado. Yo he estado dentro de la panza roja y ardiente del dragón. No fue capaz de digerirme. He venido a ustedes cual un testigo de cómo es estar dentro.”

Sin embargo, tras su llegada a Occidente —expulsado de Rusia en 1973—, su aclamación como un auténtico héroe en las universidades, en la prensa y en la opinión pública, no duró mucho tiempo, pues él no tardó en hacer pública su desilusión de nuestras democracias llenas de demagogia, del materialismo práctico de los intereses económicos, y en fin, de la tiranía de las modas, la irresponsabilidad periodística, la confusión espiritual, el reino del hedonismo y la pornografía… Esto era Occidente: allí anidaba una crisis de siglos: “Una vez que se proclamó y aceptó que por encima del hombre no hay ningún Ser Supremo, y que, por el contrario, el hombre es la gloria que corona el universo, entonces las necesidades del hombre, sus deseos —y en verdad sus debilidades— fueron considerados como los supremos imperativos del universo”.

Había un solo paso desde esta denuncia —hoy más actual que entonces— hasta una casi conspiración del silencio. En 1994 volvió a Rusia, que a partir del dolor de tantas décadas no había producido, entonces ni hoy, una forma más alta de vida, como esperaba él, sino que más bien se ha contagiado con algunas de las peores lacras de Occidente.

Su obra literaria

No se piense en absoluto que, a causa de todo lo dicho, los relatos de Solzhenitsyn, breves o largos, sean “de tesis”. En ellos no hay ningún personaje que hable con la voz o las ideas del autor. El único privilegio posible lo tiene la voz de los que sufren: es sobre todo el dolor en sus múltiples formas —y sin color ideológico— el que habla aquí.

Es cierto que la narrativa de Solzhenitsyn no incorpora ninguna experimentación formal, ni siquiera una innovación de ese tipo. El escribe como si no hubieran existido James Joyce, Virginia Wolf, William Faulkner, etc. El suyo es un sobrio realismo tradicional, por lo demás muy ruso, que a veces podemos llamar realismo poético, o moral, o ambas cosas en lograda síntesis. Pero ésta no es por fuerza una desventaja literaria. También en Occidente admiramos a autores del mismo corte tradicional, como Francois Mauriac, Evelyn Waugh, William Golding o Heinrich Boell. Este último parece ser el más semejante a él, tanto por el estilo como por el designio de entretejer los protagonismos personales con hechos históricos colectivos, alemanes en un caso, rusos en el otro. Ambos son maestros en este difícil arte, que es patente en “Pabellón de cancerosos” y temático en la vasta tetralogía titulada “La rueda roja”, su panorámica obra final de franca intención histórica. Otro gran novelista de lenguaje tradicional, y también maestro en aquel arte del entrelazamiento, es su compatriota Boris Pasternak, Premio Nobel a su vez, y autor de esa memorable novela “El doctor Zhivago”, quien parece en todos los sentidos su precedente más inmediato.

Solzhenitsyn escribió muchos cuentos cortos, de variable calidad. En castellano conocimos al menos dos recopilaciones: “Cuentos en miniatura” y “La casa de Matriona”, que plantean el conflicto entre las razones del corazón y de la conciencia personal, cargadas de un intenso valor moral, y los anónimos imperativos del sistema soviético, con su opaca inhumanidad. Para sorprender las vicisitudes de este conflicto, el Solzhenitsyn de los relatos cortos no se ha dirigido a los grandes centros urbanos del poder, sino a los rincones marginales de la provincia rusa, allí donde la tensión no excede la escala doméstica, y donde se revelan algunos motivos muy caros a nuestro autor, como la belleza de la existencia agreste y la simplicidad de las vidas mínimas, ambas consideradas como una auténtica reserva moral frente a la impersonalidad de la técnica y a los turbios mecanismos del poder político.

Es ilustrativo este comentario que cierra una de sus miniaturas, a propósito de la sensación de paz que desprenden los campos rusos: “La gente fue siempre codiciosa y a menudo mala. Pero el tañido de las campanas de las iglesias resonaba sobre campos, aldeas y bosques, e impulsaba a abandonar las pequeñas preocupaciones terrestres y a pensar un momento en la eternidad. Ese tañido, conservado hoy unicamente en melodías antiguas, levantaba a las gentes, les ayudaba a erguirse en dos pies y no caer…
en cuatro patas”.

“Pabellón de cancerosos”

Su primera novela, “Un día en la vida de Iván Denisovich” (1962), pudo ser publicada en su patria (no así las demás) sólo porque sorprendió al régimen en un breve momento de apertura. El título de la segunda, “El primer círculo” (1968), evoca decidoramente una imagen del “Infierno” de “La divina comedia”. Pero su gran novela es la que siguió, “Pabellón de cancerosos” (1968), no superada por los posteriores tomos de su tetralogía: “Agosto 1914”, “Octubre 1916”, “Marzo 1917” y “Abril 1917”, donde la historia de la época, investigada por el autor con una admirable prolijidad, inclina demasiado la balanza del relato hacia la documentación, por la cual, en todo caso, la ciencia histórica le es tributaria.

Con razón su gran novela ha dado la vuelta al mundo. Se trata literalmente de un hospital del cáncer, donde se debaten por igual enfermos, enfermeros y médicos en una remota provincia asiática de la Unión Soviética. Por cierto que el título y el medio ambiente pueden dar la impresión de algo muy sórdido, y en realidad algunas páginas hacen agobiante el encierro entre esos muros fatídicos de la enfermedad y de la muerte, donde los vivos salen sólo para revivir escenas de persecución o de presidio siberiano. Pero lo admirable de esta obra reside precisamente en que el tono global es la ternura, servida por destellos de poesía, y por cierta ingenuidad en la observación, que nos parece de una pureza muy rusa.

Aquí se movilizan las pasiones inmemoriales de la condición humana, a través de las interminables conversaciones de los enfermos. La más central de ellas gira en torno al título de un cuento de Tolstoi, que uno de los cancerosos lee y comenta a los demás: ¿Por qué viven los hombres? Que es tanto como decir: ¿cuál es la única preocupación de los hombres cuando ya todos los sentidos no últimos de la vida se han agotado? Allí se mide la impotencia del materialismo dialéctico, histórico y práctico ante el misterio de la muerte personal. El hombre comunista sólo dispone de frágiles fórmulas escolares: “¡Fuera los desvaríos idealistas!” “Estamos hechos para la felicidad.” “¡Tú formas parte del grupo!” “El hombre vive de causas comunes.” Sin duda, razona Kostoglotov, el personaje central (que no es ningún héroe); sin duda, pero eso sólo ocurre mientras uno está vivo. En suma, a lo largo de estas páginas se mide el valor último de ciertos caracteres típicos de la Rusia soviética por la manera de enfrentar la muerte próxima.

En el pabellón hay rebeldes y hay conformistas, pero unos y otros están demasiado llenos de pasión o de oprobio para que en ellos se ilumine el sentido de la existencia. Sin embargo —cosa típica en Solzhenitsyn— en medio de ellos se deslizan personajes secundarios dotados de una interna sabiduría vital, de una extraña reserva de bondad personal, o incluso del sentido cristiano de la vida, como esa pobre Estefanía “con su cómico calendario, con aquel Dios que tenía sin cesar a flor de labios, con esa sonrisa radiante que no la abandonaba en el más lúgubre de los hospitales”. En un mundo donde se aprende, antes de leer y escribir, que la religión es el opio del pueblo, del cual sólo profitan los malhechores, sucede que los únicos hombres capaces de aportar una luz a la gran pregunta son precisamente esos seres marginales ligados a la fe cristiana.

No se piense en una tesis ni en una moraleja: dijimos que no la había. Pero Alexandr Solzhenitsyn no es un escritor neutral —¿quién lo es?—, y no puede negarse que su lenta y tardía conversión (o quizá reconversión) al cristianismo vino a revelarse, en último término y retrospectivamente, como la clave de su azarosa vida y de su entera obra literaria.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
jorge tuñón silva
11/08/2008 10:27
[ N° 1 ]

Ha sido necesario que se muera Solzhenitsyn para que se divulguen sus comentarios acerca de que, "Sin el hálito de Dios, tanto el capitalismo como el socialismo son respulsivos" y que fueron acallados en occidente con la misma fuerza con los que se divulgaron sus actitudes y escritos en contra del socialismo soviético.
De la misma manera como ahora están siendo acalladas las expresiones del papa Benedicto XVI en contra del capitalismo, expresadas en su libro "Jesús de Nazaret", "págs 127 y 128, Planeta" donde señala:
"Ante el abuso del poder económico, de las crueldades del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a comprender mejor el peligro que supone la riqueza y entendemos de manera nueva lo que Jesús quería decir al prevenirnos ante ella, ante el dios Mammón que destruye al hombre, estrangulando despiadadamente con sus manos una gran parte del mundo".
Un sacerdote del prestigo de J.Miguel Ibáñez podría referirse también a estas palabras del papa, toda vez que ellas no condenan la actividad empresarial, sino la hegemonía dictatorial del capitalismo que ha terminado por elevar al lucro a la categoría de fin último.

Posteado por:
Juan Francisco Cornejo Moreno
11/08/2008 13:18
[ N° 2 ]

Exacto. El escritor Solyenitzin nunca dejó de testimoniar ni de profetizar que el sádico sistema soviético es, ni más ni menos, un subproducto de otro más perverso: el liberalismo.

Adjunto link de su discurso en Harvard:
http://www.conoze.com
/doc.php?doc=8771

A tal es el nivel de lucidez de Solyenitzin en su discurso cita al matemático ruso Igor Shafarevich, que en su libro “Socialismo” afirma irrefutablemente que a través de un análisis histórico demuestra que el cáncer socialista de cualquier vertiente, tipo o matiz conduce a la destrucción total del espíritu humano y a la nivelación de la humanidad en la muerte.

Cercenemos la libertad para buscar la ansiada “igualdad”.

Mucha falta hace en Chile que se difundan estas obras, para pena de los recalcitrantes del socialismo y el neo-liberalismo actual.

Posteado por:
Norma Parrao Arellano
23/08/2008 16:48
[ N° 3 ]

Gracias por mantener este maravilloso ensayo de Ignacio Valente en Internet. Me emociona su forma de describir la increible vida de Solzhenitsyn y que al final, después de experimentar las formas de vida en la peor etapa soviética y luego en el aparentemente atractivo sistema democrático y liberal de USA primero y ruso después, llegara al convencimiento de que el hombre solo puede ser feliz y crear sociedades superiores, si alcanza un nivel de espiritualidad y desarrolla una vida interior guiada por el espíritu cristiano.

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