Neil Davidson
Domingo 10 de Agosto de 2008
Una doble vida

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Neil Davidson

Comparto con James Bond, o con su creador Ian Fleming –ya no me acuerdo en cuál de los libros sale la observación–, cierta desconfianza hacia las personas que tienen un dominio perfecto de dos idiomas. Son como agentes dobles que se mueven con una facilidad sospechosa entre dos mundos, dejando atrás con cada trasmigración a aquellos que se habían creído sus congéneres. Es por ese motivo –entre otros, como la inercia– que abandoné un proyecto, casi diría una broma, con el cual había especulado un tiempo, el de tomar clases de elocución para poder hablar castellano sin acento inglés y de ese modo pasar por chileno. Hubiera sido tanto una especie de fraude practicado contra mis interlocutores chilenos, al atribuirme éstos toda una biografía local para luego verla desmentida, como una traición contra mis compatriotas. Como los espías, o los homosexuales inconfesos, las personas bilingües albergan un secreto cuya revelación perturba. En un leve grado, son como ese personaje recurrente en los sueños, el ser querido que se convierte en un desconocido y te mira desde una amplitud de conocimientos que deja nimia y sin significación la relación humana. Así deben mirar los muertos, y todos aquellos que saben o han visto demasiado. Y de hecho, toda diferencia entre las personas encarna un conocimiento de ese tipo y el odio hacia el otro –todo lo que llamamos paranoia, xenofobia, como también los celos– implica un rechazo racional a la muerte, a un estado donde lo que uno es no cuenta, porque se ha llegado a ser otra cosa. La diferencia, lejos de ser un elemento alegre y vitalizante, es un arma química que corroe las paredes de la personalidad, y su aceptación –la tolerancia– una especie de agonía.

Pero los abismos infranqueables para la filosofía se transitan sin mayores problemas en la vida práctica. En la bolsa de comercio, como bien dice Voltaire, el cristiano, el musulmán y el judío se entienden perfectamente, quedando reservado el nombre de “infiel” a aquél que falta en los pagos. Del mismo modo, si mis planes prosperan, ningún escrúpulo intelectual va a impedir que mis hijos gocen de las ventajas del bilingüismo más absoluto. Es tan fácil aprender un idioma cuando se escucha en casa, tan engorroso hacerlo en el colegio con libros de texto. Ellos sabrán enfrentarse al dilema existencial cuando se presente, a ocultar su vida doble bajo la máscara del provincianismo.

Otro ejemplo: el matrimonio gay. Existen buenos argumentos en su contra. En tanto institución social, el matrimonio puede entenderse en términos místicos, como el reencuentro de las dos mitades de la humanidad, el hombre y la mujer, separadas en su origen por Dios sabe qué motivo cósmico; o en términos prácticos, como mecanismo para la producción y educación de los niños. De tratarse simplemente de un compromiso entre dos individuos –que sean dos personas del mismo sexo, o un hombre y una mujer que no quieren tener hijos–, es difícil entender por qué el estado o la sociedad tendría que intervenir con reglamentos o con reconocimiento formal alguno. De hecho, el elemento que más recelo ha producido en el debate sobre el matrimonio gay –la eventual adopción de niños por las parejas homosexuales– constituiría también la mayor justificación de éste. Consideraciones válidas todas, pero hay otra que pesa más: ante la pregunta “Papá, ¿qué es un gay?”, la posibilidad de contestar simplemente: “Es un hombre que se casa con otro hombre”.

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