
A estas alturas, en el momento exacto en que “The Dark Knight” de Christopher Nolan ha reventado todas las taquillas, no está de más decir que Batman, como ícono cultural, sirve para casi cualquier cosa. Porque aquel personaje creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939 puede lucir a la vez como un ícono de la moda sadomasoquista, un party animal a go-go, un filofascista atávico y detective a veces ortodoxo. De este modo, pensar en Batman no es sólo pensar en una franquicia comercial legendaria que se arrastra desde los tiempos de los pulps, sino también en una especie de caja de resonancia de épocas tan diversas como contradictorias.
No hay un solo Batman y aquella heterodoxia de su condición de máquina pop lo vuelve atractivo e inagotable como símbolo. A diferencia de lo que piensan los fans más acérrimos, Batman es un tiovivo que lanza señales de época y nunca se detiene, una metáfora incesante que nunca llena su sentido. Cada época tiene al Batman que se merece y aparecen ahí —dependiendo de quien lo escriba, dibuje o actúe— desde sofisticados análisis de la política exterior de Ronald Reagan (Frank Miller), lecturas psicotrópicas y poesía simbolista (Grant Morrison), revisiones sobre la comedia tipo stand-up (Alan Moore), psicodélicos frescos hipters (la interpretación del delirante Adam West en la serie televisiva), iconografía gótica (Doug Moench/Kelly Jones) y ejercicios gráficos de masoquismo y conservadurismo político (Jim Starlin y su “Death in a family”).
Tal vez eso sea lo más interesante de él. Hace un buen rato, como lector, más que esa onda a lo Tim Burton y Anton Furst con todo ese asunto de la oscuridad de su alma torturada, lo que más me interesa de Batman es su condición de cáscara hueca que puede ser llenada con lo que sea. Su afectada sofisticación noir, sus inclinaciones psicóticas y su voluntad decididamente camp, lo vuelven un objeto tan múltiple como arriesgado, al punto que la semana pasada, cuando un par de amigos me arrastraron a ver la cinta de Nolan, salí del cine reafirmando aquella misma sensación: Batman —como producto de la industria— carece de una identidad fija y aquello le permite convertirse en una señal que remite sin problemas a momentos tan variados como la depresión y el New Deal de los años 30, la revolución sexual y todas las variables de la política exterior yanqui de los últimos treinta años, incluidos Bin Laden, el 11/9 y la moral neocon.
No es raro entonces que, por acá, Enrique Lihn haya sido quien mejor lo ha leído, dedicándole un libro completo. Batman en Chile, su primera novela, data de 1973 y es más una explicación de las contradicciones de aquella época que una intervención en la profundidad metafísica del personaje. Farsa delirante, el libro de Lihn lee a Batman como un mito medial que choca con una realidad que lo supera con creces: la de las tensiones entre la Unidad Popular y la conspiración de los agentes norteamericanos para derrocarla.
Por supuesto, es interesante la reedición de Batman en Chile en medio de esta fiebre desatada por el éxito de la última película del personaje. Buena coincidencia. En medio de cualquier fanatismo sobre la violencia —¿catártica?— de la película de Nolan, Lihn nos recuerda la precariedad de los signos que lo componen, la condición endeble de su heroísmo y lo ridículo de sus fetiches. En el mismo momento en que Batman explota como blockbuster, desde el reino de los muertos y los libros perdidos, Lihn lo trae de vuelta a casa como el chiste que quizás nunca pudo ser del todo, leyéndolo como una comedia deteriorada, como el disimulo de la tragedia de nuestra propia historia.
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Posteado por: Belmar Antonio Candia Contreras 27/08/2008 00:11 [ N° 1 ] |
Buenas. Yo soy estudiante de psicología y lector de comics, y veo como Batman, el personaje, avanza por distintas ideas. La pelicula me agradó bastante. Pero creo ser uno de los únicos que le gusta el traje antiguo, el plomo. Me gusta su punto de vista en que el personaje va evolucionando, para adecuarse a las ideas que quieren expresar las personas que están detrás. PD: Leí su libro, La Caja Negra, y me ha agradado bastante. ¡Grande Zorpilote! |
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