
Ernesto Ayala
Andrés Wood está demostrando un talento especial para capturar el zeitgeist, el espíritu de un tiempo, o al menos un respetable entusiasmo. Si “Historias de fútbol” (1997) y “La fiebre del loco” (2001) fueron sensibles a cómo la codicia que mueve el mercado puede fracturar las relaciones sociales, “Machuca” (2004) terminó por convertirse en una suerte de cierre simbólico de la Transición. Esta cinta consensuó una visión del golpe militar, al crear un relato común y satisfactorio para una amplia gama de chilenos, algo que no había podido realizarse en los 30 años anteriores y que nos mantenía en una discusión incesante aunque cada vez menos ardiente sobre el pasado. “La buena vida”, en tanto, recién estrenada, nace del Transantiago, de la rabia y la frustración, de la vida en departamentos chicos y oscuros, de un país que no puede hacerse cargo de las expectativas que genera para sí mismo. La película, de hecho, bordea la redundancia, la sobrecarga, en su afán por abarcar el estado de las cosas en Santiago. Al Transantiago y los departamentos asfixiantes suma celulares, créditos de consumo, intervenciones estéticas, happy hours, la construcción de un mall, hoyos en las calles, comida rápida, tacos, sida, café con piernas, alarmas de autos.
La suma y resta que la película saca de todo esto no es en absoluto optimista y convierte el título de la película en una ironía. El relato, de estructura coral, sigue a cuatro personajes: un peluquero (Roberto Farías) de cuarenta años que vive con su madre (Bélgica Castro) y sueña con comprarse un auto; un clarinetista solitario (Eduardo Paxeco), que sueña con sumarse a la orquesta filarmónica; una sicóloga (Aline Küppenheim), que sueña con volver a tener una familia, pero su ex (Alfredo Castro) prefiere la compañía de prostitutas y su hija (Manuela Martelli), la de sí misma; una mendiga (Paula Sotelo), con hijo, enferma, que trata de mantenerse con vida. Nadie es feliz ni parece camino a serlo. Cada personaje, a su manera, está encerrado en sus propias decisiones, que tienen que ver con sus anhelos, pero también con cierta incapacidad para moverse, de salir de sí, de abrirse. El ejemplo más evidente y terminal está en la mujer que mendiga, que, pese a estar enferma y tener una guagua a quien cuidar, es incapaz de aceptar ayuda. Este encierro tiene su correlato en los angostos espacios del centro de Santiago y sus galerías; en las paredes de los departamentos, que parecen constantemente venirse encima; en el angosto subterráneo donde trabaja Edmundo, el peluquero; en las aglomeraciones arriba de las nuevas micros. Si a esto sumamos una fotografía que privilegia el ocre y el azul, Santiago aparece como una ciudad fría, indiferente, que ahoga y aprisiona.
Todo lo explícita que la película es en su atmósfera e intenciones, lo es resguardada en su relato. La cinta se cuida mucho de contar y explicar más allá de lo necesario. Esto se agradece, ya la situación explicativa en una película suele terminar en diálogos forzados, cuando no insulta la inteligencia del espectador, lo que no es raro en el cine chileno. Sin embargo, La buena vida guarda a veces demasiado: más allá de que el guión lo exija, no es claro por qué la mendiga se niega a aceptar la ayuda de Teresa, la sicóloga; nunca se conocen los motivos de Mario, el clarinetista, para dejar sus estudios y su novia en Berlín; no se ve cómo es que Teresa se allana a tomar la posición de su hija (¿se allana realmente?); ¿está su ex enamorado de una prostituta o sólo le gusta el coqueteo con las chicas del oficio? Estos vacíos, en mi parecer, limitan las reverberaciones de la historia, quiebran la comprensión que buscamos de los personajes y hacen menos profundas las observaciones de la película. ¿Estamos hilando demasiado fino? ¿Son preguntas demasiado exigentes? Quizás. Uno no las hace con cualquier película. Y se suelen omitir, por carecer de sentido, en buena parte de los estrenos chilenos. Sin embargo, de todas las películas de Andrés Wood, ésta es la más compleja en su estructura, la más oscura en su mirada, la más exigente con el espectador. Posiblemente, es también la más ambiciosa. El director hace comentarios serios respecto a la sociedad en que vivimos, preguntas difíciles. Es justo preguntarle de vuelta.
En síntesis
De todas las película de Andrés Wood, “La buena vida” es la más compleja en su estructura, la más oscura en su mirada, la más exigente con el espectador.
“La buena vida”
Director: Andres Wood
Elenco: Roberto Farías, Bélgica Castro, Eduardo Paxeco y Aline Küppenheim.
País: Chile, 2008
Duración: 100 minutos
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