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Domingo 24 de Agosto de 2008
Andrzej Stasiuk: el otro corazón de Europa

Maciej Ziêtara

A principios de los años noventa, Andrzej Stasiuk irrumpió en las letras polacas con una prosa cruda, semi-autobiográfica, dotada de una frescura que sólo pueden otorgar la experiencia propia y un excelente oído del lenguaje. El libro se titulaba Muros de Hebrón y contenía relatos en primera persona que narraban el mundo carcelario y la imposibilidad de reconstruir la vida fuera de la prisión. El mismo Stasiuk pasó un año y medio en la cárcel, por haber desertado del ejército durante el régimen comunista. Junto con la recepción entusiasta de una parte de la crítica, aparecieron algunas voces escépticas, que ligaban el valor de la narrativa de Stasiuk a una biografía “genetiana” y a la fascinación por lo marginal. Hoy, con más de diez libros de narrativa, ensayo y dramaturgia, Stasiuk, nacido en 1960, es uno de los escritores más leídos dentro y fuera de Polonia. Después de la muerte de Ryszard Kapuscinski, es tal vez el escritor polaco más interesante. Su éxito nada tiene que ver con las técnicas del bestseller o con el reciclaje literario: Stasiuk extrae una oscura poesía de la periferia, de espacios marginales, sin caer en los clichés. En España es publicado por la editorial Acantilado, responsable de haber introducido al mundo hispano a otros escritores centroeuropeos, como Joseph Roth, Imre Kertész o Adám Bodor.

A finales de los años noventa, Stasiuk publicó Cómo llegué a ser escritor (Intento de una autobiografía intelectual), donde cuenta sus años de prisión y de la contracultura, así como también interminables borracheras e intentos fútiles de armar una banda punk. Con una mirada burlona, desmitifica su biografía del desertor y pacifista. En el episodio final de la “autobiografía intelectual”, el narrador sube a una grúa de la construcción del Hotel Marriott, el primer hotel occidental creado en Varsovia a finales de los años 80, y simplemente toma la decisión de escribir: “Miraba mi ciudad desde la altura y sabía que ya no podría llegar más arriba. Y entonces pensé que mejor me voy de la ciudad y me convierto por fin en un escritor. Y un mes después lo hice”. Stasiuk escogió un remoto pueblo de los Cárpatos, cerca de la frontera con Eslovaquia. Allí fundó su propia editorial, Czarne, que publica principalmente la nueva narrativa polaca y centroeuropea. Oriundo de un barrio periférico de Varsovia, encontró en esta zona una riqueza interminable para explorar su tema: la periferia, la decadencia de las viejas formas, creando una especie de antropología de las regiones conocidas como Europa Central y Oriental.

En este espacio, históricamente parte de la Galitzia y del Imperio Austro-Húngaro, nacieron sus siguientes libros —Cuentos de Galitzia, El mundo detrás de Dukla (edición en castellano: 2003) y Cuervo blanco—, centrados en el mundo provinciano de la parte más atrasada y abandonada de Polonia, de los pueblos innombrables, donde la vida tiene el mismo ritmo lento y despreocupado de una carreta de caballos —vehículo aún de amplio uso en estas tierras— y no había cambiado demasiado en el transcurso del último siglo, si se pasan por alto los meros accesorios de la modernidad. Los protagonistas de Stasiuk, algo parecidos a los anodinos personajes de Raymond Carver, asumen su pobreza, aburrimiento y falta de oportunidades como un destino natural e irremediable.

En 1999 Stasiuk publicó Nueve, una especie de novela negra, ambientada en la capital polaca de la época de la transformación de los años 90. Pawel, un neófito del libre mercado, intenta conseguir dinero para pagar una deuda. Pide ayuda a los amigos de antaño que están ahora metidos en el mundo del hampa, como traficantes o adictos a las drogas. El deambular de Pawel por el laberinto de la ciudad, una Varsovia oscura y fea, se entrelaza con las historias de otros personajes, todos sumergidos en el ambiente de una sofocante tensión. Stasiuk maneja un ritmo narrativo pausado, hipnótico, que sugiere, como en la narrativa de J.C. Onetti, una inminente catástrofe. Muestra la imagen menos amable de la transformación post-comunista, y, aunque lejos de expresar nostalgia por los “buenos viejos tiempos” del socialismo real, da a entender que la vieja época no significó una ruptura tan violenta con las formas tradicionales de la vida en la periferia de Europa.

Nueve fue publicado en inglés, alemán y español, cosechando excelentes reseñas en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. Irvine Welsh escribió en The New York Times Book Review: “Percibí el sabor de Hamsun, Sartre, Genet y Kafka en el libro de Stasiuk, una escritura hecha con el bisturí. Nueve suena como una gran obra de la literatura moderna, un retrato de la generación sin raíces de la Europa Oriental y de la ciudad resignada con el hecho de que el post-comunismo no es exactamente como se anunciaba. Indudablemente, este libro le abre a Stasiuk grandes perspectivas en América”. The Independent agregó: “Si Quentin Tarantino mutara en un escritor polaco, su obra podría parecerse a Nueve”.

Después de esta novela, Stasiuk publicó dos libros de ensayos: Camino a Babadag (2004) y Fado (2006), donde profundiza la reflexión en torno a la periferia centroeuropea y su extraña relación con el Occidente. Camino a Babadag es una mezcla de ensayo, reportaje y libro de viajes. Constituye una especie de anti-boedecker, ya que Stasiuk se concentra en los pueblos aparentemente insignificantes y anodinos. La dirección del viaje de Stasiuk es casi siempre al sur y al oriente. Su mirada nunca se dirige al occidente, al polo de la prosperidad y de la “alta cultura”, cuyo valor está puesto en tela de juicio. Stasiuk odia las capitales, asqueado por la “mala imitación del Occidente”, que están montando los habitantes de Budapest, Varsovia o Bratislava. Lo suyo, “su parte del continente”, es el espacio “entre el Mar Báltico y el Mar Negro”, cuyos habitantes viven fuera del espejismo de la modernidad, pudiendo aún conservar una relación “demasiado humana” con otras personas y con su entorno. Stasiuk crea una utopía de la periferia, de una vida desinteresada, sin demasiadas esperanzas, pero también sin excesivo temor. La vida por estos rumbos es más leve, y la muerte menos terrible:

“Es que me gusta este desorden balcánico, este quilombo húngaro, eslovaco o polaco, esta maravillosa gravitación de la materia, esta hermosa somnolencia, esta despreocupación respecto a los hechos, la borrachera consecuente desde el mediodía y las miradas nubladas que sin esfuerzo atraviesan la realidad, para abrirse sin temor a la nada. No lo puedo remediar: el corazón de mi Europa late en Sokołow Podlaski y en Huºi. No late en Viena. Quien piensa de otra forma, es simplemente un bobo. Tampoco late en Budapest. Mucho menos en Cracovia. Estos son unos intentos abortados de transplante, de lifting y de reflejo de algo que está en otra parte. Sokołow y Huºi no imitan nada. Se cumplen en su propio destino.”

Camino a Babadag puede leerse también como un “Anti-Danubio”, opuesto al concepto de Mitteleuropa, explorado magistralmente por Claudio Magris. El italiano lee el paisaje danubiano como un signo, asociándolo a una obra del arte o a una disertación científica; seguramente para Stasiuk, el ensayista italiano no vio lo esencial de “su parte del continente”, se paseó sin entender nada, como si nunca hubiera salido de su biblioteca. El polaco describe los mismos lugares que Magris, como el delta del Danubio o Rasinari, el pueblo natal de Emil Cioran, prescindiendo del bagaje de la erudición, intentando captar la sustancia en sí —“bacterias, humedad y gravitación”— para elevar esta materia amorfa a la categoría del arte. La Mitteleuropa de Magris es la civilización que emanaba de Viena, la Europa Centro-Oriental de Stasiuk es, más bien, la barbarie y el desorden, donde Viena hace tiempo dejó de ser un punto de referencia.

Tenemos que asumir lo que somos, repite Stasiuk: la periferia de Europa, con una historia inconcebible para los occidentales, constituida por los países que emergían en el mapa para ser absorbidos por los imperios —el otomano, el austrohúngaro, el ruso—. Desde esta perspectiva, el Occidente es incomprensible, poco o nada tiene en común con la periferia y nunca se preocupó por conocerla. Por tanto, la integración de “su parte del continente” con la Europa Occidental adquiere para Stasiuk rasgos caricaturescos, en el vertiginoso afán de copiar el modelo al pie de la letra. El autor de Fado lamenta las pérdidas que sufrirá la periferia, una vez que se convierta en una repetición del Occidente, ya que su destino, a la larga, no puede ser otro. En un gesto nietzscheano, invierte los valores de los dos mundos, rechazando el modelo occidental del “capitalismo tardío” y asumiendo el “atraso” y la “mugre” de la periferia como una forma de vida más sublime y válida:

“Cada vez que intento imaginarme el futuro de mi parte del continente, se me vienen a la mente las imágenes de una destrucción suave e indolora: tienen que desaparecer todos los elementos constitutivos de estas tierras. Tienen que desaparecer el bochinche, el desorden, la irresponsabilidad y la despreocupación. Es decir, tendrá que derrumbarse el mundo que construimos pacientemente, el mundo cuya existencia era nuestro mayor mérito y triunfo, porque era excepcional, irrepetible y sin prototipos. Es posible que desde la perspectiva ‘europea’, este mundo pareciera como una especie de antimundo. No obstante, lo creamos nosotros mismos y alcanzamos la perfección en el arte de vida en su realidad y decoración”.

No nos engañemos: la periferia tampoco ofrece la salvación universal o una “superioridad espiritual” ante el Occidente “materialista” y “carente de valores”. El gesto de Stasiuk es esencialmente nihilista, y frente a los dos mundos opuestos, prefiere el más familiar, más domado y seguro, el mundo de su infancia en los suburbios de Varsovia y en los pequeños pueblos donde nunca pasa nada. Por ello, el consuelo de vivir en la periferia es privado e intransferible: “El sur, el sur-oriente... Todo aquí recuerda la libertad, y la infancia. Como si regresara en el tiempo, teniendo a mi elección una infinitud de senderos”.

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