
Beltrán Mena
En lugar de tener una persona inteligente a cargo de recibir los pedidos de pizza, las empresas prefieren invertir en un software adecuado, al cual se le introduce la inteligencia necesaria (el know-how), que les permita luego contratar personal muy barato y sin entrenamiento para apretar los botones de la pantalla. Pero por bien diseñado que esté un sistema, la realidad presentará siempre situaciones no contempladas por los ingenieros.
– Pizza Tutti, habla Fredi...
– Quiero una mediana de carne con cebolla y una grande de jamón con piña.
– Un momento. ¿Su teléfono…?
Se lo damos.
– Su dirección...
Y así recorremos varias pantallas que nos obligan a desmenuzar nuestro apetito en la forma que le conviene al sistema: grosor de la masa, tamaño y una serie de parámetros. Cuando llegamos a los ingredientes, se nos antoja un cambio:
– Espera, la pizza chica la quiero de grosor mediano.
– ¿Sólo la chica?
– La chica.
– Es que no me ha dicho el segundo ingrediente.
– Después lo vemos.
– Momentito, por favor –suspira.
Se oye una señal del computador, y luego:
– Pizza Tutti, habla Fredi…
La próxima vez no será Fredi, sino Toño. Porque la persona es intercambiable. La inteligencia ha abandonado el cerebro –su ubicación tradicional– y se la ha colocado afuera, en pantallas de computador. El cerebro conserva el pequeño rol de entender el pedido del cliente (“sandwich”) y apretar el botón correspondiente (con la foto de un sandwich).
No es la única función que hemos cedido –alegremente– a algún artefacto. Para juntar a 3 amigos a un almuerzo se requieren 18 mails y –llegado el día– una serie de llamadas por celular (digamos, diez). Finalmente todo converge y nos reunimos en un lugar distinto al original, media hora después del plan y no con todos los amigos al mismo tiempo, uno llega más tarde, el otro tiene que irse antes… La planificación se ha reemplazado por una red de comunicación adaptativa que de funcionar, funciona, pero que es poco eficiente.
También el sentido del paisaje está abandonando nuestra cabeza. El GPS –militar en sus comienzos, luego deportivo– viene ahora integrado a los autos y a los celulares y nos informa con precisión dónde estamos perdidos (70º 31’ W / 34º 16’ S). Un amigo me llevó hace poco a un encuentro en Los Andes. Ingresamos las coordenadas de destino en el flamante aparato y fuimos doblando ciegamente en cada cruce hasta que llegamos, a la hora exacta en que comenzaba el seminario, a una mina de cal. “Hay que calibrarlo”, dijo.
Nuestra cabeza dejó también de orientar nuestros intereses, para confiarlos a lo que nos ofrezca el TV cable. El zapping es la esperanza de encontar, un click más allá, algo que andamos buscando pero que no podemos definir.
Cada uno de estos avances cumple una función práctica –inmediata– que garantiza su adopción. Pero sin toma de decisiones, sin anticipación, sin sentido del paisaje, sin intereses personales, lo que aparece es una nueva pregunta: ¿Cón que sorpresa nos encontraremos dentro de nuestra cabeza cuando debamos asomarnos allí porque se cortó la luz?
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Posteado por: Cesar Emilio Guajardo Vivar 27/08/2008 17:04 [ N° 1 ] |
A proposito de "personal barato" y abuso, es una verguenza que los canales de TV chilenos ocupen personas comunes, los exponen al aire, muchas veces a la verguenza y no les pagan un peso?. |
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