
Gonzalo Saavedra
El Mercedes C111 color naranja, a control remoto, marca Schuco, que me regalaron a los seis era una obra magnífica de diseño por fuera: tenía unas ruedas anchas con llantas preciosas, dos puertas que se abrían como alas y las luces delanteras salían del capó como un ser que de pronto se despierta. Era para caer en shock, de una. Jugué con él varias semanas. Pero pasada la impresión del exterior, vino la curiosidad por el interior.
Por eso, premunirse de herramientas y separar la carrocería del resto, con la emoción del que sabe que no debe, fue lo más entretenido que hice con ese juguete: de repente el prodigio mostraba sus entrañas de cablecitos e infindad de piezas movibles. El mecanismo de la dirección era increíblemente ingenioso, con un motorcito que tenía un sinfín y movía no menos de cinco engranajes a distintas velocidades, mientras las ruedas del Mercedes giraban acompasadas. Mirando, uno aprendía: se podía apreciar las buenas ideas que había detrás, las soluciones con las que habían dado los ingenieros.
Luego siguieron tocadiscos y la manera en que se las arreglaban para fueran cayendo los LP de uno en uno gracias a una pestañita retráctil en el eje; estufas y sus termostatos; lavadoras, que tenían una rueda de mando que giraba y dirigía cada una de las acciones del aparato automáticamente. Todos esos aparatos contaban sus historias ingenieriles con sólo observarlos; mostraban sus marcas de nacimiento. Mirarle el motor a una Citroneta, con todas sus piezas que construían una suerte de escultura, permitía entender mucho más de lo que hoy se entiende un auto nuevo con sus motores planos y blindados, que no están hechos para que sus dueños los vean ni los toquen: por eso ya no vienen con bolsita de herramientas.
La tecnología se ha ido haciendo más discreta, más secreta. Si hoy un niño desarma un iPod, no va a encontrar nada que se mueva; apenas un par de chips. Casi ningún rastro de su creación.
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Posteado por: Solórzano Joaquín Ginés Pruna 10/11/2008 10:37 [ N° 1 ] |
Lo que pasa es que ahora es demasiado. La especialización nos hace vulnerables. No sería de locos pensar que nos quieren meter uno de esos chips en el cerebro. Igual le dejo esta brevísima anécdota: Un día de gran sol, paseando cabizbajo y abstraido en el lenguaje interno del Mercedes C111, escuché con espanto las risas de los inmortales que, generosos, me permitieron jugar de nuevo. |
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