
Cristián Barros
El arribismo debe ser una de las grandes fuerzas civilizadoras. Es el apetito de emulación que conduce al bárbaro a adoptar y cultivar el vestido, la letra y la cocina del hombre de ciudad. Es el salto imitativo, a veces torpe o impostado, pero a la larga legitimado por el tiempo, que hace del merodeador de las selvas un ser respetable. El gran siglo del arribismo fue el mismo que vio saltar los resortes de la vieja Europa a causa de un pequeño corso: un Napoleón coronado, arrebujado de armiños, bostezando su victoria sobre mil narices empolvadas, era la mejor bofetada al almanaque de Gotha que un mortal haya jamás dado. Sobre la figura de Napoleón fueron delineadas las fortunas de Heathcliff o Julien Sorel, héroes románticos por antonomasia. Para combatirlos, para ponerlos en su sitio, se acuñó la noción de esnob, dirigida sobre todo al arribista cultural, el autodidacto que venía a disputarles la sopa a los eruditos de palacio y otras aves de cuenta. El castigo a estos homines novi era difuso, una sanción coral, murmurada entre pares y pasada de boca en boca como una moneda secreta, destinada a socavar el honor del recién llegado, cuando no a estallarle derechamente en el rostro.
En las metrópolis de la Belle Époque el bicho raro, sospechoso de haberse enriquecido con un golpe de suerte, era precisamente el nuevo rico sudamericano, el rastacuero, cuya programa de ascenso involucraba el consumo ostentoso de bibelots, plagios de maestros venecianos y varios hectolitros de champaña. Que se sepa, el deambular de los chilenos entre la auténtica nobleza ha sido penoso, marginal y despechado. Memorable fue la vez cuando una comitiva de zapallarinos pagó una visita al príncipe Fernando de Baviera, el que había desembarcado por error en el balneario chileno. Persuadidos de retribuir cortésmente a la anterior visita de Fernando, con quien presumían unirles una estrecha simpatía, recibieron la triste noticia de que no serían recibidos, pues de ellos nadie se acordaba.
Pero el desquite comienza en casa. Se hinca el diente contra un individuo afantasmado, lábil y obediente, que tan sólo desea parecerse a los decanos de la tribu, los “pijes”. Este hombre es el siútico, que viene a ser algo así como un esnob al cuadrado, el imitador de un imitador, el títere de otro títere. El lugar del siútico es oblicuo. Entre el pije y el roto brutal y alcoholizado existe una esfera de solidaridades ligadas a la vida campestre; hay una prehistoria común; ambos cohabitan en la dialéctica del amo y el esclavo; son patriarcales, espontáneos y territoriales: de ahí el híbrido saludable que constituye el “pije arrotado”. Por oposición, el siútico es un engendro de la provincia y los extramuros, a veces el nieto de un inmigrante; para Miguel Serrano, por ejemplo, la república de caballeros se acabaría con Alessandri, ese “siciliano” con sangre de saltimbanqui.
El siútico es el escalador que lleva su libreto con corrección excesiva, que enfatiza rasgos que en el pije son naturales, sobrios, elásticos. El pije tiene una relación flexible con el poder secular y el religioso, puede hallarse en bancarrota, ser divorciado, homosexual o decididamente progresista, pero éstas son máculas menores, licencias que el siútico no podría tomarse mientras libre su carrera por la consagración. Así, el pije comunista es perfectamente potable, chic incluso. En verdad, el pije y el roto son estratos geológicos estables, seguros, largamente decantados; el siútico es magmático, eruptivo: se estrena en sociedad como por fórceps, reta a la empleada, es ultramontano y racista, le gusta San Expedito, el vals de la novia y la servidumbre con cofia, cambia de auto y, si puede, tiene helicóptero. Por cierto, el pije puede hacer lo mismo, pero él persiste en el estado de inocencia, blindado tras el buen apellido, el tatarabuelo prócer y los parentescos coloniales.
Oído desde siempre, ejercido como un fuero por las familias bien, popularizado enseguida como un sambenito que los segundones sociales emplean con sádico empacho, el mote de “siútico” es la marca de Caín que llevan muchos chilenos. En este sentido, el último libro de Contardo es felizmente iluminador, una genial biopsia practicada a un cáncer que se ha hecho una enfermedad venerable, algo parecido a la gota de los señores antiguos, y que continúa siendo la contraseña de la ley del gallinero. Aun más: Siútico es un texto condenado a volverse canónico para la crónica periodística futura, escrito con una prosa tersa, elocuente y alegremente cínica. Su autor es un maestro en el género, y ha logrado sacar el esqueleto del armario sin hacer más alboroto que el necesario.
Siútico
Óscar Contardo
Vergara, Santiago, 2008,
307 páginas, $12.350
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