
Quién es mejor: ¿Neruda o Mistral? El que gane el rating, me imagino. Los que están haciendo el programa “Grandes chilenos” deberían leer a Washington Cucurto para sacarse tanta azúcar histórica del cuerpo: nada más sano que machacar la imagen de un padre de la patria. En 1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros, Cucurto hace que el general José de San Martín baile música tropical, se acueste indistintamente con hombres y mujeres, desvirgue a su propia hija y libere a Argentina de la colonia española gracias a un ejército de esclavos africanos que se mueve al ritmo de la bailanta. Con todo eso, Cucurto explota la parodia de la historia argentina volviéndola tropical e inverosímil, al modo de una cinta porno que ofrece como centro la propia ridiculez, una especie de perplejidad hipersexualizada que él mismo denominó alguna vez como “realismo atolondrado”. Pero 1810 hace algo más: se exhibe como la última versión de la novela histórica, pero esta vez en modo de farsa absoluta. Porque Cucurto está lleno de astucia literaria. Usa casi todos los métodos del Piglia de Respiración artificial (el juego de los documentos hallados, las genealogías rotas, las dudas del narrador sobre los límites entre el heroísmo y la traición) al modo de una picaresca. “¡La historia la puede escribir cualquiera!”, expresa el narrador del libro que, mientras relata batallas y cabildos, se mofa de sus editores, encuentra pruebas de su relación familiar con San Martín, y teoriza sobre cómo la historiografía construye la identidad. De este modo, Cucurto factura una versión sexplotation (¿o blackplotaition? ¿o sudaxplotaition?) de aquella teoría completa de la novela histórica que se viene estrujando desde hace años como manual de cortapalos académico. No en vano, 1810 cumple al dedillo con todas esas características —o normas posibles para el género— que Fernando Aínsa fijó alguna vez en 1991; pero también las inhabilita. En cierto sentido, Cucurto ha escrito la clase de novela que Abel Posse proyectaba con obras como Los perros del paraíso (1987), pero que no pudo concretar por pudor o buen gusto. Eso, a Cucurto no le importa. 1810 es insolente, refrescante y se burla de toda tradición o solemnidad. Dice el narrador: “¿Quién me va a discutir? Un maestrito rural que leyó la biografía de San Martín escrita por Mitre, otro fiasco”.
Todo lo anterior es verdadero y corrosivo. Jugando con su propio prestigio en el underground argentino, Cucurto se burla de sí mismo y cómo se reescribe o inventa el pasado. Gracias a eso, 1810 también ironiza sobre la misma idea de lo marginal, mientras baila alegremente alrededor de los huesos de cualquier pompa. Para Cucurto, los mitos nacionales son leídos como una fiesta perpetua, con la cumbia sugerida como la forma final de épica. Por supuesto, eso está en otros libros de Cucurto (Cosa de negros, El curandero del amor), que trabajan la escritura de una lengua tan falsa como viva, capaz de reflejar la cacofonía de las tradiciones contrapuestas de lo argentino y lo latinoamericano. Pero acá la apuesta es más alta y su lectura sirve como un alivio para zafar de tanto cronista chanta preocupado de relatar la cantidad de cervezas que se tomó el fin de semana en calle Lastarria. En un mundo donde la proximidad del Bicentenario nos está irradiando de un oportuno patriotismo televisivo y de un chauvinismo manufacturado con la cultura del yo literario, esta liberación mítica de la Argentina se presenta como una bailanta desquiciada, atosigada por una mezcla de insolencia y arbitrariedad, de anacronismo e incorrección política, al modo de una mitología desmembrada por las nuevas ceremonias del presente, todas divertidas, insolentes y calenturientas.
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Posteado por: Eugenio Suez Hauenstein 05/09/2008 04:09 [ N° 1 ] |
Por que el FARSANTE FRAUDULENTO , del director de TVN. Muestra los decadentes y vergonzosas opiniones aqui en USA... Otra muestra de Marxismo Barato.... |
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