
Christian Ramírez
Hace algunas semanas, el Times de Londres publicó una encuesta con los peores finales de la historia del cine, el típico listado que busca generar polémica incluyendo títulos clásicos para que los lectores expresen su desacuerdo. Arrojados al fuego fueron 2001, El padrino y otros varios, pero nada me molestó más que la mención de El gran dictador. ¿A cuál final se referían: al discurso humanista de Chaplin o a la onírica escena siguiente, con que el actor disuelve y remata el filme? ¿Esta gente había visto la película?
Después se me ocurrió que en realidad la culpa puede ser colectiva y que, salvo por el bastón, el sombrero y el bigote -es decir, la máscara del actor, el arquetipo- poco nos queda del verdadero Chaplin en nuestro imaginario. De modo que enfrentarse hoy a sus cintas, a decenas de años de distancia, equivale a redescubrir territorio que se suponía conocido. Ello es evidente cuando se mira La quimera del oro, El circo o Luces de la ciudad en sus flamantes ediciones en DVD, remasterizadas y con su velocidad corregida (en estas copias la gente no ’corre’, como en las antiguas ediciones televisadas o en VHS): la perfección digital de seguro ayuda a hacerlas más cercanas al ojo moderno, pero no explica su increíble capacidad para captar las emociones y su sentido de lo humano; no consigue dar cuenta cabal del control y sutileza que uno va absorbiendo de las imágenes, ni menos de su energía e inmediatez.
Chaplin es un maestro del plano secuencia, del montaje paralelo, del punto de vista, y -sin embargo- ninguna de esas características es aparente en sus clásicos; tal vez porque, cuando se sintió con la autoridad para emprenderlos (después de 1922), ya había conseguido la ansiada unidad entre forma y contenido que sus alumnos más aventajados -John Ford y Howard Hawks, entre otros- demoraron años en dominar.
Por lo mismo, quien quiera observar en todo su esplendor a Charlie ’el director’ no debería zambullirse en la invisible y misteriosa perfección de Candilejas. Donde tiene que buscar es en los cortos, esos que el realizador y su equipo creaban a toda velocidad, en parte por la necesidad de cumplir un contrato y en parte arrastrados por el vértigo de narrar y filmar. Quizás los más hermosos son los que Chaplin produjo en 1916 para la Mutual Company junto a los notables Edna Purviance, Albert Austin y Henry Bergman (quien oficiaba como un virtual asistente de director). Estos 16 filmes, que incluyen imperdibles como El inmigrante, El aventurero y La calle de la paz, son vivo testimonio de nuestra eterna obsesión por la miseria y el progreso, pero también una evidente ventana que Chaplin usa para darse la mano con la modernidad y el frenesí, y de paso lucir más contemporáneo, brutal y vivaz que todos quienes han habitado jamás una pantalla.
“Chaplin Mutual Comedies”Dirección: Charles Chaplin.
País: USA, 1916
Caja de 4 DVD Zona 1.
|
Posteado por: Marcelo Munch Puente 07/09/2008 13:29 [ N° 1 ] |
Creo que es la primera vez que leo una columna de esta envergadura. Señor Ramírez, simplemente su texto es brillante. En referencia el genio Chaplin, usted ha expuesto una textura que no pocos saboreamos en secreto. |
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |