Reportaje
Domingo 07 de Septiembre de 2008
Martín Cerda: un autor a la intemperie

Pedro Pablo Guerrero

En vida, Martín Cerda (1930-1991) publicó solamente dos libros, La palabra quebrada (1982) y Escritorio (1987), pero dejó cientos de artículos dispersos en diarios y revistas. Después de su muerte, Alfonso Calderón los ha reunido, junto a Pedro Pablo Zegers, en dos volúmenes editados por la Biblioteca Nacional: Ideas sobre el ensayo (1993) y Palabras sobre palabras (1997). En los próximos días, con Ediciones UDP, Calderón publicará una tercera recopilación: Escombros.

“Él tenía un libro que iba a llamar así, no era necesariamente éste, pero el título era perfecto porque es una muestra de pesimismo radical. Martín me decía el título en francés, Épaves, como la novela de Julien Green. La idea de despojos, desechos, restos de un naufragio. Él pretendía recopilar sus crónicas, pero les iba a dar una ordenación interna cruzando información de una con otra. El mismo trabajo de cortar y pegar que hizo en Escritorio”.

Las ruinas fueron para Martín Cerda algo más que una idea tomada de Walter Benjamin, Hegel y Volney. En su viaje a Europa de 1951, lo marcó para siempre su paso por Berlín, todavía un escenario de escombros tiznados. En carta a Calderón le dice que la generación a la que pertenecen, la del 50, debe escribir a partir de las ruinas, examinar desde allí su condición histórica en el mundo.

“Soy un anarquista intransigente”

Siguió luego a París, la Meca del existencialismo y las nuevas ideas. Estudió filosofía en La Sorbonne con Merleau-Ponty, conversó con Lucien Goldmann y leyó a Jean Hyppolite, Roland Barthes, Gaston Bachelard y Roger Nimier, quien lo hizo descubrir el pensamiento de Pierre Drieu La Rochelle. La figura malograda del colaboracionista nazi se convirtió para Martín Cerda en una obsesión. Sobre él vuelve una y otra vez en sus ensayos, a la vez que profundiza su interés en el suicidio, presente ya en sus tempranas lecturas de Camus. La hebra lo lleva a otros escritores suicidas: Pavese, Esenin, Crevel, Klaus Mann… Durante años trabajó en un libro sobre ellos, “La fascinación de la muerte”, que tuvo la intención de publicar en Anagrama, aunque no alcanzó a enviar el manuscrito.

De regreso en Chile, intentó por todos los medios dar a conocer a los pensadores que lo habían formado. Propuso traducciones y ensayos, pero se encontró con la indiferencia de las editoriales. Le quedaba solamente la tribuna periodística. Colaboró en La Gaceta, Los Tiempos, Ercilla, Las Últimas Noticias y, sobre todo, en PEC, donde le abrió las puertas el ex comunista Marcos Chamudes, lo que le atrajo suspicacias de la izquierda y lo llevó más de una vez a la trinchera. El trotskista Marcelo Segall polemizó con él. En el otro frente, debatió por esos mismos años con el nacionalista Sergio Miranda Carrington, un ex compañero de la Escuela de Derecho con el que alguna vez había compartido el ideario liberal.

“Yo soy básicamente un anarquista intransigente“, declaró Martín Cerda cuatro años antes de morir. No sabía pedir puestos ni favores. Era demasiado modesto, coinciden en señalar quienes lo trataron. Luis Sánchez Latorre, Filebo, destacó su falta de hedonismo y lo llamó “un desterrado dentro de su patria”.

“Era un escritor a la intemperie —afirma Alfonso Calderón—. Vivía a salto de mata, juntando dinero a partir de colaboraciones a veces mal pagadas. Y como era un caballero, no era capaz de insistir en que le dieran lo que merecía. Tenía un gesto de dejadez frente a eso”.

Formado cuando joven en esa “cátedra abierta” que era la tertulia del café Mozart, de calle Phillips, a la que asistían los próceres de la generación del 38 —Mariano Latorre, Luis Durand, Ricardo Latcham y Juan Uribe Echevarría—, un treintañero Martín Cerda reprodujo estas formas de sociabilidad desinteresada a mediados de los sesenta. Se reunía en los cafés Santos y Do Brasil con Braulio Arenas, el Chico Molina, Jorge Onfray y el poeta y traductor Helio Rodríguez. Un sobrino de éste, Jaime Mendoza, recuerda a Martín Cerda como un “francófilo en el mejor de los términos”, un gran conversador que, además de promover la literatura gala, trataba de contagiar el gusto por autores como Lukács, Benjamin y Adorno.

Filebo no dudó en escribir: “Martín Cerda fue el más entusiasta y riguroso difusor del moderno ensayo europeo en Chile”. Según Wilfredo Mayorga, “como Oscar Wilde, nuestro Martín Cerda puso su inteligencia en la conversación, en la charla de amigos… con las características del intelectual chileno: talentoso, indeciso y abúlico”.

Casado con María Teresa Armas y padre de cuatro hijos, para conseguir dinero pasaba largas temporadas en Venezuela, país que vivía un buen momento económico y en el que trabó amistad con el crítico Guillermo Sucre. En Caracas realizaba traducciones para Editorial Monte Ávila, donde hizo publicar a otro outsider chileno: Rosamel del Valle. Además, Cerda escribía artículos para El Nacional, en varios casos más extensos y meditados que los que publicaba en Chile. Alfonso Calderón anuncia, entusiasmado, que éstos se publicarán el próximo año por Ediciones UDP.

Al regreso de su última estadía en Venezuela, el año 1977, Martín Cerda fue invitado por Arturo Fontaine a escribir columnas en El Mercurio. Las colaboraciones de ese periodo, también recopiladas por Alfonso Calderón, serán materia de otro libro en el mismo sello.

Por esos años, Cerda hace trabajos para Editorial Universitaria, dirige la revista Huelén, organiza talleres literarios (que no siempre le pagan), y cursos de crítica y ensayo en la Universidad Católica. Promotor de las nuevas generaciones, en 1974 prologa El picadero, de Adolfo Couve, y a mediados de los ochenta presenta la biografía de Agata Gligo sobre María Luisa Bombal y una antología de cuentos de Poli Délano, Jaime Hagel y Fernando Jerez, y de jóvenes promesas como Carlos Iturra, Antonio Ostornol, Eduardo Llanos y Gonzalo Contreras.

Su libro La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo gana en 1981 los Juegos Literarios Gabriela Mistral. Lo publica al año siguiente Ediciones Universitarias de Valparaíso y obtiene el Premio de la Academia de la Lengua. En 2005, Tajamar lo reedita junto a Escritorio (1987), con prólogo de Martín Hopenhayn.

Conciliador presidente de la SECh

En 1984, Martín Cerda asume la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, que dirige por dos periodos consecutivos. En una entrevista a Hernán Miranda, declara que le gustaría ver en la SECh a Braulio Arenas, Fernando Emmerich y Enrique Campos Menéndez. “Tenemos que reconciliar, al nivel nuestro, a la vida chilena, porque lo demás es guerra civil”, afirma. Llama a otorgar el Premio Nacional, “antes de que aparezcan otros nombres”, a Braulio Arenas, Gonzalo Rojas, Eduardo Anguita, Miguel Serrano y José Donoso (por quien vota en 1986, infructuosamente). En 1985 debe viajar a Chiloé para gestionar la libertad de este último, detenido por participar en un acto de apoyo a profesores exonerados. En Concepción, anuncia un proyecto de la SECh para declarar provincias bilingües. “El indígena no puede pensarse a sí mismo en una lengua que no es la suya”, declara.

Gana en 1990 la beca de la Fundación Andes. Elige como residencia la Universidad de Magallanes. Se traslada a Punta Arenas en marzo. Proyecta escribir el ensayo “El viaje austral. Tres navegantes del Pacífico en el siglo XVIII: Bouganville, Cook y La Pérouse”. En agosto, un incendio destruye la biblioteca de Martín Cerda. Pierde más de 600 libros y los inéditos de “La fascinación de la muerte“, “Montaigne y el Nuevo Mundo“, y “El baile de máscaras“, una especie de diario personal.

Angelina Silva, la experta en lengua y literatura rusa con la que vivió durante sus últimos nueve años de vida, recuerda: “Martín nunca volvió a ser el mismo después del incendio. Prácticamente dejó de escribir, peleó cuanto pudo para recibir una compensación y recuperar parte de su biblioteca, pero los seguros no cubrían nada de eso”.

La conmoción le produjo al escritor —quien tomaba tres litros de café al día y fumaba igual cantidad de cajetillas de cigarrillos— un infarto cardiaco a fines de diciembre. Fue operado en marzo de 1991, pero durante la intervención se produjo una serie de infartos cerebrales.

Su salud se deterioró rápidamente. Se hicieron colectas para costear los tratamientos, incluso viajó a Cuba, pero nada impidió su muerte, el 12 de agosto de 1991. No quería discursos, solamente la música de “Yesterday” y la Novena Sinfonía de Beethoven. Tampoco pedía una tumba, sino ser incinerado y que sus cenizas fueran esparcidas en Chiloé (aunque había nacido en Antofagasta). Pero Finalmente lo enterraron en el Cementerio General y varios escritores se tomaron la palabra. Estaban todos, hizo notar Filebo.

Martín Cerda recién empieza a ser reconocido y aún queda material por sacar a la luz.

“No todos sus inéditos se quemaron —advierte Angelina Silva—, hay fragmentos de manuscritos que he ido recomponiendo. Nunca se ha acercado nadie a preguntarme por ellos. Quizás algún día los entregue para su publicación. La editorial se encargará de conseguir las autorizaciones de sus hijos. Los derechos no me interesan para nada, lo que me interesa es el derecho de Martín a estar en la literatura de este país”.

En el epílogo de La palabra quebrada, Martín Cerda afirma que el ensayista “es un hombre a la intemperie, perdido entre los escombros de un mundo histórico y los restos de una visión arrogante de sí mismo”. Retoma esta idea en “Mishima: el samurái imposible” (1988): “El escritor se encuentra en verdad, a la intemperie, expuesto no sólo a los peores apremios externos, sino, asimismo, a los más violentos asaltos de la angustia y el miedo ante lo que ofrece la vida”.

Y si alguien espera de Martín Cerda algo parecido a un testamento, puede conformarse con esto: “No se escribe, como algunos imaginan, para ‘eternizarse’, sino más bien para aguantarse en la vida”.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Antonieta Rodriguez Paris
08/09/2008 20:10
[ N° 1 ]

Pedro Pablo, conocí a Martín Cerda, en una actividad cultural en Osorno, mientras él era presidente de la SECH y tuve el gusto de compatir una cena y una agradable e inolvidable conversación sobre literatura,estaba también el pintor Sergio Montecinos y ambos recordaban exquisitas anécdotas. Marín Cerda era como tú lo describes.Se le notaba la sabiduría, la inteligencia y la modestia. Tengo un libro autografiado por él "Nueve cuentistas chilenos"E. Universitaria 1985, donde aparece como prólogo "Ese insensato juego de
escribir", después leí "Escritorio". Un extraordinario libro de ensayos. Excelente tu artículo.Felicitaciones.
(PD. No encontré el libro Virilidad de Cyntia Ozick en las librerías de aquí,pero lo seguiré buscando)

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