
Beltrán Mena
No siempre se tiene la suerte de contar con un buen enemigo, con un enemigo único y de buen tamaño que explique nuestros fracasos.
Veamos, por ejemplo, lo que ocurre en la sala de espera de un aeropuerto, donde un vuelo se atrasa. No despeguemos la vista del tipo más compuesto del grupo, un señor gordo y bien lavado, impecablemente vestido. A él no le molesta el atraso, se ha acostumbrado a ellos en sus múltiples viajes. Intenta comunicar esto a sus vecinos mostrándose despreocupado y despliega un diario. Entonces se desencadena una serie de pequeños eventos. El tipo se levanta al baño y al regresar tiene una incómoda mancha en el pantalón que intenta cubrir con el diario mal doblado. La situación lo obliga a sentarse con las piernas cruzadas. No es su mejor posición, dada su gordura, y su camisa comienza a salirse del cinturón. Torpes esfuerzos por volver a meterla en su lugar sólo consiguen arrugarla y volverla impresentable. La solución sería abrirse los pantalones y colocar todo en su sitio —reembalar—, pero eso no es posible. La culpa de todo la tiene la maldita línea aérea. Se dirige indignado al mesón, tal vez no sepan quién es él, pero llegó el momento de actuar. Luego de una gestión inefectiva, debe volver a su lugar. Sólo consiguió enojarse, gritar y atraer la atención de todo el mundo. La escena lo acaloró y ahora transpira, se ve obligado a aflojar la corbata… Lo hace mal, el nudo se aprieta y queda reducido a dimensiones ridículas, más vale que se la saque antes de estropear la seda, no puede llegar así a Nueva York. La enrolla con cierto cuidado y la guarda en el bolsillo de la chaqueta, donde forma un bulto muy poco elegante. Debe verse ridículo sin corbata, supone, más vale que se desabotone el cuello de la camisa y lucir casual. Pero un botón no es suficiente y se desabotona el siguiente. Se asoman del pecho sus pelos canosos y siente que todos lo miran, más vale levantarse a comprar algo. Un café, eso es lo que necesita. Regresa con un vasito de express, varias bolsitas de azúcar, un palito para revolver y servilletas. No es una operación fácil, considerando el maletín y el diario. En el intento de botar las bolsitas vacías al papelero, ocurre lo que temía y el café se vuelca. Afortunadamente es ágil y evita una catástrofe, pero igual termina con una gran mancha ardiente en la rodilla derecha. El aire se impregna de café. La señora del lado le sonríe comprensiva, pero se cambia de lugar. El hombre hierve de rabia y se refugia en el baño. Moja la región afectada e intenta secarla con toalla nova, pero sólo consigue cubrir el pantalón con pelusitas de papel. El ser humano que sale del baño es una copia triste del gerente que hizo su ingreso a la sala de espera hace una hora: es un bulto de carne, hediondo, feo, mojado y sin dignidad, colorado y arrugado, que resopla en su puesto, esperando una mano compasiva que lo conduzca a su asiento en el avión cuando todo esté dispuesto. Un resto de hombre, y nadie lo tocó…
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Posteado por: ricardo gazitua 07/09/2008 11:38 [ N° 1 ] |
Simpático el artículo. Felicitaciones. |
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Posteado por: Enrique Crespo 12/09/2008 09:25 [ N° 2 ] |
Al final es lo que somos: Un producto de la suma de nuestras desiciones y sus consecuencias. Podemos aparentar y fingir ser alguien pero el fragor del juego se encargará de mostrar de que estamos hechos. |
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Posteado por: Carlos Eduardo Benaprés Ríos 09/10/2008 09:08 [ N° 3 ] |
Esta me gusta mucho, encuentro que estamos inmersos en una sociedad que vive en las apariencias desde el cabecilla hasta los mas subordinados, y esto representa a la gran mayoría de la sociedad a través del símbolo del "señor gordo"; aparentamos y lo disfrutamos, porque el resto lo disfruta (si para eso aparentamos), pero al final somo lo que somos, y no hay más, por lo que esa apariencia termina por dar a luz lo que realmente somos. |
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Posteado por: Andrés Daniel Valenzuela Suárez 05/04/2009 03:07 [ N° 4 ] |
Esto me hizo pensar, ridiculamente, en un partido de tenis cuando en el entretiempo muestran las estadisticas y un jugador ha cometido demasiados errores no forzados... |
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