Neil Davidson
Domingo 07 de Septiembre de 2008
Romance de masas

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Neil Davidson

Pasando al lado de alguna casona antigua en el campo chileno, o leyendo la descripción de un viaje en mula entre Valparaíso y Santiago, ciudad católica y ajena al cosmopolitismo de la costa, o recorriendo a pie el barrio Brasil en un día de sol con la cordillera nevada como trasfondo, uno siente que Chile antes era uno de los países más románticos del mundo. Romanticismo que debía mucho, por cierto, a su aislamiento. Para un europeo, Chile debe haber sido un país casi fantástico, como ciertos animales que, siendo reales, pecan de un parecido excesivo con el bestiario medieval; cuando niño, por ejemplo, yo nunca pude convencerme de la existencia de los caballitos de mar. El chileno, por su lado, debe haber entendido a Europa como una especie de conventillo de ciudades achoclonadas y fantásticas. Pero esa extrañeza mutua de a poco se fue domesticando, los contactos se multiplicaron —las grandes casas parisienses “están todas tomadas por chilenos y otros exóticos” alega un aristócrata francés en una novela de William Somerset Maugham— y el romance se desvaneció. Y eso que pasó en Chile o París, pasó en todas partes; fueron muchos los ambientes cerrados que se abrieron y se rompieron, como ecosistemas frágiles que reciben una afluencia avasalladora de fauna y flora más robustas, más prolíficas y adaptables, que sus habitantes inmemoriales.

Pero en un sentido esa fragilidad es engañadora: el romanticismo constituye, en el fondo, una forma de acercarse a cierta grandeza. El alejamiento de Chile, por ejemplo, la dificultad de la llegada, contribuía a resaltar el hecho asombroso de que aquí existía todo un mundo, un país con instituciones, historia, paisajes enormes. No todo era frágil tampoco. Napoleón, megalómano que destrozó Europa, era una figura romántica para muchos. La institución más romántica de todas era la Iglesia; era por ese encanto que tantos estaban dispuestos a sacrificarse, ya que la gente muere por amor, no por doctrina. El comunismo también tenía su romance. ¿Y ahora? Es otro mundo, donde en las personas mayores de veinte años, las sensaciones románticas se asocian con el amor sexual –probablemente su fuente originaria–, el uso del alcohol y otros estupefacientes, y la contemplación de los monumentos del pasado; y no mucho más.

Así que, a medida que el mundo abigarrado de antes se ha ido disolviendo en el ácido del entendimiento mutuo, hemos tenido que buscar otro recurso para satisfacer nuestra sed de grandeza. Lo hemos encontrado en el glamour. El glamour también es mágico, hermano del romanticismo, a veces casi indistinguible. Pero si el romanticismo es propio de un mundo de recovecos y de idealismos imposibles, el glamour lo es de una sociedad de masas. La atracción que puede sentir un hombre por una mujer que vive en la misma calle, si va más allá de lo estrictamente sexual, es romántica; las sensaciones que le puede causar una actriz que todo el mundo adula, son de glamour. Glamorosos son también la llegada a una gran ciudad de noche, por una autopista hecha un torrente de luces rojas y blancas, entre altos edificios también llenos de actividad e iluminación; o un concierto en un gran estadio, la fusión con el resto del público multitudinario, el ritmo hipnótico de la música y la luz.

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