Álvaro Bisama
Domingo 14 de Septiembre de 2008
Agujero negro

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Gente que da vueltas por ahí, casi siempre adolescentes de los 70 en un pueblo que bien pudo haber sido sacado de una cinta de Linklater; una enfermedad de transmisión sexual llamada el “bicho” que hace que sus portadores sufran mutaciones corporales; marihuana; miedos y paranoias sociales; sueños premonitorios sobre el fin del mundo; arte deforme hecho por una chica que posee una cola de perro; un chico al que le sale una boca en la garganta que balbucea sílabas venidas del subconsciente; una adolescente que muda la piel entre sollozos; gente perdida en la cafetería de su colegio; parejas que se hacen, parejas que se deshacen; asesinatos; el recuerdo de la adolescencia como una serie de imágenes deformes.

Todo eso aparece en los doce volúmenes de Agujero negro, del historietista Charles Burns (1955), una larga novela gráfica que retrata la vida de la provincia norteamericana de los años 70 por medio de los detalles de una intimidad que se traduce casi siempre en ahogo y pavor. Pero aquello proviene de una perversidad cotidiana: el miedo y odio a lo raro, a lo diferente, a lo inexplicable. En ese contexto, posiblemente Agujero negro sea una de las mejores descripciones que he leído sobre esa tierra baldía que es la adolescencia al captar el pánico secreto que producen el crecimiento del cuerpo, las pulsiones sexuales irresolutas y los tiempos muertos donde la vida cotidiana no parece dirigirse a ningún lado.

Todo lo anterior convierte a Agujero negro en algo habitado por una asfixia —que roza una narrativa de horror con tintes policiales— que atrapa y conmueve. Más que humano, Burns hace que sus viñetas describan la enfermedad como un alfabeto descoyuntado para narrar la melancolía de cuerpos que dejan de reconocerse a sí mismos. Ellos y su confusión no sólo reproducen conversaciones vacías en un mundo congelado, sino que viven en un presente sin destino, poblado con un terror atávico que recuerda las cintas de David Lynch pero que también remite a la oquedad suburbana que aparecía en el martirio de la muerte de las hermanas Lisbon en Las vírgenes suicidas, de Eugenides, o a ese aire frío que recorría las casas tristes del Alhué de González Vera.

Pero Burns dibuja un cómic; no escribe una novela y no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que todo lo que aparece en Agujero negro son los materiales y clichés abusados hasta el cansancio con superhéroes como los X-Men: mutaciones infinitas, adolescentes confundidos, destrucción sistematizada. Pero si en la franquicia de Marvel todo eso sirve para subir la testosterona y convertir la violencia en un folletín con moral blockbuster (por más que escribiera intermitentemente ahí gente como Morrison, Brubaker o Millar), acá se transforma en pura opacidad, en un arte que delicadamente grafica la extrañeza, la desesperanza y la soledad.

Vale la pena leer Agujero negro, que es obra hermosa, perfecta y perversa que sugiere que en el corazón de cualquier película slasher siempre se esconde una bildungsroman. Para lograr esa transformación (que significa peso narrativo y densidad dramática), Burns coloca el acento en los detalles, en las ramas casi vivas de un bosque habitado por niños monstruos, en el abandono de una piel muerta abandonada como seda sucia entre los árboles, en las arrugas y nervaduras de rostros que están dejando de ser humanos.

Así, mientras su trazo —desangrado en tinta negra, achurado hasta la extenuación— desnaturaliza la figura física de sus personajes, Agujero negro hace lo contrario con sus almas: investiga el vacío que puede representar la inminencia de la adultez, la caligrafías del deseo como una sucesión de lenguajes incomprensibles y exhibe a la cultura contemporánea como un parque de atracciones lleno de crímenes, vidrios rotos, navajas

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