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Domingo 21 de Septiembre de 2008
David Foster Wallace: Un hombre al pie de página

Patricio Jara

A poco más de una semana del suicidio de David Foster Wallace, quizás no haya otra cosa que preguntarse cómo diablos un autor que puso todos sus empeños en describir la peor cara de Estados Unidos, aquella que conocemos como “El Imperio del Mal”, pudo transformarse en el superhéroe de aquellos que viven conectados y se alimentan de las alcantarillas de una cultura que él quiso incinerar. Porque a David Foster Wallace lo quieren quienes debieran temerle, los que aún no se dan cuenta de que con cada libro les ha pegado un chicle en la silla.

Es probable que de aquí a unos meses, tal como ocurrió con Roberto Bolaño, Foster Wallace sea elevado a la categoría de santón, lo que implica desde tener mayordomos husmeando entre sus pertenencias en busca de algún inédito hasta repetir como loros lo que dicen los comunicados de prensa y las solapas: que es “el mejor de su generación”, “el mejor del último tiempo” o, peor, reducirlo a una sigla, a una marca póser, DFW, como si fuera la BMW.

De modo que recogiendo una porción mínima de todo lo que se ha escrito en estos días, queda la certeza de que lo único que tenía de taquillero era esa foto de juventud con un pañuelo en la frente y que más de alguien ha destacado como si fuera un atributo literario. Una foto en la que se parece mucho a Kurt Cobain o a cualquiera de los músicos de Suicidal Tendencies, que para el caso son lo mismo.

Todo lo demás, lo importante de su trabajo, ha sido un intento serio, metódico y persistente por derrumbar, aunque no con los mismos explosivos de Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk, los andamios que sustentan la actual cultura norteamericana, entendida por ésta cualquier tentáculo que conduzca a las fauces del pulpo; la parte por el todo, la sinécdoque infernal que funcionó como espejo de “su grandeza para reproducir las ridiculeces de la vida en Estados Unidos”, como escribió Michiko Kakutani, la implacable crítica del New York Times.

Foster Wallace estaba de parte de los clásicos, de Kafka y Wittgenstein; convencido de que más vale sumar hechos que sumar cosas, y siempre en las antípodas del paladar literario posmoderno. No por nada, su emblemático cuento “La niña del pelo raro” es harto más que una chica con peinado con forma de pene “erecto y gigante”. Es, también, una disección a cierto fascismo juvenil, que a veces puede estar incrustado o simplemente ser aquello que nos parece de lo más cool.

De manera que no es difícil aventurar una lectura marxista de la obra de Foster Wallace. Lo complejo es saber por qué se transformó en un autor pop y con ello, inofensivo y domesticado. Quizás lo sospechó; probablemente intuyó que algo no andaba bien. “Supuse que tal vez despertaría un interés moderado en un público lector serio. No estaba preparado para la recepción que tuvo de parte de un público tan amplio”, dijo a propósito de La broma infinita. Y entonces volvió la depresión que lo perseguía desde adolescente, ahora entre libro y libro (en el último tiempo había abandonado las clases de literatura creativa que dictaba en Pomona College desde 2002).

La broma le costó caro, aunque le brindó prestigio internacional. En Chile, al menos, aquella novela de mil 200 páginas es como la Constitución o como la Biblia: todo el mundo puede hablar de ella, aunque sin decir nada en concreto. Aunque hay un atenuante: acá, como a los demás países de habla hispana, llegó en 2002, seis años después de su edición original, y a un precio temible: $47.000. En Random House aseguran que los cien ejemplares llegados se distribuyeron mediante preventa, en firme. Cien copias y se acabó. En los medios hubo apenas dos o tres reseñas. Una de ellas, en estas páginas.

Espejo roto

Aunque no entran en los rankings nacionales (hasta ahora), los libros de Foster Wallace muchas veces son leídos como cajas de herramientas, como vitrinas de estilo, como paseos por Sodimac. En Chile, el periodismo lo ha copiado con descaro, y no sólo los jóvenes, también los más viejos, los que ya, digamos, no están en edad, y lo hacen con esa soltura de cuerpo que no se ponen rojos al admitirlo, como si con eso no agravaran la falta.

A ellos y a todos, Foster Wallace nos volvió a enseñar, entre otras cosas, y aunque sea simplificar demasiado, que el pie de página bien puede ser un recurso narrativo autónomo y paralelo; que sirve tanto para la literatura como para el periodismo. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2003), que es sólo uno de los siete textos de la edición original, es su mejor ejemplo al respecto, porque aquel relato, más que contar la historia de un crucero por el Caribe, es un paseo por las jaulas donde están los animales más peligrosos de la cultura estadounidense, los rosados que visten de blanco, los que ven las noticias sobre Irak empinando una Budweiser. Por eso la forma de leer sus libros se mantendrá en el tiempo; no variará un ápice. Sus historias marcan el mismo trazo antes y después de la decisión de tomar una soga y amarrarla a una viga. Allí está su gran victoria, la confirmación de esta pequeña verdad: la gente (decente) escribe para desaparecer.

De allí, entonces, que donde con más nitidez se vislumbra el valor de sus textos sea, por sobre sus formas rebuscadas y algo artificiales, en la capacidad para reportear; para tener siempre en cuenta que hay un lector al otro lado del texto, que la inclusión de la primera persona y los vocativos están en virtud de éste; para enfrentar de a dos, él y el lector, los escenarios donde se entromete. Eso ocurre, por ejemplo, en el reportaje que da el título a Hablemos de langostas: una inmersión al infame festival culinario que se organiza en torno al crustáceo en el estado de Maine. Allí Foster Wallace despliega una tesis y es capaz de despegar el trasero de la silla y salir a reportear para comprobarla. Esa es la gran diferencia entre el original y la copia; entre los que imaginan que para hacer un ensayo periodístico no es necesario ir a la calle a buscar la información (alguien los llamó “plumas” o “firmas”) y quienes no conciben otro modo de hacerlo que gastando suelas y hablando con gente. Esa es la mejor enseñanza del finado; por donde podríamos partir copiándolo; por donde podríamos, de una buena vez, comenzar a tomarlo en serio.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
vadim vidal donoso
23/09/2008 12:52
[ N° 1 ]

Don Patricio, muy de acuerdo con usted. Pero soy de los que cree que hay que valorrar la obra de los grandes autores a pesar de sus fans.

salu2

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