Entrevista
Domingo 28 de Septiembre de 2008
Carla Guelfenbein entra al corazón de un niño

Pedro Pablo Guerrero

Carla Guelfenbein está sentada en el piso junto a la mesa de centro del living. Toma café con leche de soya y mordisquea un pan integral con quesillo (su segundo desayuno, porque se levanta a las siete). Mientras habla de su nuevo libro, las palabras salen a borbotones, se apasiona, gesticula. Es el momento de la descompresión, se nota. Tres años estuvo concentrada en la vida de Tommy, un niño de 12 años, enfermo del corazón, imaginativo y solitario, hijo de un cirujano (Juan) que enviuda y luego se casa con Alma, una chilena que conoce en Barcelona. Las voces de los tres personajes se alternan a través de la novela: una historia de ocultamiento, incomunicación y adulterio.

Carla Guelfenbien se tomó dos años para editarla. “Debo haberla leido ochenta veces”, recuerda. Le costó mucho dar con el título. “El resto es silencio” son, tal como lo recuerda el epígrafe del libro, las últimas palabras de Hamlet. Pero la autora se percató de esto al final.

“Fue algo mucho más azaroso que intelectual. Era una frase que estaba en el libro dentro de un contexto casi doméstico. La palabra ‘silencio’, en todo caso, siempre estuvo en todas las opciones de título. Uno era ‘La vida oculta del silencio’, pero me sonaba exagerado, pomposo, y yo en este libro intenté que lo no dicho fuera tan fuerte como lo que está dicho”.

—¿En qué se parece Hamlet a Tommy?
—No lo tenía tan consciente, pero cuando encontré esa frase y volví a la historia de Hamlet todo me calzaba. Esa suerte de inmadurez de Hamlet lo acerca a un niño. Esa constante indecisión, su incapacidad de asumir su adultez y su responsabilidad frente al destino son rasgos propiamente infantiles.

—¿Cómo surgió la decisión de asumir la voz narrativa de un niño?
—Por un lado, de haber visto crecer a mis hijos, de intentar entenderlos. Sentía que era un mundo mucho más amplio del que yo jamás me hubiera imaginado y que me parecía interesante explorar. Similar a lo que me ocurrió cuando empecé a escribir La mujer de mi vida: pasar al otro lado y ponerme en la voz de un hombre. Este mundo infantil me provocaba curiosidad, la idea de introducirme en la cabeza y en el corazón de un niño me produjo la sensación de un enamoramiento. Primero fue el nombre, Tommy, que empezó a resonarme en la cabeza, luego empezó a tener cuerpo, movimiento, a ser alguien.

—Alguien vulnerable y triste.
—Yo creo que la hipersensibilidad, la total lucidez, es un estado de infelicidad. El hecho de que su madre se haya suicidado, de que además naciera con un problema al corazón, y que su padre viva sumergido en un mundo del trabajo y viajando por los recuerdos, evidentemente no le facilita las cosas a Tommy, pero aquello que lo hace básicamente infeliz está relacionado con la capacidad de poder sentir el mundo, sentir al otro, ver la realidad tal cual es, dura, llena de dolor.

—Es la primera novela en la que abordas el tema judío. Cuando el suegro le pregunta a Alma si tiene esa ascendencia y ella le responde que no, él le dice que le parece “muy bien” y luego le da a entender que si la tuviera lo importante es no saberlo.
—Esa frase está diciendo mil cosas, condensa el pensamiento de un gran porcentaje de gente para el que aparentar una vida es mucho más importante que asumir lo que realmente eres o saber cuál es tu historia. Parte de mi ser lo conforma el hecho de que soy judía. Toqué el tema porque tenía la necesidad de hacerlo. Yo, como judía, he vivido básicamente bien, gracias a Dios. He sido criada sintiéndome bien con el hecho de serlo.

—¿De manera religiosa?
—Para nada, no tengo ninguna formación religiosa. Lamentablemente. No porque me gustaría ser una judía ortodoxa, sino porque siento que es un elemento cultural que se sumaría maravillosamente. Fue a través de Joseph Roth que me interesé por el hecho de ser judía. Para mí nunca ha sido algo ocultable, pero tampoco digno de orgullo. ¿Por qué me voy a sentir orgullosa de que mis abuelos fueran judíos ucranianos? Es como sentirse orgulloso de ser chileno o porque un tatarabuelo tuyo fue Presidente. Cada persona tiene que sentirse orgullosa por las pequeñas cosas que hace en la vida. Pero al leer Judíos errantes, de Joseph Roth, entendí cosas que no tenía muy claras. Para los judíos del Este el hacer no era lo importante, no eran grandes emprendedores, de hecho eran muy pobres. Sin embargo, aunque los hijos no tuvieran nada que comer, todos sabían leer y escribir. La única manera de transmitir la idea de ser judío, en esta diáspora de casi 2000 años, era a través de textos que se traspasaban de generación en generación. No es la inteligencia la que se transmite, sino la cultura.

—Pero en tu novela esa cultura es negada.
—Claro, esta familia no estaba para nada contenta con una mujer judía, a tal punto que después de morir, al niño le ocultan que su madre lo era. Incluso le mienten, porque es circuncidado y le dicen que lo hicieron por razones de higiene. El resto es silencio. Todo lo que no se dice queda en ese espacio que ya no es mentira, sino silencio, sencillamente.

—El apellido de la madre, Bulying, suena como bulling, el amedrentamiento que hacen contra Tommy sus compañeros de curso.
—Todo debe tener un sentido. Busqué un apellido que fuera judío, pero que no sonara judío. Guelfenbein, difícil. Bulying, en cambio, tiene esa ambigüedad, ese lado oculto que tiene el bulling. Es como no dar la cara, produce la misma idea de represión y de ocultamiento.

—Usas varios términos no chilenos: “porros” en vez de “pitos”; “deberes” en vez de “tareas”; “estar liado con una mujer”. ¿Te lo pidió la editorial para internacionalizar tu libro?
—Planeta no tiene ninguna responsabilidad en este asunto. Aquí me declaro culpable. La verdad es que yo creo que he leído demasiadas traducciones, sobre todo en el último tiempo, entonces estas palabras quedaron en el aire y no me doy cuenta, pero me suenan bien. Me interesa mucho la sonoridad de las frases. Somos parte del universo de habla española y creo que tenemos que sentirnos con la libertad de tomar palabras que no pertenecen a nuestro mundo coloquial, pero que aportan o calzan en el texto. Es una postura, no es que yo intente internacionalizarme ni mucho menos. Además no lo necesito: en España van a hacer una edición con las equivalencias.

—¿Por qué escribes “Las olas se desploman con prudencia en la barrera de algas” en vez de decir simplemente que las olas revientan o chocan?
—Generalmente digo las cosas en su esencia, no me gustan los metaforones, pero cuando ocupo este tipo de imágenes es porque estoy haciendo un espejo entre el sentimiento del personaje que habla y lo que ve. En el taller que hago aquí, en mi casa, intento transmitir que ese mundo exterior no puede ser una expresión física pura, objetiva, sino que está atravesado por la mirada de los personajes, aunque escribas en tercera persona. Por lo tanto, la descripción del entorno tiene que ver con el sentimiento que le produce al personaje. En el caso que me citas, Alma se aleja de una fiesta y se sienta en el pasto sin que la noten. Es decir, se desploma con prudencia, como las olas que mira.

—¿La idea de incluir ilustraciones fue tuya?
—Es algo muy importante que se relaciona con lo que estoy empezando a descubrir y tengo la sensación de que va a introducirse en el camino que me queda como narradora: usar diferentes lenguajes. Lo que busco no es ilustrar esta novela; yo no se la pasé a un ilustrador para que hiciera su versión sobre lo que imaginaba que podía significar cada situación. Los elementos visuales son parte intrínseca del sentido del texto. Para empezar, están hechos por uno de los personajes, Tommy, y forman parte de la historia. Hay información encapsulada en esas imágenes que no tiene un símil verbal y que adiciona datos no solamente en términos de la acción, sino de la personalidad del protagonista, de su sensibilidad.

—¿El uso de los iconos junto al número de cada capítulo es una manera de facilitarle las cosas al lector?
—En absoluto. Cuando estoy escribiendo, no pienso en el lector, sólo en mis personajes. Además, ¿quién es mi lector? Yo no escribo para “mi público”. Los iconos surgieron porque es parte de una novela visual, no para ayudar a nadie. Aunque no estuvieran, cada personaje al que representan tiene una voz completamente diferente. Te das cuenta en la segunda o tercera frase. Tommy, Juan y Alma no son de la misma generación, no tienen la misma manera de hablar, no les interesan las mismas cosas. Cada icono condensa una idea: el mundo de Tommy es la guerra. El de Alma es el agua y el de Juan, el tiempo.

—¿Estás consciente de que te mueves al filo de que lo es tolerado dentro de la literatura?
—Evidentemente. Yo soy presa fácil de ser acusada de escribir una literatura sentimental, así como dicen que soy una “escritora de mujeres”. No pretendo defenderme, porque no soy la persona indicada para hacerlo. Mi convicción con respecto a la literatura, no sé si será correcta, es que los sentimientos son parte intrínseca del ser humano, tanto de hombres como de mujeres, y que los grandes eventos de la historia, pero también los pequeños momentos de la vida diaria, se mueven por una mezcla, no sé si equitativa, entre la mente y el corazón. Por lo tanto, los sentimientos no son un patrimonio exclusivo de las mujeres, y de hecho lo estamos viendo cada vez más. Ian McEwan, Hanif Kureishi, Nick Hornby pertenecen a una narrativa en la cual los sentimientos son parte importantísima de sus historias, y no tienen miedo a entrar en el mundo afectivo del hombre. De hecho, ellos lo llaman Lad Fiction. Lad es compinche, o sea “ficción de hombres”.
—¿Qué ha signficado para tu trabajo el cambio a Planeta?
—La sensación es que tengo dos sellos editoriales, porque tengo dos novelas anteriores que se siguen vendiendo y traduciendo: La mujer de mi vida y El revés del alma también. La relación que tengo con Alfaguara sigue siendo inmensamente amable. No tengo nada que reprocharles, porque hicieron un súper buen trabajo, me pasearon por toda Latinoamérica y me llevaron a España. La experiencia con Planeta ha sido muy buena también. Ahora está empezando, queda toda la cosa internacional, que es importante, pero realmente saben hacerlo. Además yo me meto en todo, estudié Diseño en Inglaterra, y eso evidentemente me sirve mucho en la edición de libros. Las portadas siempre las he elegido yo. Escogí también ésta y tuve mucha influencia en su tipografía.

—La novela es muy visual. ¿Hay planes de adaptación al cine?
—No todavía, pero te cuento una primicia: ya se están negociando los derechos para la edición en alemán. Algo espectacular, de gran nivel, con un muy buen adelanto y gira. Me estaban pidiendo el manuscrito desde que tradujeron El revés del alma. Eso lo está viendo mi agente Piergiorgio Nicolazzini, que se ocupa de los derechos internacionales. Guillermo Schavelzon se encarga ahora de España y Latinoamérica. Por supuesto, Willy hubiera preferido tener los derechos de todo, pero mi argumento fue que Piergiorgio lo ha hecho muy bien, porque me vendió 15 traducciones, incluso para Israel, y eso que no tenía ningún tema judío, como ésta, que ahora puede pescar más.

—En esta tercera novela no aparecen exiliados ni retornados. ¿Se agotó ese mundo para tu narrativa?
—No, la cuarta novela tiene mucho que ver con eso, creo, si es que la historia en la que trabajo sigue enamorándome. Tengo un montón de tiempo para asegurarme, porque ahora no puedo empezar a escribir, hasta por lo menos dentro de cuatro meses, en las vacaciones. Ahí tengo mi dead line.

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