
María Teresa Cárdenas
Si hay algo que distingue a Carlos Franz (Ginebra, 1959) como escritor es el tiempo y el trabajo que invierte en cada uno de sus libros. Por eso, que nadie se engañe. No es que ahora, después de Almuerzo de vampiros (Alfaguara, 2007, Premio del Consejo del Libro) haya decidido publicar un volumen al año. Nada más ajeno al proyecto narrativo de este autor que en casi dos décadas ha publicado cuatro novelas y un ensayo, y que abomina de “la carrera de escritor”: “Es un concepto más propio de la burocracia que del arte”, afirma desde Madrid, donde ejerce como agregado cultural.
La Prisionera (Alfaguara) es su primer libro de cuentos y estaba escrito —y premiado, como obra inédita— desde 2005. Un dato que ayuda a ordenar las cosas. Tal como su novela El desierto (Premio La Nación-Sudamericana Argentina), que apareció ese año, los ocho relatos que componen el volumen se desarrollan en Pampa Hundida, oasis santuario del norte de Chile que el autor inventa para sus propósitos narrativos. Y de paso les hace un gesto a Faulkner, Rulfo, Onetti, García Márquez y otros maestros a los que nos les ha bastado con crear a sus personajes, también han fundado un lugar para ellos.
—Estuve viviendo en Pampa Hundida, intensamente, durante los seis años que me tomó escribir El desierto —explica—. Cuando lo terminé descubrí que las vidas de sus personajes seguían desarrollándose en mi imaginación. Así fueron surgiendo estas historias, con mucha fluidez. Y siguen desarrollándose hasta ahora.
—En la novela elegiste como temas la transición y la revisión de los traumas de la dictadura; los cuentos, en cambio, narran anécdotas mínimas.
—No me gusta repetirme, eso es todo. De libro en libro y casi sin proponérmelo voy cambiando de registro y de desafío narrativo. Ahora “se me daba la gana” de hacer algo distinto: escribir unos relatos sicológicos, intimistas. El mandato contemporáneo de que cada escritor debe escribir sus obras como si fueran un solo libro, en un solo estilo, me parece una moda, un cliché. Shakespeare ni siquiera habría entendido si alguno de nuestros mandarines modernos le hubiera dicho que, por haber escrito una tragedia histórica como Macbeth, no podía escribir luego un juego de pura fantasía como La tempestad.
—Una muestra de ese cambio de registro es “Santiago Cero”, que acaba de ser reeditado. ¿Te reconoces todavía en ese libro?
—Sí, aunque con distancia. Pulí tanto ese libro, durante los largos años en que no podía publicarlo, que quedó un poco en los huesos. Pero esa es su estética y me sigue gustando: un minimalismo romántico.
—¿Por qué los cuentos aparecen recién ahora, después de tres años de haber ganado el Premio del Consejo del Libro?
—Suena extraño, ¿no? Pero habría que preguntárselo a mi editorial de entonces: Sudamericana Chile. Quizás cometí el “error” de ser el único chileno en haber ganado el principal premio literario de esa casa en Argentina. No sé.
—Has ganado varios premios más con tus libros, ¿siempre tienen un lado ingrato?
—En el mundillo literario siempre ha habido envidias. Hace cincuenta años Borges decía que en otros países se piensa que un libro podría no ser malo, ya que ha ganado un premio; y que en Hispanoamérica juzgamos que debe ser malo precisamente porque lo ha ganado.
—Por primera vez publicas un volumen de cuentos, ¿son muy distintas las exigencias que te impone este género respecto de la novela?
—No, a mí se me hacen muy parecidas. El cuento y la novela son distintas extensiones del tiempo, nada más. El control del ritmo es más arduo de sostener en una novela. Pero en el cuento los errores de coherencia se notan mucho más también. Mientras que en la novela suelen considerarse “polivalencia”. A mis 21 años escribí un volumen de cuentos. Como por entonces era casi imposible publicar, quedaron en un cajón y, luego, en los 90, cuando fui a releerlos, ya no me gustaron. Creo que ésa fue una lección de la época dura en que me tocó formarme como escritor: tener paciencia, hacer esperar a los borradores, ver si sobreviven en el manuscrito antes de asestárselos a los lectores. Abstinencia en lugar de incontinencia.
—Todas tus novelas y ahora estos cuentos se desarrollan en escenarios o paisajes bien determinados: Santiago, Iquitos, el desierto. ¿Cuál es la importancia que le das al espacio físico en tus ficciones?
—Mucha. El ambiente, para mí, debe ser una gran metáfora visual, sensible, del relato. El paisaje debe funcionar como caja de resonancia del alma. Esto acrecienta las dificultades de la narración, por supuesto. Pero eso es la gracia: ponerse desafíos.
—¿Crees que el oasis Pampa Hundida llega a constituirse aquí, como se ha dicho, en el “verdadero protagonista” o actúa más bien como reflejo o extensión de esos seres que lo habitan?
—Yo creo que esa ciudad imaginaria es la protagonista oculta. En realidad, ése es uno de mis más viejos sueños como escritor. Tendría unos 18 años cuando leí Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson. Y me juré que algún día me atrevería con este reto tan difícil: escribir un libro de cuentos que tenga la “unidad” de una novela. Personajes circulando de cuento en cuento, tal como en esa gran novela que es una ciudad.
—¿Necesitas habitar los paisajes para que entren en tus ficciones?
—Por supuesto, el escritor que me interesa es un viajero que se queda. No un turista de la imaginación. Así como se debe vivir imaginariamente con los personajes, para conocerlos, el narrador habita los lugares imaginarios de los que escribe. Hay que haber “estado allí”. Esto exige tiempo de observación. Uno de los signos de la mala literatura contemporánea es la superficialidad de la mirada descriptiva, sacrificada a la tan sobrevalorada rapidez de la escritura. El resultado es el turismo literario de un autor que no se ha quedado lo suficiente en sus escenarios.
—¿Por qué el deber aparece en algunos de tus cuentos como causa de la amputación del amor, de las ilusiones, de las pasiones?
—Creo que es uno de los grandes dilemas del alma. La lucha entre la voluntad y la pasión. Desde hace muchos años me obsesiona una frase de Borís Pasternak: “Todo lo que en mí no es voluntad lleva tu nombre y te pertenece”. A veces hasta creo que escribí el libro completo sólo para poder ponerle esta frase como epígrafe. Utilizo el desierto como metáfora clásica del deber. El deber de cruzar durante cuarenta años el desierto antes de poder llegar a la tierra prometida. Al final, la mayoría se queda en el desierto y nunca se llega a la tierra prometida. Se conocen algunos oasis de intensidad, hasta de felicidad, si somos muy afortunados. Esos oasis es lo que vale la pena narrar. Y de eso se tratan estos cuentos.
—En varios de ellos aparecen niños enfermos, abandonados y abusados, ¿por qué te interesó esa infancia sufriente?
—No sé. Quizás porque yo mismo tuve una infancia dolorosa. O más bien, porque perdí la felicidad de la infancia cuando aún era un niño, muy temprano. Pero prefiero que los lectores profundicen en mis libros y no en mi vida. Eso dejémoselo a las estrellas de la tele.
—¿Qué relación tienen con tus cuentos las personas a quienes se los dedicas?
—Son buenos amigos. Algunos me han leído algún cuento y han hecho alguna observación precisa. Les tengo afecto. ¿Y qué les puede ofrecer un escritor a sus amigos, además de dedicarles lo mejor que sabe hacer?
—Ya formas parte de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y sigues cosechando premios, el último con “Almuerzo de vampiros”. ¿Cuál es el balance que haces hasta ahora de tu carrera de escritor?
—No me gusta eso de la “carrera de escritor”. Yo no estoy corriendo contra nadie, aunque no soy tan ingenuo de no darme cuenta que otros sí. Prefiero pensar en esto como una lenta exploración. Escribiendo me conozco mejor y conozco mejor el mundo. Llevo más de 30 años escribiendo, que es como decir creciendo. Narrar mantiene afilada mi curiosidad. Y no se deja de crecer mientras haya curiosidad.
—¿Y tu “carrera” de diplomático? ¿Cómo ha resultado esta combinación de roles?
—Un desafío y un alivio. La soledad del escritor es un cliché y también es real. Sobre todo cuando te demoras tanto en escribir como yo. Entonces, salir del escritorio, estar en contacto con más gente, arremangarse y organizar cosas prácticas, cuando tienes cierta facilidad para hacerlo, es un alivio. Sólo temporal, porque no voy a seguir la “carrera”.
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |