
Christian Ramírez
Al seguir atento la carrera de un gran cineasta uno debería ir formándose una buena idea de sus intereses, obsesiones, marcas de estilo y, en último término, del tamaño de su talento. Pero cuando la obra del sujeto es especialmente frondosa, uno puede confundirse entre tanto material y acabar más perdido que al principio. Entonces sólo hay dos caminos, la resignación o el tranquilo disfrute ante lo que se tiene en pantalla.
En cierta medida eso es lo que ha ido ocurriendo con el constante flujo de nuevos DVD de Jean-Luc Godard (JLG): por primera vez, cerca del 90% de su filmografía (compuesta por unos 80 títulos) está disponible en algún formato, desafiando a quien quiera zambullirse, literalmente, en aguas profundas. Ahí hay de todo: los filmes clásicos de los 60, los programas televisivos de los 70, sus increíbles cintas de madurez y decenas de cortos, ensayos y diatribas acumuladas a través del tiempo. Después de casi medio siglo de actividad el árbol “godardiano” es inmenso y requiere de una extraña combinación de paciencia y pasión para encaramarse en sus ramas. Diablos, vaya que cuesta subir, pero la experiencia es impagable.
El punto es, ¿por dónde empezar? Si lo que se busca es eterna modernidad, la respuesta es “Pierrot le Fou”, que JLG diseñó al modo de los poemarios simbolistas. Si uno rastrea el momento en que el cine clásico se intersecta con el contemporáneo, conviene conseguirse una buena copia de “Sin aliento” (la de Criterion es “la” elección). Para los que quieran ver a Godard medirse de tú a tú con Orson Welles, que se bajen de la web “Numero deux”, la cinta madre de todo el cine-ensayo contemporáneo. Pero si lo que se quiere es explorar a fondo de los conceptos de belleza y el ser, la clave es comenzar por “Sauve qui peut (la vie)” —“Sálvese quien pueda”—, que marcó en 1979 el regreso del realizador al relato tradicional o a algo que, al menos, se le parece.
Godard había abandonado ese formato después de hacer la apocalíptica “Weekend”, a fines del 67, en parte por ciegas fidelidades ideológicas y en parte porque dejó de hallar sentido a un proceso de producción que tendía a devorar a quienes trabajaban en él. El relato de Paul, un director suizo que —tal como JLG— ya no hace películas sino que se dedica a hacer clases y observar cómo sus conocidos —amigos, esposas y amante— viven sus vidas de adultos mientras él continúa (mal)gastando su tiempo, es bastante sintomático del proceso personal seguido por el propio realizador, quien al momento del estreno no dudó en calificar a “Sauve qui peut (la vie)” como “mi segunda primera película”.
Como siempre en Godard, lo que podía haberse reducido a simple autobiografía resulta en otra cosa: gracias a un cuidado uso de la velocidad con que filma el movimiento de ciertos objetos o personas (sea en cámara lenta, plano fijo, avance cuadro a cuadro) mucho de lo que observa, vive y siente el protagonista aparece descoyuntado, fragmentado, transmutado. La pasión se confunde con la violencia y la dinámica con ¿la estasis?. ¿Dónde empieza o termina cada una? Con tal de saber, JLG comete un pecado cinematográfico: detiene la imagen móvil. Nada es sagrado, parece decir, si lo que se quiere es volver a empezar.
En síntesis
La extensa obra de Jean-Luc Godard ofrece muchas puertas de entrada, pero una de las más hermosas y exigentes es “Sauve qui peut (la vie)”, el filme que marcó su regreso en 1979.
“Sauve
qui peut (la vie)”
Dirección: Jean-Luc Godard.
País: Francia.
Año: 1979.
DVD Zona 1.
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