Álvaro Bisama
Domingo 28 de Septiembre de 2008
Foster Wallace

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En El narrador, el texto de Walter Benjamin que recientemente publicó Metales Pesados, se hace hincapié en el fin de la figura del narrador: el horror contemporáneo ha puesto en entredicho su lugar, lo ha atrofiado y desfigurado. Según Benjamin, la novela es su cancelación, el reemplazo de lo colectivo por lo individual, la soledad del artista que ha quedado a la deriva, gracias a las imposibilidades y al abatimiento de su lengua.

Benjamin habla desde muy atrás del siglo veinte, pero yo no puedo dejar de pensar en David Foster Wallace cuando lo leo. Su reciente suicidio no sólo nos deja un cadáver caliente, sino que me trae de vuelta a aquella soledad extrema sobre la que el alemán —otro suicida— indagaba. Quizás ése era el costado más inquietante de la obra de Foster Wallace, que tras capas infinitas de datos y nimiedades, notas al pie, juegos formales, infogramas o lo que fuera que se le ocurriera, estaba el deseo desesperado de poder remontar aquella soledad, aquel vacío del que Benjamin hablaba, transformando a la literatura en algo capaz de resignificar la experiencia confusa de lo humano. Por supuesto, se trataba de una apuesta perdida. Saturada, la obra de Foster Wallace casi siempre terminaba volviéndose paródica, como si la erudición y el exceso narrativo nunca pudieran cuajar en certeza alguna y él mismo como narrador se limitara —como el personaje de uno de los cuentos de Extinción— a anotarlo todo hasta la extenuación, buscando reanimar el corazón de algo verdadero.

Porque Foster Wallace quiso narrarlo todo pero no pudo decir nada. Siempre fue mil veces más interesante que Jonathan Franzen y la distancia que hay, por ejemplo, entre Las correcciones y La broma infinita no está en el número de páginas, sino en la percepción de lo literario como un terreno de signos que intentan retardar la mudez, la alienación, el vértigo que precede al silencio. Lector —¿o debería decir fan?— de Borges, Foster Wallace encontró en la biblioteca de la cultura contemporánea las paradojas del horror vacui de los signos de la cultura.

Por supuesto, se perdió ahí para no volver jamás: sus cuentos son una indagación en ese abismo y sus crónicas se vuelven contra sí mismas una y otra vez, usando aquella perplejidad para demostrar la oquedad de los objetos de los cuales se ocupan. Aquello le sirvió para retratar a los monstruos de Entrevistas breves con hombres repulsivos, parodiar la lógica del arte en Extinción, pero también para releer a héroes literarios como Kafka; amén de personalidades públicas como David Lynch o John McCain.
Esta semana, cuando muchos de los medios que han construido su hagiografía se han apresurado a legitimar la condición experimental de la prosa de Foster Wallace o la profundidad de los perfiles que realizó, nadie ha caído en la cuenta de la distancia melodramática que su autor utilizaba providencialmente como método; viéndose a sí mismo como un espectador inconsolable de lo que narraba. Esa voz era la de un testigo metido en el embrollo que es la cultura contemporánea, pero la de alguien que sabe que todo aquello puede ser falso, carecer de sentido. Pura respiración artificial: una sobrevida hecha con el infierno que está en las esquinas y brilla en los detalles.

Quizás por eso, en Chile, Foster Wallace hasta antes de su muerte haya sido vendido como saldo de librerías; su literatura era insoportable porque sometía al lector a la percepción de su propio desconcierto ante el lenguaje, a la imposibilidad de que el narrador se arrimara a algo que no fuera la pena, aquel aire frío que avanza atrás de toda cultura pop, de todo signo de los tiempos.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
Juan Ignacio Salinas Zavala
29/09/2008 00:18
[ N° 1 ]

Tras la muerte de Foster Wallace, las librerías han comenzado ha desenpolvar todos sus libros. Concretamente, exactamente al cumplirse una semana del anuncio de su muerte, ya tenían en vitrina "Hablemos de langostas". Desde hace tiempo he buscado "La broma infinita" y, posiblemente, en un par de días aparezca; simplemente tuvo que morir su autor para que eso sucediera. Una verdadera pena.

Posteado por:
Marcelo Munch Puente
02/10/2008 13:46
[ N° 2 ]

Tras la muerte de Foster Wallace, muchos se han visto enfrentado secretamente al real significado del oficio de escribir/escritor.
Foster Wallace murio tal vez por decir "yo escribo, quise escribir y no tuve otra alternativa", pero no se habla de eso, se habla del lenguaje descompuesto de Foster Wallace y su iracunda resistencia, se habla de su ironia y de sus exhaustivos pie de paginas, incluso de su angustia congenita, de su panuelo en la cabeza, o de ocupar las grandes listas de lo que no se vende ni se vendera en los mejores dias, pero nadie habla de Foster Wallace, de David, el que sufre y teme, el que era o alguna vez fue persona; tal vez porque Foster Wallace quisiera dejar de ser el mismo y convertirse en el personaje Foster Wallace para escribir, tal vez porque todos en el fondo tenemos ese lacerante temor de llegar a decir "yo que escribo debere entregarme por entero, sea cuales sean las consecuencias"... tal vez.
Bien Bisama, para mi grata sorpresa, hablaste de el y quisiste llegar a su persona, se ve que su muerte te dolio como a muchos y me incluyo. Bien Bisama, es bueno verte como persona.
Saludos

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