Opiniones
Domingo 12 de Octubre de 2008
Entre la verdad y el silencio

La crítica de Pedro Gandolfo

La tercera novela de Carla Guelfenbein cuenta la historia de un niño de 12 años vulnerable y perspicaz, Tommy, quien sin claudicar lleva a cabo una pesquisa para averiguar las razones de la muerte de su madre, a los tres años, y la red de mentiras que se han tejido en torno a ella; o bien la historia del reencuentro del padre de Tommy, Juan, y su segunda esposa, Alma, quienes al final de la novela adquieren una sabiduría acerca de los afectos a través del duro pasaje del dolor extremo.

La novela está narrada por medio de los tres personajes principales, los cuales se dirigen al lector de manera alternativa en primera persona. Esta decisión del autor es fundamental y marca el decurso de toda la novela. Hay que señalar al respecto que las voces de Tommy, Alma y Juan no están, empero, suficientemente diferenciadas ni despliegan sus matices a lo largo del relato. Para identificarlas, cada vez que intervienen los narradores, la autora incorpora un símbolo, una pequeña señal, que le indica al lector cuál de ellos está ahora hablando y enseguida cuál otro; es una comodidad que indudablemente facilita la lectura, pero también apela a un elemento externo a la escritura: si faltara, nos confundiríamos. Y aunque con esa especie de “señalética” se cumpla el efecto, la sensación a veces es de cierta uniformidad que alcanza incluso al propio Tommy, la voz más lograda, con su mezcla de niño frágil y adulto a la fuerza. Hay fragmentos en que la singularidad que se exige de la primera persona se debilita en tal grado, que el lector podría llegar a pensar que son vestigios de un proyecto más antiguo, en el que se empleaba otro tipo de narrador.

El libro obedece a un diseño trazado luminosamente por su autora y ejecutado con rigor y habilidad, pero acaso eso mismo le juega en contra en una obra que parte de la premisa de la soledad e incomunicación de las conciencias y de la cruel insuficiencia de las palabras y de los cuerpos para superar esa brecha.

Las voces de Tommy, Alma y Juan son abiertas por el autor de manera generosa y ordenada hacia el lector e informan metódicamente acerca de los pensamientos, emociones y acciones: el lector se encuentra muy informado y es conducido con firmeza por el triple narrador. El niño enfermo posee una descomunal (aunque enternecedora) lucidez (más que la de los propios adultos) y, además, va grabando, como si fuese un detective, el resultado de sus investigaciones. Este exceso de conocimiento deja poco lugar para la imaginación y la sorpresa, porque es escaso lo sugerido dentro del relato y lo que dentro de él permanece en sombras.

Las versiones de Tommy, Juan y Alma calzan y sincronizan a la perfección, y el mundo interior de los personajes es descrito con llaneza, orden y contención. La prosa de Guelfenbein es límpida, de frase breve, bien hilada. Nada se insinúa en estos textos de la imitación del fluido libre de la conciencia ni de una suerte de monólogo interior crispado, con titubeos y digresiones. Tras los tres narradores, en aparente primera persona, subyace un narrador en tercera que distribuye, con meridiana precisión, los datos entre los personajes. La separación en primeras personas, por lo mismo, no se proyecta hacia el lector, porque a éste le es ofrecida la suma de las tres, posee la información completa, es un observador privilegiado, y esa falta de graduación, de la necesaria elipsis, vacíos y dudas, lo convierten en un receptor a ratos demasiado pasivo. En una novela en que la soledad y la incomunicación de los personajes causa dolor y tragedia, parece ser un contrasentido que se comunique tanto.

La historia está bien narrada, en cuanto a su estructura, en una progresión que desde el inicio va colocando con meticulosidad las piezas que conducirán al lector, casi inevitablemente, a un desborde final de sentimientos. En este plano se da un correcto paralelismo entre la forma de la novela, su tema y la intencionalidad del autor, lo cual pone en evidencia oficio, reflexión, lecturas y sensibilidad.x
En una historia como la que relata esta novela es legítimo preguntarse ¿cómo debe tratar la literatura el dolor ante la muerte sin caer en un exceso de sentimentalismo? ¿Es posible hablar de emociones extremas sin manejar en exceso la sensibilidad del lector o callar acerca de ellas sin ser insensibles? La pregunta es esencial, porque en literatura no basta con lograr emocionar, sino importante es cómo se logra. Carla Guelfenbein sortea este escollo mayor con hábil y liminar sobriedad.

Es importante destacar, en fin, que El resto es silencio posee un fuerte aliento moral, sin llegar a ser edificante. El valor de la verdad es un “personaje” central en este libro, lo cual lo emparienta no tan lejanamente con el género de la fábula, al que también remiten los dibujos que se incluyen en él. Quizás a cambio de esta variable moral haya debido pagar la autora el precio de su excedente de claridad y elucidación

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