Roberto Merino
Domingo 19 de Octubre de 2008
Habla, Molina

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Esperaba, además, una recopilación de crónicas, un inventario de encuentros cercanos como los que Calderón nos ofreció alguna vez en Memorias de memoria, ese libro difícil de olvidar en sus detalles y en su atmósfera.

Sin embargo, la cuestión es distinta. Calderón tenía reservado para este caso un recurso de doble fondo: dosificar su propia voz y dejarle el espacio mayoritario de las páginas a la voz del biografiado. Lo que hay en el libro es un flujo de notable espesor: Molina hablando en primera persona y desde su persona, es decir, desde la máscara literaria que se fabricó para enfrentar el mundo y que terminó algún día siendo el epítome de su identidad total.

Molina pertenece al paradigma chileno de los grandes fabuladores, inventores de sus propias vidas magnificentes, hijos de una remota “escena traumática” y de indecibles y sombrías carencias. Augusto D`Halmar corresponde a esta especie, lo mismo que el Marqués de Cuevas, si bien este último logró clavar las picas de sus sueños en el suelo europeo de la realidad.

Da la impresión de que Alfonso Calderón aplicó a través de los años, en relación a Molina, el tipo de “escucha” minuciosa que tres siglos atrás posibilitó la Vida de Samuel Johnson, de Boswell. Pero aquí el modelo aparece invertido: sería Johnson el que entrevista con perseverancia a Boswell para registrar sus fantasías, sus giros verbales y el aliento de su conversación.

Es un mundo, por cierto, lo que se proyecta de la envolvente habla continua de Eduardo Molina: un flatus vocis donde el universo circundante es literatura y casi nada más que literatura, emitido en un vértigo que va y viene entre Proust y Bachelard, pero que incluye también a Sartre, a Baudelaire, a Bergson, a Rousseau, a Cervantes, a Saint-Simon, a quien sea.

En verdad, Molina, antes que vivir, leyó el mundo (como dijo alguna vez Foucault sobre Don Quijote), lo que le permitía hacer pasar tiuques por faisanes y transformar fuentes de soda de última en cámaras palaciegas y pobres diablos ocasionales en príncipes exiliados de un Oriente perdido.

He estado leyendo este libro con irritación, un poco ahogado por la enorme biblioteca referida todo el tiempo por el personaje, una mezcla de romántico, de decadentista y de ilustradísimo pícaro. Me imagino que es el mismo tipo de incomodidad que las construcciones en el aire del individuo real les provocaron en su momento a Anguita y a Lihn.

No obstante, no he podido parar de leer: tras cada interrupción aportada por la vida diaria, quiero seguir escuchando a Molina. Calderón hizo en este libro algo impensado: evitar la exposición directa de las anécdotas para incorporarlas en un relato general, que las justifica y las supera. El resultado es a la vez una biografía, una novela y también, más que nada, la abismante memoria de una memoria ajena.

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