
Agustín Letelier
Aunque fue estrenada en Nueva York el 10 febrero de 1949, dirigida nada menos que por Elia Kazan, “La Muerte de un vendedor”, nos parece una obra actual que podría suceder entre nosotros. La sensación de derrota después de una vida en que se han tenido grandes ilusiones que no se concretaron, el sentirse dentro de un sistema que exige mucho y da poco y en el que al llegar a la vejez lo que se ha hecho antes no se toma en cuenta, afecta a muchos hombres. La obra se ha relacionado con la caída del “sueño americano” de alcanzar grandes éxitos si se es bien dotado, buenmozo y trabajador. Un hombre perdido en ensoñaciones de éxitos posibles no realizados, con hijos que no lo respetan y que no han cumplido sus expectativas, fue un duro despertar a una realidad molesta pero verdadera. Su impacto fue muy grande en Estados Unidos donde se suponía que eso no podía suceder.
Arthur Miller critica a la sociedad que ha ido asfixiando a esta familia, (en su huerto ya no crecen plantas porque alrededor de su casa se han construido edificios que impiden el paso del sol). Willy Loman ha sido derrotado no sólo por una sociedad inhumana sino también por sus propios errores, por su incapacidad para comprender su propia realidad, por su debilidad moral, por no aceptar su responsabilidad en la desorientación de sus hijos.
Parte central en el éxito de “La muerte de un vendedor” se debió a su manera de presentar al envejecido vendedor viajero Willy Loman, sus regresos al pasado y las imágenes que le sugería su mente enajenada. La estructura escénica que permitía esos pasos del presente al pasado y de la realidad a la imaginación fue de una eficacia sorprendente e inédita. La mezcla de realidad y ensoñación se producía en un clima de sugerencias en que la confusión mental de Willy Loman tenía correspondencia con un espacio de murallas verdaderas y otras transparentes o imaginadas.
El Teatro Nacional acierta al presentar esta obra fundamental del teatro contemporáneo, que adquiere más actualidad hoy en el contexto de la crisis financiera que producirá otros miles de Willy Loman, frustrados y sin empleo. Su versión, correcta y bien actuada, no alcanza la grandeza ni la fuerza que esta obra puede tener. El espacio creado, que debe ser mágico para pasar al instante de la realidad a la ensoñación y para concretar imágenes de una mente alterada, es una sencilla variación de las tarimas metálicas que hemos visto tantas veces, siempre funcionales pero que en este caso son pequeñas, grises, apiladas. La iluminación quizás quiso acentuar el carácter sombrío de las situaciones, pero en algunos momentos hace que Willy Loman hable en la oscuridad mientras el sector iluminado está detrás de él. Es cierto que todo ese conjunto de juegos escenográficos que admiraron en 1949 hoy ya forma parte de los recursos normales del teatro y, por lo tanto, han perdido eficacia, pero por eso mismo habría sido necesario imaginar otros.
La tragedia de Willy Loman, su cansancio, sus sueños equivocados y su intransigencia, nos llegan bien a través de la interpretación de Oscar Hernández; Carmen Disa Gutiérrez interpreta con propiedad a Linda, la esposa que sabe cómo es su marido y lo apoya sin restricciones; Ignacio Hurtado y Nicolás Pavez están muy bien en las etapas adultas de los hijos Biff y Happy, pero cuando los representan como niños adolescentes exageran las carreras, saltos y peleas. El tío Ben, concreción de la expectativa de éxito y riqueza del “sueño americano”, elegante y en un plano distinto porque viene de la muerte, está muy bien representado por Hugo Medina. Una de las más dolorosas escenas de la obra, la de la cena a la que sus hijos invitan a Willy Loman, se debilita al resaltar innecesariamente con rasgos graciosos y homosexuales al personaje del mozo del restaurant.
Cuando muchas obras de la temporada han sido series de imágenes fragmentarias yuxtapuestas e intercambiables, poder ver una gran obra del teatro contemporáneo, bien construida, con fuerza en sus imágenes y con un análisis riguroso de la crisis social y moral contemporánea es un aporte necesario. Pero con tan gran obra los resultados pudieron ser mejores.
“La muerte de un vendedor”
Director: Raúl Osorio.
Teatro:
Sala Antonio Varas, Morandé 25.
Funciones: miércoles a sábado.
Hora:
20:00 horas.
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Posteado por: Alvaro Daniel Ledezma Orellana 27/10/2008 22:01 [ N° 1 ] |
Generalmente leo las criticas de teatro pero nunca creí encontrar una que realmente representara con exactitud lo que sentí al ver esa obra, tanto por la penumbra en la cual se encontraba el protagonista, como en el recurso visual de los andamios de metal, además me calza tu visión con el trabajo en el cual me encuentro forzado a hacer por mi profesor de Lenguaje y comunicación.
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