Crítica de cine
Domingo 26 de Octubre de 2008
“Paranoid Park”

Christian Ramírez

Vaya cómo han cambiado nuestros estándares de “cine arte”. Lo bastante como para empezar a dudar incluso de ponerle ese apellido, que —aunque todavía suena cómodo a la hora de hablar de Fellini, Bergman o Kusturica— hoy se queda corto para encasillar a cineastas como David Gordon Green, Abbas Kiarostami y los hermanos Dardenne. Si los primeros estaban unidos por fuertes lazos culturales europeos, lo único que liga a los segundos es que hacen buenas películas. Si a los primeros los vimos en cine, los segundos se están yendo directo a DVD. ¿Qué hacen estos tipos? ¿Filmes narrativos, comerciales, naturalistas, escapistas, reflexivos? Mejor ni intentar clasificar.

Esa idea se refuerza al mirar cualquier sección de Paranoid Park, la magnética cinta sobre skaters y escolaridad que Gus van Sant ambientó en Portland como si se tratase de un filme experimental. Y podríamos decir que hasta cierto punto lo es. El director lleva tiempo dando la espalda al sistema de exhibición que primero lo levantó (Drugstore cowboy) y luego lo hundió hasta el fondo (Buscando a Forrester): sus siguientes películas —Gerry, Elephant, Last days— se dejaron atrapar con tal intensidad por el poder del silencio, las elipsis narrativas, la multiplicación de los puntos de vista y el ejercicio de la contemplación, que era previsible que el realizador intentaría tarde o temprano retornar a cierta forma de narración tradicional. En Paranoid Park, esa fachada de normalidad da cuenta de las idas y vueltas de Alex, un adolescente con padres recién divorciados que —tras comenzar a frecuentar Paranoid Park, una cancha de skate ilegal en un sector industrial de la ciudad— acaba como sospechoso en una seria investigación policial. Pero a juzgar por el distanciamiento que las imágenes imponen desde el principio, esta intriga bien podría estar ocurriendo en otro planeta.

Registrando los detalles del drama en la medida en que el protagonista reacciona ante éstos (con retraso, en forma equívoca y fragmentaria), la cámara de Van Sant opta por invertirlo todo en seguir a Alex arriba de su tabla de skate, en convertirse literalmente en un ente que patina, que vuela —por encima de padres, amigos, amores y delitos— con el mismo abandono que el ausente Kurt Cobain empleaba para dejarse atrapar por la enormidad del bosque en Last days.

En esos momentos "alados", la concentración de la película es absoluta, hipnotizante. Van Sant había conseguido algo parecido en Elephant, donde situaciones estáticas eran alternadas por largos planos, secuencia que seguía en forma persistente a sus personajes por la espalda (homenajeando de paso al húngaro Béla Tarr, que en los 90 hizo de ese movimiento su firma artística en la monumental Satántángo), pero en Paranoid Park esta alternancia se empuja al límite: es el desplazamiento, el movimiento (que a ratos parece perpetuo) lo que virtualmente impide que la trama avance. La película sigue, la historia se deshilacha.

Obvio que el filme —en tanto obra de arte, artefacto narrativo— sufre por ello (y bastante), pero la sensación de ingravidez queda. A veces sólo eso basta.

En síntesis
¿Es posible que de tanto moverse un filme no se desplace hacia ninguna parte? Gus van Sant lo intenta, acierta, se equivoca y vuelve a acertar.

“Paranoid Park”
Director:
Gus van Sant
País: Estados Unidos, 2007.
DVD Zona 1.

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