
Alejandro Aliaga
desde Madrid
Hace más de 15 años, cuando debutaba con su novela Lo peor de todo, Ray Loriga (Madrid, 1967) se convirtió en la “estrella rock de las letras europeas” según The New York Times, en el más innovador de los escritores jóvenes y españoles de los 90 que adoptaron aquella visión desencantada del mundo que sobrevino luego de la explosión creativa de la década pasada con la “movida”. Después, Loriga escribió siete libros, dirigió un par de películas y escribió varios guiones. En todas las ocasiones provocó aplausos, admiración, discusiones y también odios.
Ahora acaba de publicar Ya sólo habla de amor (Alfaguara). En no más de 180 páginas y a través de la reflexiva aunque extravagante mente de Sebastián —un antihéroe que no consigue, más bien no desea, superar una pérdida amorosa—, el autor aborda el tema de la derrota como si esta fuera una trinchera. Paralelo a esto, se ha reeditado el grueso de su producción literaria, lo que da a los lectores la oportunidad de valorar a un escritor que ha sido considerado de culto por demasiado tiempo.
A sus 41 años se le ve intacto, de aspecto al menos. Delgado, con botas de piel, jeans ceñidos, gafas oscuras y bien peinado hacia atrás. Parece más joven, incluso, que los nuevos escritores jóvenes por los cuales apuestan hoy las casas editoriales. “Es gracias a mi dieta de cerveza y amor”, bromea, mientras buscamos una mesa donde sentarnos. Estamos en el bar que hay justo abajo de su piso. La camarera nos ofrece una marca de cerveza, por lo visto poco apreciada por él o bien una sin alcohol. Loriga se ríe. Contesta un chiste. Termina aceptando lo primero, se calza los anteojos y me dice: “No es por hacerme el interesante, pero es que acá me pega el sol en la cara”.
—Viviste en Nueva York y ahora vuelves a tu país. ¿Te consideras muy madrileño?
—Cómo no. Soy un madrileño que lee en inglés. Pero me considero, más que nada, castellano. Por cultura, hábitos, información. En mi código genético está serlo, que no es lo mismo que ser español. Ahora que está tan en boga lo de la nacionalidad dentro de la nación, igual que un vasco es vasco y un catalán es catalán, yo soy castellano, lo cual también es una pequeña forma de ser.
—Tus personajes son casi siempre calamitosos, entregados al desastre… a perder y perderse.
—Eso es muy castellano también: El lazarillo de Tormes, el Arcipestre de Hita. Somos gente sin mucho futuro, con un gran pasado y con sentido de humor. Cuanto más envejezco, más castellano me vuelvo. Pero, claro, hay un mestizaje. Mientras más se abre una cultura, estás más en contacto con las cosas. Creo que escribir es, al final, la violenta conquista de una posición propia, y está forjada en contacto con el mundo, pero desde luego con la herencia.
—¿Qué queda hoy del autor de “Lo peor de todo”?
—Una pequeña errata del experimento que ha perdurado y que no quiero matar aún. Muchas cosas se pierden y otras se ganan; siempre he pensado que crecer no es mejorar, crecer es cambiar. A veces cuanto más grande es la vela, como en la vejez, por ejemplo, el viento se hace más pequeño. Y viceversa.
—No hay fórmulas.
—No, pero ocurre que lo que ganas en sabiduría lo puedes perder en entusiasmo y valentía, te vas dejando y ganando cosas por el camino.
—En varios de tus libros, la estética y el ritmo están en sintonía con las road movies, en que los viajes mentales (como en “Tokio ya no nos quiere”) o físicos (como en “Caídos del cielo”) juegan un rol importante. Sin embargo, en tu última novela ocurre casi lo contrario: el protagonista ronda las mismas ideas y apenas se mueve durante toda la historia.
—Supongo que eso responde a mi cansancio. He viajado demasiado. De todas formas, en la literatura, como es una gran trampa, una gran mentira, basta con que digas ‘Tokio’ para que la gente piense que has viajado miles de kilómetros. Y no deja de ser un palabra. A veces dices corazón y parece que no has ido a ningún sitio. Una de las ventajas de este oficio tan pequeño y tan inmenso al mismo tiempo es que con una sola palabra puedes derrotar a un ejército... imaginario, claro. Esta es una novela que se trata de un solo paso. De uno que no se da. Y de por qué no se da.
Al otro lado del espejo
Además de novelista, Jorge (su verdadero nombre) Loriga ha entrevistado a músicos que admira, como Keith Richards o Tom Waits, y ha escrito varios artículos en la prensa, pero reconoce —más como si confesara un pecado que con orgullo— que le interesan poco las “grandes causas” como el calentamiento global y la deforestación. “Incluso teniendo hijos, no pienso como lo hace Madonna: el mundo que le voy a dejar a mis hijos. Me preocupo más en el alma que le voy a dejar a mis hijos, pienso que el agujero del alma es más grande que el de la capa de ozono”, dice sin señales de duda.
El autor se define como un apasionado por las mujeres. Tanto como por la literatura y por el cine (ha dirigido las películas “La pistola de mi hermano” y “Tersa el cuerpo de Cristo”, protagonizada por Paz Vega), áreas que, sin embargo, separa de forma tajante.
—Para mí es como con dos amores, una mujer y la amante, donde lo más inteligente en estos casos es que no se conozcan. Son dos artes distintos y diría que opuestos. Para mí, el cine son las imágenes y a veces llamas al guionista que tienes dentro. Pero, por ejemplo, me interesa más “Inland Empire”, de David Lynch, donde tengo que asociar cada plano, que todo el cine narrativo que se hace. Creo que el cine está empujando por buscar un lenguaje propio. Bueno, todo lo que está muy bien hecho me interesa. Hitchcock, Billy Wilder, Woody Allen, Ozu, Dreyer, Bresson, Paul Schrader. Lo que sí creo es que la imagen, en cuanto a estructura dramática, debe intentar anteponerse a los contenidos estrictamente literarios. Y como director hay que ser el capitán de un barco; en tanto, los escritores, que somos tipos bastante raros, ya no podemos ver lo que sucede de otro modo que no sea como algo comentable, somos náufragos tomando notas sobre un naufragio, y con la vejez nos vamos alejando cada vez más.
—¿De qué?
—De lo que sea que la gente llama ‘la vida’. A mí me parece que la vida es todo lo que no somos nosotros. Tres señoritas hermosas en la mesa del lado. Eso es la vida. Los huracanes, las piernas de esta chica —gira la vista y centra su atención en una de nuestras vecinas—. Todo lo que no puedes controlar.
—El rockero Billy Corgan decía que componía cuando estaba triste. Cuando estaba contento se dedicaba a vivir. ¿Cómo asumes tú el impulso creativo?
—Billy Corgan es calvo, yo no. Yo tengo que ser feliz todo el tiempo. Me gustan mucho sus canciones, pero he descubierto, sin ser la persona más inteligente del mundo, que prefiero ser feliz que desgraciado. Para trabajar y para lo que sea. Lo que pasa es que la literatura es un territorio donde las cosas suceden de otra manera: cuando Carroll escribía Alicia…, Dios sabe lo que pasaría en el mundo, pero el suyo no dependía de la Historia, de la economía ni del amor siquiera, sino de un tipo y su imaginación, con la cual era capaz de cruzar el espejo.
—¿Y tú lo atraviesas con naturalidad o te cuesta pasar al otro lado?
—Me cuesta la vida. Es que esto es como el fútbol, no puedes jugar sin que te den patadas.
—¿Qué te cuesta más: vivir del lado de la vida real o de la ficción?
—Lo jodido es estar en medio. Si te fijas en Alicia… o Gulliver, ves que lo difícil es cada cruce, cada redefinición de tu proporción de acuerdo con una nueva realidad. Es de lo que hablan Lewis Carroll y Jonathan Swift. Pero no lo veo como un drama; es lo que hemos elegido hacer y es lo que queremos.
—Dice el narrador de tu nueva novela: “Todo el mundo piensa que su vida es novelable”.
—Me harta mucho que la gente diga “mi vida sería una novela”. Sería una novela si usted fuera un escritor. Todo lo demás es circunstancial. La vida más fascinante es una mala novela, y la vida más tonta una buena. Depende. Un segundo de Pavese vale más que la vida de mucha gente.
—El narrador acaba reconociéndose como un intruso. ¿Cómo te sientes tú?
—Es que en la literatura es así. A mí me gusta siempre más la posición del tipo que nadie invitó. Acá en España para las bodas te preguntan: “¿Vienes de la novia o del novio?”, y hay una respuesta muy digna que es “he venido solo”. Esa también es mi percepción en la vida, que he venido solo. No me ha llamado nadie.
MUERTOS RECIENTES
—David Foster Wallace, Paul Newman y Rick Wright, el teclista de Pink Floyd. ¿Cuál de estas muertes te duele más?
“En el corazón del niño que soy, Paul Newman. El caso de D.F. Wallace reconozco que me impresionó notablemente, pues es inevitable pensar que él y yo, cada uno en sus respectivos mundos, vivimos momentos paralelos de difusión literaria, éxito, estética, incluso asociados a ciertos movimientos comunes, y ver morir a un pájaro siempre preocupa al resto de los pájaros. Y de Pink Floyd me interesa más el ilustrador que hizo la portada de The Wall”.
CINE VS. LITERATURA
—¿Dónde te sientes más cómodo como narrador?, ¿en el cine o en la literatura?
“Hombre, con más libertad en la novela. Es que como escritor siento que no debo responder ni a un género ni a un éxito previo ni que mi nombre me lleva, lo que, por otro lado, es una forma de responsabilidad. En el cine, en cambio, debo responder a un sistema de producción, que yo mismo me impongo, ya que hay que hacer las cosas bien en un determinado margen”.
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