Entrevista
Domingo 09 de Noviembre de 2008
Ester Torres, sutil habitante de una realidad paralela


María Teresa Cárdenas

Pura intuición, lecturas y oído, Ester Torres Meneses se negó a hacerles caso a los tests vocacionales que le aconsejaban estudiar literatura o derecho. En cambio, entró a Arquitectura en la Universidad Católica, donde estuvo sólo un semestre, “salirme fue una decisión un poco difícil, pero no era lo mío”,y luego estudió dos años de fotografía en el Instituto Arcos. También lo abandonó abruptamente. Lo suyo era leer, por el puro placer de hacerlo. Y escribir. “Yo creo que si eres muy buena lectora no puedes ser tan mala escritora”, aventura desde la sencillez y la duda. Las mismas con las que recibió la noticia del premio, una vez que Jorge Volpi, Ignacio Valente (José Miguel Ibáñez) y José Miguel Varas entregaron su fallo unánime y, en este caso, sin ninguna duda: Percepción, firmada con el seudónimo “Néstor Escobar”, era la nueva ganadora del Premio Revista de Libros. Una vez abierto el sobre con los datos personales, vino la sorpresa para ellos: si bien los tres jurados suponían que se trataba de una mujer, no se imaginaron la juventud de la autora. Ester Torres Meneses nació el 8 de febrero de 1983. Y más aún, la novela la escribió en 2004.

Pero su afición literaria viene de mucho antes. “Empecé escribiendo un diario de vida, a los siete años —cuenta—, hasta que me aburrí o me avergoncé, y los quemé, tenía tres o cuatro diarios. Ahora me arrepiento. No recuerdo lo que decían tan terrible como para haberlos quemado”. Escribió un par de novelas primerizas, a los 11 y a los 15 años, y también varios cuentos, “todos cojos”. Más tarde mandó algunos a concursos en España. “Nunca pasó nada”. También esta novela la envió a España: a los pocos días se la devolvieron porque había llegado fuera de plazo.

Con aspecto de niña y una mirada transparente, da la impresión de ser ella misma un personaje de novela —y su biografía parece confirmarlo—, quizás una fugitiva de los relatos de María Luisa Bombal.
Narrada por un niño de quince años con poderes extrasensoriales, Percepción es una saga familiar que tiene como telón de fondo la historia de Chile durante gran parte del siglo veinte y cuyos hechos son recreados con soltura e incluso con humor.

—¿Recuerdas cuál fue la idea original de tu novela?

—Cuando empecé a escribirla, mi papá llevaba tres años muerto. Y esa fue una idea, la del padre. Yo decía, bueno, a lo mejor es un poco cliché, hay hartas sagas, norteamericanas especialmente, de la familia, en que el padre muere. Pero me di cuenta de que quería escribir sobre eso. En marzo de 2004 empecé a investigar y recién me puse a escribir en agosto. Trataba de ordenar mis ideas en la mañana, después me iba a la Biblioteca Nacional, leía libros, trataba de inspirarme, iba soltando ideas, sin escribir. Y en agosto ya empecé a escribir unas nueve horas diarias. Hasta que la terminé, el 13 de diciembre.

—¿Escribir sobre tu padre fue…?

—¿Liberador? Sí, escribir sana. Hubo un poco de eso. Ese padre de la novela es muy distinto a mi papá, pero quería plasmar lo que había sido para mi familia; o sea, mi papá se murió y se fue todo a las pailas. Estaba esa idea de que se va el pilar. Él estuvo enfermo muchos años, pero murió de repente, de un paro cardíaco. Yo también vi a mi papá con muletas, tratando de caminar, primero le dio una trombosis. Entonces la idea de que fuera una enfermedad larga la tomé de ahí.

—Debe haber sido muy joven.

—No, él murió a los 83 años. Yo soy adoptada, mi mamá en realidad es mi tía abuela. Ella dice que mi madre biológica no tenía las condiciones en su casa como para educarme, y yo creo que tampoco tenía las ganas. Había estado con un hombre casado, estaba sola. Mi mamá ha criado hartos cabros chicos, ahijados, sobrinos, entonces le dijo “me la llevo”, y ella le dijo “bueno”. Me adoptaron legalmente mucho tiempo después, a los ocho o nueve años, así que pasé por una etapa un poco de limbo, en que me decían que tenía dos mamás, yo no entendía bien. Quizás eso es lo que quemé en los diarios.
Nacida en Santiago, antes de cumplir un año a Ester la llevaron a vivir a La Cruz (V Región), de donde volvió, sola y por decisión propia, para terminar acá el colegio.

—¿Por qué elegiste la voz de un niño para narrar la novela?

—Se me hacía más fácil, sentía la voz de él que hablaba. Todo por intuición. Yo le hacía preguntas al personaje, como se hacen los guiones: dónde vive, dónde estudia, y me sentí cercana a él y dije, sí, vamos adelante.

—¿De dónde sacaste los datos históricos y de la cultura popular?

—Yo me inspiro de muchas cosas, de una canción pop, de un libro, de un cuadro, lo mismo con la historia, con cosas biográficas de mi familia. El personaje de Ignacia, que trabaja en una fábrica, lo saqué un poco de mi mamá, que trabajó en Yarur muchos años, ella me contaba. La idea de la percepción extrasensorial también la tomé de mi mamá, quien solía tener premoniciones. Fui tomando lo que conocía, lo que había leído, soy buena lectora, y se me quedan muchas cosas en la cabeza. Usé internet y los datos familiares. Más que la investigación de una fuente era lo que yo recordaba. Por ejemplo, el tanquetazo, lo había visto en los documentales y lo escribí como pensé que podía haber sucedido, busqué un par de reportajes, pero me gustaba más como lo había escrito yo.

—¿Por qué situaste parte de tu novela en Arica?, ¿conocías esa ciudad?

—No, elegí Arica antes de conocerla. Por la idea que hay de ella, que siempre estaba contra Iquique, que era más pobre, que estaba olvidada, el hecho de que sea una ciudad fronteriza, que primero fue de los peruanos, todo eso me interesaba. Y después cuando llegué allá vi que era como creía, me imaginaba a los personajes caminando por ahí.

—¿Qué te interesa de ese cruce entre memoria familiar e histórica?

—Eso hace la vida, no más; quería plasmar esos momentos en que se cruza un destino personal con un destino histórico. Siempre hablo mucho de la memoria, del cuerpo, del desasosiego, de cómo estas construcciones sociales parten de lo que uno ve en la historia y repercuten en la historia personal, de lo macro a lo micro. Por eso me gustan mucho los historiadores, cuando hacen la microhistoria de la vida doméstica, de cartas. Lo pequeño puede connotar algo más general. En un momento, puede resumir toda una historia.

—¿Qué lecturas te han influido?, ¿los norteamericanos jóvenes?

—Con los hispanoamericanos y los chilenos tengo una deuda, no los he leído mucho. Me siento cercana, en Argentina, por ejemplo, a Gonzalo Garcés y a Anna-Kazumi Stahl (Flores de un solo día), por la voz narrativa. Entre los chilenos, me influyeron Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, y la Fisonomía histórica de Chile, de Eyzaguirre, que los leí muy chica y me impresionaron mucho. Norteamericanos, sí, es lo que más leo porque es muy fácil encontrarlos en la liquidadora: DeLillo, Foster Wallace, Eugenides, Carver. Cuando estaba escribiendo decía esto es muy cliché, esto es así, o es asá. Y llegó a mis manos Middlesex, y dije, bah, no soy la única que tiene esta idea.

—¿Es importante para ti el humor?

—Sí, para mí un escritor que me guste tiene que ser un escritor con el que me ría. Con alguien que se toma muy en serio me aburro. Si logro hacer reír con la novela es mejor a que digan que es buena literatura. Para mí es más importante.

—¿Tenías cuando niña algún modelo de escritora?

—No sé, aunque no la encuentro muy buena en la literatura, cuando era muy chica escuché la historia de Teresa Wilms Montt, vi fotos de ella, y cuando leí después su historia, que se había sentido tan desfasada de su tiempo, de su clase, la sentí cercana. Pero más que Teresa Wilms Montt tengo algo de Violeta Quevedo: siempre me dicen que vivo en una realidad paralela.

En enero de 2006, Ester se casó y se fue a vivir primero a Curaumilla, cerca de Laguna Verde, al sur de Valparaíso. “Me compré un sitio, sin luz, sin agua, sin nada, ahí estuvimos un tiempo y luego elegimos vivir en Horcón”. Fue su marido quien llevó la novela a “El Mercurio”.

—Yo la había leído muchas veces, algunas partes me las sabía de memoria, sabía las que no me gustaban, las que quería tarjar, las que no me convencían. Entonces le conté a Marcelo que había visto el aviso de Revista de Libros y él me dijo llévala, no le des más vueltas, mándala, yo te la voy a dejar.

—¿Qué ha significado para ti el premio?

—Que no estaba tan equivocada, quizás. El año pasado, conversando con una amiga, le decía quizás la escritura no es lo mío; como no tenía a alguien que me dijera “sí, escribes bien, sigue adelante”, pensé que escribir era sólo una obsesión. Y en Horcón estaba tratando de convencerme de que aunque haya pasado toda la vida pensando que iba a ser escritora, podía hacer otra cosa. Yo siento la necesidad de escribir, pero llegué a pensar que era una especie de adicción, un capricho, una manera de vivir mía.

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