
Álvaro Bisama
Esquirlas del pasado: mientras La Calabaza del Diablo edita Álbum del ex Chile. 1970-1973, de José Ángel Cuevas, los chicos de Mortis.cl (Carlos Reyes y Miguel Ángel Ferrada) reimprimen un tomo con los dos primeros números de El siniestro Doctor Mortis. No resulta azaroso que los dos textos circulen al mismo tiempo. Ambos colocan en nuestro presente las imágenes de un país desaparecido. Mortis, uno que poseía una cultura de masas ahora imposible. Cuevas, la historia personal (por medio del comentario de recortes de prensa) de su experiencia ciudadana en la época de la Unidad Popular.
Hay quizás un lazo entre los volúmenes: el del escalofrío que se siente al acercarse a las imágenes de un pasado extinto. Así, tanto las viñetas en blanco y negro en las que se cuela el horror del personaje de Juan Marino —creador del Doctor Mortis, héroe secreto de la cultura chilena— como los fragmentos de periódicos de época recogidos por Cuevas componen una memoria personal tan trágica como indispensable, tan inquietante como heroica.
Porque se pueden encontrar más sutiles vínculos entre ambos textos. El más inquietante, la idea de que, aunque publicados a finales de la década del sesenta, las historietas de Mortis prefiguran el horror que aparece en las páginas que cierran del libro del ex poeta Cuevas: es como si nos preparáramos sutilmente para la catástrofe, como si los fragmentos de ese pasado puedan ser sólo referidos como una suerte de historieta de terror, como un relato pavoroso que nadie ha escrito. Así, leer a Mortis al lado del álbum de Cuevas entraña un especial sentido ciudadano, pues nos hace pensar que estas obras quizás anotan los espacios de una vida civil que nunca conoceremos. Eso, porque las viñetas del ex Chile de Cuevas son quizás más violentas y más terribles que el satanismo atávico del personaje de Juan Marino. O parecen más falsas, más delirantes, infinitamente más imposibles. O puede que quizás, con el golpe, todo el país se convirtió en el terreno de Mortis, en piezas húmedas llenas de aparatos de tortura, esbozos de genocidio, en calabozos de todo tipo. Pero eso no aparece en el libro de Cuevas que cierra en el momento exacto del golpe militar: ahí, los Mortis reales aún son una sombra que no se concreta, pero que se intuye con fuerza, una sombra sin forma que se deshace como ectoplasma en las viñetas de los cómics de Marino.
Casi cuarenta años después, Cuevas vuelve sobre su propia memoria y el Doctor Mortis aparece como una obra tan maestra como desconocida. Ambos trabajos transforman relatos míticos en algo concreto, chocándonos con la nitidez de sus imágenes. Eso, porque los materiales originales con los que se construyen estos volúmenes desaparecieron, se esfumaron. Pura justicia histórica: todo lo que fue originalmente roneo o papel de diario, todo eso que ahora luce como pulpa envejecida y quebradiza, vuelve ahora como couché, como literatura.
Es por eso que el Chile de Cuevas y el horror del Doctor Mortis son ahora esenciales: el presente los requiere para evitar la ligereza de la memoria, que ellos usan como una navaja. El pasado aparece como una literatura escrita al contrapelo del arte; desde los titulares de diarios extintos, desde las fotos borrosas y viñetas de manchas negras que simulan la sangre, desde polaroids de multitudes felices y las expresiones faciales que delatan la cercanía de la violencia y la inminencia del terror. Es el mismo efecto que series como “Los 80” explotan a gran escala. Acá, la nostalgia no aparece como algo inocente, sino que, por el contrario, como un objeto contundente capaz de noquearnos mientras inventa un país ahora imposible, una vida tan insólita como verdadera.
El sábado 15 de noviembre se realizará en la Feria, a las 16:30 horas, una conversación en torno a la poesía de José Ángel Cuevas.
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